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sábado, 4 de mayo de 2013

El liberal, el socialismo, el mundo moderno y, otra vez, la educación. III: el socialismo moderno


Sigo con mis precipitadas y especulativas especulaciones sobre las carencias del pensamiento político moderno, en busca de lo que quizás debería sucederle (en todos los sentidos).

El liberal-capitalista, con su ideología naturalista-mecanicista del mundo objetivo y su vacía idea de libertad como indeterminación o “ausencia de coerción”, no sabiendo racionalmente para qué existe ni, lo que es peor, pudiendo preguntárselo (ya que, coherentemente con lo anterior, parte del supuesto de que los valores no están en la naturaleza ni en la razón), se dedica básicamente (en su vida objetiva) a producir, comerciar y consumir mecánicamente bienes de satisfacción básica, “mecánica”, bienes mal llamados materiales (porque todo es material, también un libro, aunque todo es, a la vez espiritual, también un trozo de pan o de plástico). Racionalidad mecánica, irracionalidad moral. 

Podría pensarse que ni siquiera es racionalidad mecánica, pues su crecimiento es incompatible con el medio finito (como denuncia la parte ecologista de sus críticos), y quizás eso es verdad (aunque quizás no de la manera simplista en que se expone a menudo), pero es que es intrínseco al mecanicismo considerar como dominio de sus operaciones una pura indefinición, sin límites conocidos: la abstracción de la topología.

La insuficiencia de la filosofía liberal, pide ser superada (desde luego, no se trata de volver atrás: la racionalidad ilustrada es una conquista necesaria). El hombre no puede identificarse con esa deficiente autocomprensión, donde solo sus más básicas y ciegas necesidades son reconocidas como objetivas, universalizables, racionales, y todo lo demás (el valor profundo de las cosas y de la vida humana) queda en el rincón lleno de monstruos de la subjetividad no-cultivada. Esto es lo que se traduce en el nihilismo y la desesperación del arte moderno, muy prolífico pero más desazonado todavía.

¿Qué tiene que ofrecer, por su parte, ese Otro-propio o media-naranja del liberal-capitalismo que es el socialismo moderno?

Hay una cierta izquierda, que podemos llamar anti-ilustrada, para la cual la ideología racionalista-ilustrada, con su capitalismo,  es “en verdad” (esta izquierda ha conseguido desvelarlo) secularización de los viejos valores de la voluntad alienada. La emancipación, para este “pensamiento”, consiste en dejar atrás todo el racionalismo, toda la ilustración (o, si acaso, entenderlos de una manera totalmente “otra”). Este pensamiento “radical” coincide con el pensamiento moderno en general, en que toda racionalidad es mecánica, pero mientras otros la ven como positiva, él la rechaza, buscando lo cualitativo y valioso en sí. Su propuesta es una especie de existencialismo (ninguna esencia está ahí más que para ser reconstruida), un decisionismo o pragmatismo puro, y, muchas veces, un misticismo de lo inefable. Dejaré a un lado ahora esta propuesta (la he abordado otras veces)

El otro socialismo, digamos el “domesticado”, y al que me dedico en el resto de esta nota, quiere mantenerse dentro del racionalismo científico “galileano” y la Ilustración, pero cree que el liberal-capitalismo es un racionalismo y una Ilustración incompletos y, por eso, injustos, incluso criminales, que han frustrado la promesa de emancipación del hombre mediante el conocimiento y dominio de la naturaleza. La verdadera concepción racionalista-ilustrada nos debería conducir, cree este socialismo, a una sociedad igualitaria, sin clases, sin explotación, solidaria.

El socialismo delata la falsedad de ciertas ideas liberales:

Frente a la libertad completamente abstracta o extremadamente negativa del liberal-capitalismo, señala, justísimamente, que no basta con estar libre de coerción, o de coacción mecánica directa, para ser libre. La ignorancia no es libre. Y tampoco lo es la pobreza. No es que (como dice ignorante y “perversamente” Hayek en Caminos de servidumbre) el socialismo haya cambiado el concepto de “libertad” redefiniéndolo como no-indigencia, es que la no-indigencia es una condición necesaria de la libertad (y el propio Hayek se siente obligado a desmarcarse de quienes “en nombre de un abstracto laissez-faire” han justificado políticas “injustas” –pero ¿qué es justo para Hayek, más que el laissez-faire? Nunca lo dice-). Una sociedad auténticamente “liberal”, o sea, que se tomase la palabra ‘libertad’ en serio (en sentido “republicano”, como el que ha defendido, por ejemplo, Pettit, o Habermas, etc.), tendría que asegurarse de que todos los individuos están igual de informados y han desarrollado plenamente su capacidad crítica, y a ninguno los medios materiales le ha impedido estar en condiciones psíquicas y físicas para elegir con toda libertad. (Por supuesto, ningún liberal real piensa en algo parecido, pero debe ser considerada una condición ideal suya). Ahora bien, ¿hasta dónde llegaría ese camino de garantía de la libertad? No tiene fin, en realidad. Puesto que nacemos unos más dotados que otros, y, desde luego, es imposible (por más que nos empeñásemos desde el paternal gobierno) asegurar los mismos contextos y las mismas experiencias relevantes a todos, nunca seremos igual de libres. Nunca, entonces, dos individuos estarán en verdaderas condiciones iguales y, por tanto, nunca un contrato entre ellos será justo. Siempre será necesario compensar las desigualdades, hasta conseguir dos voluntades completamente iguales (formalmente hablando).

Por eso -segunda idea antiliberal-, el socialismo, cuando llega a su fondo, rechaza la idea de mérito y, a la vez y por eso, se niega a ver la sociedad como una competición entre seres dotados de competencias, para proponer una sociedad de la colaboración o solidaridad (ya sea en lucha contra la naturaleza, ya, mejor aún, en armonía o comunión con ella). Es como si estas dos ideas se dieran felizmente la mano: ni hay méritos, ni falta que nos hacen, porque, en la medida en que se cree en ellos, solo se genera división y estrés, perjudicial para la vida y la propia eficiencia. Nunca será justa ni conveniente la competencia (a cada uno según sus capacidades), por limpia que sea la carrera. Mejor, a cada uno según sus necesidades.

Estas dos ideas (libertad entendida en sentido denso, y cooperativismo) son dos ideas nobles del socialismo, contra las que el liberalismo nunca tendrá respuesta ni intelectual ni moral. Creo que son condiciones necesarias de toda alternativa a la fealdad de nuestro mundo actual: tomarse en serio la noción de libertad y tener una visión fundamentalmente armonista del mundo (sin negar el lado malvado y cruel, pero considerándolo como superable mediante esa tendencia que ya Empédocles decía que mueve el cosmos hacia la Unidad, el Eros).

Pero, por debajo de estas importantísimas diferencias entre el liberal-capitalismo y el socialismo moderno, subyace la misma insuficiente concepción filosófica de base: el naturalismo mecanicista y el subjetivismo de los valores.

Todo socialismo “que viva en nuestro tiempo”, es decir, que tenga algún impacto en la historia reciente y hasta hoy, hereda el cientificismo mecanicista que, se dice, constituye a la Ciencia moderna. El hombre es un ser natural, el idealismo es una elucubración de la nobleza (o, a lo sumo, del alto burgués), incluso un opio, y la naturaleza debe ser descrita, en último extremo, en términos cuantitativos, es decir, reduciendo a una, cuanto sea posible, sus dimensiones ónticas. Las cualidades (secundarias, no-matemáticas) son epifenómenos. Esto, trasladado a la historia y la política, supone, como para el liberal, que los individuos humanos son átomos de un universo material-mecánico.

Hay, sí, socialistas cristianos o espiritualistas en general, pero son vistos por el socialismo ortodoxo como enfermos que siguen dependiendo del antiguo opio, y más conviene que lo consuman (ellos lo saben) en el secreto de su intimidad subjetiva.

El naturalismo mecanicista se muestra en la torpe idea socialista de las “necesidades naturales” como un conjunto cerrado de objetividad. Pero ¿cuáles son las necesidades naturales del hombre, si no consideramos al hombre como un ser espiritual? Comida, vestido, vivienda…, y educación, sí, pero sin espiritualismos. Es decir, educación para la tecno-ciencia y para la ciudadanía socialista de las “necesidades naturales”. Realmente, el hombre no tiene unas necesidades naturales (en el sentido moderno del término) ni finitas: ni naturales, ni finitas. El mundo material está ahí, a la mano del hombre (y de cualquier ser, en la medida en que cada uno es activo, “consciente”) para significarle, para hacer de él un mundo bueno y bello, a imagen del ideal. El trabajo no acaba en el alimento y la vivienda (en el dominio de la necesidad primaria), sino que más bien empieza a partir de ahí. Lo que pasa es que este concepto de necesidad superior, espiritual, es ininteligible para el materialismo mecanicista, y contradictorio con él. También por esto, el análisis marxista del dinero equivoca completamente el blanco. Cree que el dinero no tiene que ver con nuestras valoraciones de las cosas, porque cree que solo es razonable valorar ciertas “necesidades naturales”.

También depende, del naturalismo mecanicista, el determinismo (en forma, incluso, de economicismo, como en el liberalismo más básico) de las teorías socialistas de la sociedad y la historia. Al querer “cientifizarse”, reduce el mundo de la voluntad y las acciones a, como mucho, un devenir necesario (si no un fruto del azar). Obviamente, no hay acción política posible bajo este presupuesto. Por eso, Lenin quiso que el determinismo fuese herético en el marxismo. Pero, en verdad, el determinismo (o el indeterminismo mecanicista -lo que, siendo lo contrario, es, sin embargo, lo mismo para la libertad: su negación-) solo puede(n) ser herético(s) si rechazamos el cientificismo y dejamos de considerar a las ideas y los valores como “superestructuras” o epifenómenos de los sucesos. Sin embargo, esta es la otra prisión del socialismo, en que está esposado con su enemigo: la irrealidad de los valores, el subjetivismo axiológico.

El subjetivismo de los valores (de los valores sustantivos, es decir, más allá del valor formal de la justicia-igualdad) es la otra torpe asunción del socialismo moderno ortodoxo, que se sigue, no obstante, de manera lógica, de la concepción naturalista-mecanicista de la realidad.

La consecuencia negativa principal del subjetivismo para el socialismo, a mi juicio, es que lo condena también a él a un concepto meramente formal de libertad. Menos, desde luego, que al liberalista, porque el socialismo exige educación y no-indigencia “material”. Pero, una vez cubierto eso, no es indagable racionalmente qué es lo bueno y qué debo elegir. La libertad, ahí, es indeterminación. Por eso, creo yo, los sujetos de un mundo socialista, liberados de su alienación material, no sabrían a qué dedicarse. Y eso significa que viven en una Polis incompleta, donde falta, concreta y principalmente, aquello que hacía Sócrates: una indagación pública y racional de lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello en sí.

El socialismo parte, pues (lo diré una vez más), de la misma concepción filosófico-política básica que el liberal-capitalismo: un todo de iguales, cada uno con cognición y voluntad, en un mundo mecanicista exento de valores en sí. Pero el socialismo toma la perspectiva del conjunto y la igualdad, en vez del partido del átomo y la particularidad: las partes son partes de un todo, iguales, idénticas unas a otras. Un trozo del espacio no puede separase de otro. ¿Por qué? No porque haya una armonía entre las partes del todo (esto puede ser deseable a posteriori, pero no es la condición formal ni objetiva de la sociedad) sino porque todas las partes son iguales: en eso consiste ser todos partes de lo mismo. Las partes son iguales, y cualquier ruptura de la igualdad debe ser rehecha. Las desigualdades no son justas, porque hacen a uno más sujeto que a otro. Pero ¿en qué consiste esa igualdad? La única base objetiva es la mecanicista, la igualdad en las condiciones de trabajo o producción, y, en último extremo, de dinero o su equivalente socialista (algún material abstracto que sustituya a la “satisfacción”, etc.), puesto que toda idea, sea el arte o lo que sea, es epifenómeno, superestructura. ¡Incluso la ética es superestructura (exceptuando, claro, esa ética mínima de la igualdad material)! El socialismo moderno, al aceptar que el problema de fondo es el económico-material, y que los deseos y valores son meras sombras de eso, ha caído en la misma trampa que el liberal-capitalismo. La auténtica alienación no es la económica: esta es una expresión, en el nivel más básico y abstracto de las cosas con valor, de la alienación espiritual. El socialismo habita en la misma alienación que inconscientemente querría combatir.

Lo mismo que en el liberal-capitalismo, el error de concepción hace que la cosa no pueda funcionar. Un hombre no puede vivir bajo la convicción de que su vida objetiva consiste en la satisfacción de unas reconocidas y cerradas necesidades naturales básicas, y que toda idea, moral, estética, religiosa, es una ilusión, fruto quizás de su mala alimentación. Por supuesto, se dirá que esto es una parodia del socialismo, porque este nos dice que, en una sociedad justa, los hombres, una vez satisfechas sus necesidades naturales, se dedicarán a la libre creatividad. Pero ¿es esto compatible con el carácter superestructural del arte, la moral, la religión…? ¿Qué debería producir un estómago satisfecho? ¿Quizás una música de ángeles? El socialismo, es decir, la justicia material, es una condición necesaria de la libertad y la justicia, pero no suficiente. Hace falta algo más que materialismo y ficcionalismo de los valores.

Ahora bien, ¿explica lo anterior todas las disfunciones del “socialismo real”? En parte, es claro que sí. Aunque el socialismo materialista-mecanicista diga respetar las diferencias, no puede hacerlo, porque las diferencias rompen la cuantitatividad y, por tanto, la justicia formal como igualdad. Esto produce una alienación de la auténtica individualidad, que realmente no puede ser creativa sin romper la calma chicha y la anomia artística y filosófica de una sociedad socialista.

Pero ¿cómo se conecta esto (si es que se conecta) con el conocido e innegable hecho de que, en una sociedad socialista, donde se tiende siempre a eliminar las diferencias que se van creando, mediante redistribución (“robo del fruto del trabajo individual”, dice el liberal), muchas personas tiendan a hacer lo menos posible, y razonen “¡total, si me lo van a dar todo al final!, ¿para qué esforzarme?”? ¿Quizás es que el socialismo solo es posible en un mundo de ángeles, es decir, allí donde, como decía Spinoza, no hace falta gobierno alguno, y los hombres necesitan ser estimulados mediante el miedo y los premios? (¿Y si, tal como el capitalismo sería -según algunos- una política para diablos inteligentes, el socialismo es una política para ángeles pánfilos? No lo creo). El diagnóstico liberal a esto es que la eliminación socialista del mérito y la capacidad activa del sujeto, le induce a presentarse siempre como víctima de su mala suerte, mientras que, en el liberalismo, uno es dueño de su destino, y culpable de su pobreza (supuesta la verdadera sociedad liberal). Se equivoca el liberal: uno no es culpable de, siquiera y en el más idílico de los casos, su buen hacer, ni de haber nacido menos capaz. La respuesta socialista, según la cual uno solo es vago en una sociedad alienada, es correcta. Pero se equivoca el socialista, repito, al pensar que se termina con la alienación en una sociedad igualada materialmente, en sus “necesidades materiales”. La alienación procede de no sentirse el sujeto llamado por su labor.

Si hay alternativa, es desestimando esa falta dicotomía extensionalista (particularismo emeritista / igualitarismo plano). La libertad del liberal es una falsa libertad, puramente abstracta. Pero la igualdad del socialismo es una falsa igualdad. Y ambas cosas por lo mismo, por su concepción materialista en el sentido más pleno de la palabra. Si hay alternativa, es una "desigualdad" sin elitismo, es decir, sin injusticia. Y esto exige reconocer que la fuente del valor no es la economía. La culpa no la tiene el Dinero, ni los Mercados. La “culpa” es de la ignorancia, de la autoignorancia del hombre, por la que no ve lo que en él tiene más valor, y lo aliena en la materialidad más básica. Y de aquí no escapan ni el capitalista ni su otro, el socialista.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Izquierda y derecha en el cosmos (político), I


Spira tenía la virtud de plantear las cosas con sencillez. Cuando le pregunté por qué se había pasado más de medio siglo trabajando por las causas que he mencionado, respondió sencillamente que estaba de parte del débil, no del poderoso; del oprimido, no del opresor; de la montura, no del jinete. Y me habló de la inmensa cantidad de dolor y sufrimiento que hay en nuestro universo, y de su deseo de hacer algo por reducirla. En eso, creo yo, consiste la izquierda. Si nos encojemos de hombros ante el sufrimiento evitable de los débiles y pobres, de los que están siendo explotados y despojados, o de los que sencillamente no tienen nada para llevar una vida decente, no formamos parte de la izquierda. (Peter Singer, Una izquierda darwinista, Crítica, pg. 17)

¿Qué es, para mí, ser de izquierda y ser de derecha en política? (si digo “para mí” no es porque tenga nada original que decir al respecto, sino porque -aunque he empezado con una cita- no me tomaré el trabajo de buscar quiénes han podido decir y dónde he podido leer antes algo como lo que yo digo). Desde luego, hay muchos elementos o razones, no reducibles entre sí, por las que una persona se siente o considera de izquierdas o de derechas. No busco un mínimo común múltiplo de todo eso (lo que sería inútil, porque, entre otras cosas, las posiciones políticas de nadie son completamente coherentes) sino una caracterización de la polaridad fundamental o última en política, adoptando para ello los términos Izquierda y Derecha, en un sentido amplio. Sería deseable, sin embargo, que, a posteriori, esa caracterización hiciese inteligiblemente inteligentes las posiciones habituales de la gente, es decir, que resultase que todo o casi todo lo que la gente cree ser cuando cree ser de izquierdas o de derechas, es bastante lógico y coherente.

La política, a diferencia quizás de otras áreas de la cultura (como la ciencia, o quizás las artes), parece haber consistido en, o al menos conllevado, siempre, una lucha entre (básicamente dos) posiciones ideológicas, que disienten en lo políticamente esencial: cómo hay que organizar la convivencia política, o qué orden social es justo. Desde que existe algo de verdadera vida política (digamos desde Grecia, sobre todo en la democracia ateniense –porque la dualidad espartana entre espartiatas e ilotas tenía una base étnica antes que política y económica-), y siempre que la ha, más o menos, habido (como en la república romana, o en los estados modernos europeos), ha habido el partido de la “aristocracia” y el partido “del pueblo”. Puesto que al parecer Fukuyama y otros sabios se equivocaron al creer que la historia había llegado a su fin o realización con el capitalismo americano, no es descabellado pensar que las ideologías no han muerto. ¿En qué se apoya, pues, esa dualidad política? ¿Qué es ser de Izquierda y qué, de Derecha?

Voy a empezar diciendo qué creo que en esencia no es aunque en cierto aspecto sí es ser lo uno o lo otro:

- No es, aunque en cierto aspecto sí es, cuestión de ricos contra pobres. La Izquierda no es la ideología de las personas pobres, ni la Derecha es la de las personas ricas o poderosas. Las ideologías políticas son ideologías, es decir, creencias acerca de cómo sería correcto que fuesen, o deberían ser, las cosas políticas, y esto, obviamente (y aunque le pese a muchos), no tiene ninguna relación lógica con la situación social en que uno se encuentre: no hay ninguna contradicción en ser un rico con ideología de izquierdas, o un pobre con ideología de derechas. La idea, popular, de que un pobre de derechas (y, habría que añadir entonces, un rico de izquierdas) es un estúpido, es “estúpida”, al menos si se basa en la creencia de que uno debería adoptar aquella ideología que más favorezca sus intereses (suponiendo, claro está, que se sepa cuáles son estos, lo que no evita sin circularidad el problema propio de la política). No: la ideología no es cosa de pobres y ricos. De hecho, la mayoría de los pobres son de derechas y la mayoría de los ideólogos de izquierdas son más bien ricos o de “clase media-alta”. Es más, yo diría que la mayoría no puede ser de izquierda, al menos en el actual nivel de desarrollo moral de la humanidad. La izquierda solo puede gobernar o despóticamente o descafeinadamente. La derecha, por su parte, no puede gobernar con los intelectuales, porque apenas los tiene, pero cuenta con la inercia de la masa, por lo que tiene más fácil presentarse con maneras incluso obscenas si la sociedad de turno lo permite (piénsese en la derecha americana o, sin ir más lejos, en la española).

Sin embargo, sí es verdad, por otra parte, que la dialéctica política es cosa de ricos y pobres: las personas que tienen una ideología de izquierda se presentan, y con razón, como abogados de los pobres: estos son los que sufren los efectos de la injusticia hija de la desigualdad social, arguyen con razón. Y, paralelamente, los políticos de derecha son presentados, y con razón, como defensores de los ricos, los grandes propietarios, etc., aunque, evidentemente, a ellos les interesa disimular esto ante la masa de votantes y refugiarse en la ambigüedad de que, efectivamente, cualquiera puede tener una ideología de derecha aunque viva bajo un puente. ¿De dónde procede esto? Aunque la lucha de ricos y pobres no sea, a mi juicio, la esencia de la política, sí tiene que ser explicada, indirectamente, desde ella.

- Otra cosa que en esencia no es, aunque también es, la polaridad política fundamental (que estoy llamando Izquierda y Derecha) es la diferencia entre conservadurismo y progresismo. El conservadurismo es la tendencia, muy natural en todo bicho viviente, a mantener las cosas como estaban y hacer el menor cambio posible. El progresismo es la tendencia, tan natural al menos como la otra, a ir a mejor, a cambiar lo que no funciona. Ambas cosas, llevadas a sus extremos (el fetichismo por lo heredado y la iconoclastia absoluta respectivamente) son actitudes poco inteligentes, pero, en un ser como el humano, esencialmente dinámico, que siempre proyecta un ideal mejor, el conservadurismo es peor, y propio de los peor dotados intelectual y vitalmente de la especie. En principio, no obstante, tener una tendencia conservadora o progresista no tiene que ver con la esencia de la política. Por eso no son absurdos ni la derecha progresista (como la de los partidos “puramente liberales” modernos –si es que existen del todo-) ni la izquierda tradicionalista (tipo Tolstoi, digamos).

Sin embargo, sí hay un sentido en que es más natural que la Izquierda sea progresista y la Derecha sea conservadora, y no es meramente casual que la mayoría de los partidos políticos de derecha sean tradicionalistas, siendo casi residuales tanto la derecha progresista como la izquierda conservadora. La razón profunda de esto solo se aclara, creo yo, con la definición que daré después de la polaridad política fundamental. Pero ya a primera vista hay que notar que, puesto que el “partido del pueblo” se presenta siempre como el reclamante frente a la injusticia establecida y consagrada por la herencia, la Izquierda está obligada a desear la revisión de los pilares de lo recibido. Por alguna razón (que trataré más adelante) la igualdad y la justicia en que piensa la izquierda no son lo dado y arcaico, sino algo por lo que hay que luchar, mientras que la jerarquía y desigualdad parece más dada “por naturaleza” o espontáneamente. No puede ser, pues, casual que la inmensa mayoría de la derecha sea conservadora.

- Otra cosa que tampoco es la esencia de la lucha política, aunque se acerca más, es la dialéctica si Libertad o si Justicia. Y, sin embargo, hay un sentido en que sí es cuestión de eso: es verdad que los partidos de derecha suelen presentarse, sobre todo en democracia, como los defensores de la Libertad, y los de izquierda, de la Justicia. Pero ninguno de los dos está dispuesto a aceptar (y con razón) que eso suponga desestimar un ápice lo otro, la justicia y la libertad respectivamente. El liberal argumentará que no hay “auténtica” justicia donde uno no puede desarrollar, sin coerciones, sus capacidades. El izquierdista dirá que no hay “auténtica” libertad donde no se garantiza la completa igualdad. Lo malo es que ambos pueden, en primera instancia, estar de acuerdo en todo: el liberal aceptará (al menos como principio –otra cosa es la malvada praxis-) que sin igualdad total de oportunidades no puede hablarse de libertad; el de izquierda aceptará (al menos en principio –otra cosa es la malvada praxis-) que si no hay libertad (bien entendida) no hay justicia. ¿Dónde reside, entonces, su diferencia? En un lugar más profundo, donde se indaga más a fondo qué es libertad y qué es justicia. Hacia allí hay que ir a buscar la esencia de la dialéctica política.

- Por supuesto, Izquierda y Derecha no es (menos todavía que las anteriores cosas) cuestión de Espiritualismo frente a Materialismo, Teísmo frente a Ateísmo, etc. Si bien, en algún sentido sí es cuestión de eso: la derecha, en el fondo, es intrínsecamente materialista y sobre todo atea, o al menos (en la medida en que no se puede ser verdaderamente ateo), la derecha es coherente solo con una religiosidad arcaica y ritualista (eclesial), en absoluto con una religión de la pobreza y el amor a los débiles.

- Tampoco es cuestión de racionalismo frente a sentimentalismo: el liberal, según cierto discurso liberal, se atendría más a la ciencia (aunque ¿qué pasa con la derecha tradicionalista y con la izquierda científica?) mientras que el socialista se dejaría llevar por sentimientos poco científicos de compasión y semejantes (aunque ¿qué decir de la derecha del honor y los sentimientos patrios, o de la izquierda darwinista?).

Si no es ninguna de esas cosas, aunque las es todas en cierto modo, ¿qué es, en esencia, ser de Izquierda o de Derecha? Para responder a esto hay que plantear la cuestión en los términos fundamentales de la política. Intentaré abordar esto en la próxima entrada.

martes, 13 de marzo de 2012

Algunas consideraciones sobre el aborto, II. Aborto e Izquierda

Una de las paradojas o, me atrevo a decir, absurdos que genera los avatares de la política en la historia es que la “izquierda” se haya sentido naturalmente impelida a defender el aborto, y sean los liberal-conservadores-religiosos (o sea, prácticamente todos los liberales realmente existentes, por muy al norte que te vayas) los que defienden el derecho de los no-nacidos.

Está claro que al principio fue parte de la estrategia de reivindicación y lucha por la igualdad de derechos y emancipación de la mujer (o, según otro discurso, de su liberación). En esto podían estar teóricamente de acuerdo todos los lugares del espectro político moderno, puesto que es algo implícito en la noción formal de ciudadano (y aquí queda por conseguir la igualdad de derechos o emancipación política de los menores).
Pero me parece evidente que ni la igualdad o liberación de la mujer está esencialmente unida al aborto, ni el asunto moral del aborto puede depender de los derechos de una parte de la sociedad.

El asunto se ha contaminado por el hecho de que las Iglesias del mundo entero se han puesto modernamente del lado anti-abortista, no porque se hayan puesto del lado de "la defensa del derecho a la vida", como capciosamente dicen a veces, sino, realmente, por la idea de la sacralidad de la vida, (mal)entendida como la no potestad natural del hombre sobre su propia vida. Esto es discutible, desde luego, pero, solo lo es en términos racionales. Una Iglesia no es una instancia moral, porque, una de dos: o está sujeta a evaluación racional, y entonces no es Iglesia, o no lo está (sino que cuenta con cierta fuente inescrutable de valores), y entonces no es moral. El rechazo del clericalismo, lleva a algunos y a muchos a sentirse obligados a rechazar todo lo que los clérigos de su época consideren “que va a misa”.

¿Cuánto de lógico es que la izquierda sea, en la política contemporánea, la principal defensora de la legalidad del aborto? Desde luego, es muy discutible qué hay que entender por derecha e izquierda, e incluso es discutibles para algunos que haya que conservar esa clasificación. Pero, mientras conocemos una mejor, creo que sigue siendo válido identificar a la izquierda como esa de las dos grandes opciones políticas modernas que piensa que
    
     -la sociedad tiene la obligación de proteger y amparar lo más posible a cada ciudadano, rigiéndose más por el “de cada uno según sus posibilidades y a cada uno según sus necesidades” que por “a cada uno según sus méritos”
     -los derechos individuales, especialmente el de propiedad, están siempre sujetos a que se satisfaga la prioridad de unos niveles de bienestar lo más profundos y sustantivos posible de todos y cada uno de los ciudadanos
     -y, en fin, la idea “republicana” de que para ser ciudadano no basta con disponer de una libertad meramente formal, si se carece de cosas como educación y bienes materiales suficientes como para ejercer una verdadera libertad.

Si algo como esto define y debe definir a la “izquierda” (mucho más que el elemento “progresista”, que también, por supuesto, debe figurar en el programa de cualquier partido de izquierdas, al menos en la medida en que es imprescindible abolir un viejo régimen de dominación de una élite), frente al liberalismo o “derecha”, para la cual, paralelamente, el motivo principal será la defensa de la libre competencia y del derecho individual a llegar lo más lejos posible, sin tener que hacerse cargo de las vidas de los vagos (siendo el motivo “conservador” un añadido con el que lidiar mejor o peor), creo que la izquierda está frontalmente equivocada al considerarse la defensora natural de la despenalización del aborto.

Lo más importante debería ser determinar si los embriones y los fetos deben ser considerados personas. Pero esto es, precisamente, lo que apenas se discute en la izquierda (con mala conciencia para muchos, hay que decirlo). Y con buenas razones se rehuye, porque, si se admitiese esa discusión, se correría el grave riesgo de tener que aceptar que quizás (al menos quizás) sean personas. Y entonces, el argumento de “nosotras parimos nosotras decidimos” sería demasiado parecido al lema ultraliberal: no tengo por qué costear las necesidades del que no sabe costeárselas solo. La manera en que los defensores más firmes del aborto (como ciertos grupos feministas) enfrentan el asunto, desestimando incluso la discusión de si se trata de una persona o no (no digamos ya del derecho del varón en el asunto) son indistinguibles de la manera en que algunos dicen que no hay ninguna obligación moral a la solidaridad con los desfavorecidos o los dependientes.

Y, desde luego, no tienen nada que ver con la emancipación de la mujer respecto del varón o respecto del orden social patriarcal (sí tenía que ver, coyunturalmente, hace un siglo, y hoy en día en otros lugares del mundo), como no tiene nada que ver con la emancipación de los dueños de capitales el que reclamen no estar obligados a pagar impuestos en el país.

En verdad, debería ser el liberalismo, y un liberalismo muy pero que muy radical, el que fuese directamente partidario del aborto, dejando en segundo lugar si se trata de una persona o no: sencillamente nadie tiene por qué cargar con nadie. Pero un pensamiento mínimamente solidario , como el que debería atribuirse la izquierda a sí misma (o que simplemente piense que el derecho a la vida es uno tan básico que hasta el más mínimo de los Estados debería proteger, para que se pueda hablar de Estado de Derecho) debería estar interesado, antes que nada, en saber qué posibles personas carecen quizás de protección de sus derechos (quizás porque son tan insignificantes políticamente que no tienen voz ni voto), y rehuir decididamente la falacia de que la gestación, al suponer una dependencia muy fuerte durante un periodo de su vida de un individuo respecto de otro, supone un intolerable ataque a la libertad de la madre. Al contrario, debería luchar por que la sociedad tenga que hacerse cargo de todo lo oneroso de ese peso. Pero, en ningún caso, defender que, al menos mientras la sociedad no protege a la madre cuanto debe, se admita el aborto.
Y esto significaría que cualquier persona de izquierdas debería anteponer, en la cuestión del aborto, la cuestión verdaderamente primera: ¿es el embrión o el feto humano, una persona? ¿Cuándo empieza uno a ser persona y a ser, por tanto, sujeto pleno de derechos?