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jueves, 10 de julio de 2014

Ejercicio socrático (Fragmento de Diálogos de educación, IV)


En el tercer diálogo de mis Diálogos de Educación, el maestro (M) y su antiguo alumno (A) asisten a la inauguración de una escuela. El director da un discurso en el que se dicen cosas grandiosas como esta:

“Todas las cosas grandes se han hecho con esfuerzo y, por tanto, todas han tenido un gran mérito. Queremos rescatar estas nociones (esfuerzo, disciplina, mérito…) del pantano cenagoso de la complacencia y el igualitarismo mal entendido. Según se hacen idea bastantes cabezas, especialmente intelectuales ideólogos practicantes de ciertas ciencias humanas, es antidemocrático esforzarse para prosperar y llegar a ser mejor en algo. Si la democracia fuese eso, desde luego no sería ninguna conquista humana. Afortunadamente eso no tiene nada que ver con la democracia. La democracia es la igualdad de derecho, no de hecho. Tan injusto como es que las personas no tengan, todas, las mismas posibilidades de prosperar, lo es que se dé reconocimientos y responsabilidades a dos personas con diferentes méritos y capacidades.
Algunos individuos quieren hacer y hacen de sus vidas algo propio, algo activo, y no se conforman con tener un título, un trabajo perenne (sean o no competentes en él) y una familia. Queremos y debemos ayudar a esas personas, que toman el timón de su destino, a que realicen lo que deben y quieren, sin que les paralice la desidia cómoda que se ha instalado en buena parte de nuestra sociedad”.

Al terminar el discurso, comienza el diálogo.

A.- ¡Qué ovación!
M.- ¿Qué te ha parecido?
A.- Como el edificio. Y con ideas grandiosas. Otras, no sé si las he entendido bien.
M.- ¿Te gustaría preguntarle algo?
A.- A lo mejor, aunque antes tendría que pensarlo con detenimiento. De todas maneras, el discurso no parece dejar mucho lugar a preguntas.
M.- Es que es algo oficial.
A.- ¿Y qué tiene eso que ver?
M.- En lo oficial no cabe el diálogo, como no sea el que esté ya programado. ¿Te imaginas qué pasaría si hubiese, en un acto así, una verdadera pregunta? Figúrate que alguien le hiciese dudar de sus convicciones. ¿Crees que estaría este hombre, o cualquier otro, en condiciones de reconocer, ahí arriba, delante de todos, que tiene que volver a pensar si está bien encaminado, y suspender la inauguración del proyecto?
A.- No, claro. Pero hacer preguntas no tiene por qué llevar a cuestionarlo todo, de raíz.
M.- ¿¡Cómo que no!? ¡Pues vaya pregunta, entonces! Pero siempre cabe que suceda, que la pregunta espontánea sea de verdad, y no un adorno. Así que no hay que dejar que esa posibilidad sea posible. Este no es el lugar. Sin embargo, estoy seguro de que ese hombre estará encantado de dialogar con nosotros, una vez salude a todos los cargos y subcargos que le están rodeando.
A.- Será pronto, porque están abriendo la sala donde, por lo que veo, se van a servir dulces y bebidas.
M.- Pues, si quieres, aprovechamos en ese momento. Porque a mí sí se me ocurren algunas dudas.
A.- No lo dudo.
M.- Y no voy a ponerme tan prudente como para irme a casa a pensarlas bien. A la ocasión la pintan calva.

* * *

M.- Estimado profesor, ¿puede atendernos un momento?
D.- Desde luego. ¿Es usted padre de este muchacho? ¿Está inscrito en nuestra escuela? Aunque parece ya mayor de edad…
M.- No, este no es mi hijo, y, sí, es un hombre hecho y derecho. Hemos venido solo a escucharle.
D.- ¿¡Ah, sí!? Muchas gracias. ¿Qué les ha parecido?
M.- A mí me ha parecido maravillosa la proclama que usted ha hecho.
A.- A mí también.
D.- Me alegro.
M.- Verá, este muchacho y yo habíamos quedado hoy precisamente para hablar de educación, de cómo habría que enseñar y aprender. Es un asunto que últimamente le ha dado que pensar. Yo, por mi parte, soy profesor. Él fue alumno mío hace unos años, y ahora, que ya no es tan adolescente, y yo sigo siéndolo un poco, nos hemos hecho amigos, y nos vemos para dialogar.
D.- Me parece excelente. Que él venga con usted a hablar de educación es una prueba de que es una persona inteligente, que sabe que siempre podemos aprender, y de que usted es un magnífico profesor, que tiene mucho que enseñar.
M.- Bueno, a menudo me siento en un mar inmenso subido en un bote casi sin vela ni timón...
D.- Una prueba más de honestidad profesional en un marinero.
M.- El caso es que supe que usted iba a inaugurar esta anunciada y maravillosa escuela, y le he traído conmigo a escucharle. Pero nos hemos quedado con ganas de discutir con usted algunas de las cosas que ha dicho. ¿Le apetece….?
D.- Me parece estupendo. Aprovechando que la gente está ahora distraída con la merienda, podemos charlar un rato. Por cierto, podemos tratarnos de tú, si le parece.
M.- Me parece muy bien.
D.- ¿Qué es lo que os ha parecido discutible de cuanto he dicho?
M.- Ha dicho usted… quiero decir, has dicho muchas cosas interesantes, casi no has dejado tema sin tratar. Además, no has olvidado la coherencia entre todos los aspectos. Yo al menos, estoy convencido, contigo, de la mayor parte de tu discurso: que aprender es hacernos conscientes de nuestro valor como seres racionales, que no debemos dejarnos caer en la idea de que todo carece de sentido, y, en fin, muchas otras cosas elevadas que has dicho.
D.- Estupendo: estamos de acuerdo en lo esencial.
M.- Sí. Solo me ha quedado alguna duda, una minucia, o dos… Yendo al grano, para no hacerte perder el tiempo, si no te he entendido mal, tú dirías…
D.- Yo y la escuela, o, más bien, la escuela misma. Cuanto he dicho es algo en lo que estamos de acuerdo todos los que hemos sacado adelante este proyecto.
M.- Sí, claro, vosotros, la escuela, lo entiendo. Pero, si te parece, me dirigiré a ti, porque estamos hablando tú y yo ahora, y no tengo a mano hablar con toda la institución.
D.- De acuerdo.
M.- Lo esencial, decía, de vuestra visión (si te he entendido bien) es que la educación tiene como fin formar personas libres, entendiendo esto correctamente, es decir, como seres responsables de sus actos, ¿no es así?
D.- Eso es, eso es lo esencial. ¿No ves tú así la educación?
M.- Sí, desde luego: la libertad es lo esencial. Pero, como has dicho en tu brillante exposición, es fácil malentender una idea tan esencial. Yo, te lo confieso, tengo dudas de cómo hay que entenderla, y, de hecho, creo que no comparto del todo tu visión de las cosas, así que me viene que ni pintado poder dialogar con alguien que lo tiene claro.
D.- Más o menos claro.
M.- Muy bien. Entonces, te diré en qué no termino de estar de acuerdo contigo, y tú me lo aclaras lo que puedas. Según has dicho (y es muy lógico) ser libre es ser responsable, o va indisolublemente unido lo uno a lo otro.
D.- Justamente.
M.- Ser responsable, entiendo que piensas, es poder dar cuenta de lo que uno ha elegido.
D.- Así es. No he podido extenderme en detalles, porque habríamos estado aquí hasta mañana.
M.- Claro, lo entiendo.
D.- Una persona responsable se hace cargo de sus decisiones y asume las consecuencias de sus actos.
M.- Bien. Ser libre no es lo mismo que hacer lo que a uno le da la gana. Esto creo que es también esencial para entender lo que es la libertad, según tú has explicado.
D.- Desde luego. Ese es el error más común, sobre todo en nuestros tiempos: confundimos lo que queremos con lo que nos da la gana.
M.- Eso lo has dejado bien claro en tu discurso. Para elegir lo que uno quiere, entiendo que piensas también, es necesario estar informado.
D.- Por supuesto. Eso he intentado decir, también.
M.- Porque quien no está informado, quien ignora lo importante, no elige realmente, sino que, como dices, desea a ciegas lo que cree que le conviene, lo que le da la gana.
D.- Así es, lo has entendido correctamente. Pero no solo hay que estar informado de cómo son las cosas, sino, especialmente, de lo que es uno mismo, según he intentado mostrar.
M.- Y lo has conseguido, según mi opinión: hace falta, has dicho, reconocer la dignidad que tiene uno en cuanto persona, y que, por tanto, tienen los demás, las demás personas.
D.- Justamente.
M.- Solo cuando uno sabe quién es, y está bien informado de lo demás (en la medida de lo posible), elige libremente, o sea, lo que realmente quiere. No lo que le viene en gana, sino lo que le conviene.
D.- Bueno, lo que le conviene… según entiendas eso. Lo que le conviene como persona, sí. Pero lo que le conviene en el sentido corriente en que usamos esa expresión, no, sino todo lo contrario.
M.- Porque entiendes que le puede convenir, en ese sentido corriente, algo que no le conviene como el ser que es, como persona.
D.- Así es. Por eso, tan importante o más que estar (como lo llamas tú) informado de lo que son las cosas, es ser consciente del deber que uno tiene para consigo mismo.
M.- Y es entonces (cuando conoce uno a las cosas y a sí mismo), cuando elige bien o mal, correcta o incorrectamente…
D.- Elige con mayor criterio.
M.- Luego es más libre.
D.- Puede decirse así, si quieres. Puede ejercer mejor su libertad.
M.- Pero siempre puede uno, por mucho criterio que tenga y muy bien informado que esté, elegir bien o mal.
D.- Evidentemente. Salvo que sea uno un santo. O, mejor dicho, aunque sea uno un santo. Ser libre supone poder elegir lo correcto o lo incorrecto.
M.- Uno elige, entonces, lo bueno o lo malo. Y es responsable de su elección, es decir, tiene que poder dar cuentas de lo que ha elegido.
D.- Eso es, y asumir las consecuencias.
M.- Bien. Pero ¿puede una persona elegir también qué es lo bueno y qué es lo malo?
D.- No sé si te entiendo bien: ¿te refieres a si podemos decidir qué es lo correcto o no?
M.- Sí, a eso me refiero, a si está en nuestra mano, no solo elegir algo que es bueno en vez de algo que es malo, sino elegir, antes que nada, qué es lo bueno y lo malo, lo bueno y lo malo mismo.
D.- ¡Estaríamos apañados, si pudiéramos elegir eso!
M.- ¿Por qué?
D.- ¿¡Cómo que por qué!? Si pudiésemos elegir eso, todo valdría.
M.- Con tal de que lo eligiésemos…
D.- Claro. Pero nada nos impediría elegirlo.
M.- Nada, claro: seríamos completamente libres. Luego, podría decirse, creo yo, que, según vosotros, no somos libres para elegir qué es lo que debemos elegir.
D.- Si pudiésemos elegir eso, te digo, nadie sería responsable de nada, ¿no te parece?
M.- Seguramente.
D.- Nadie tendría que dar cuentas a nadie. Ni a sí mismo.
M.- Lo entiendo. Si ser responsable es poder dar una justificación de por qué se ha elegido esto y no lo otro, parece que se presupone que no cualquier elección puede estar justificada, sino que las hay correctas e incorrectas.
D.- Justamente.
M.- Luego la libertad no llega hasta arriba, digamos, ya que no puede establecer qué es bueno o malo, correcto o incorrecto, no puede establecer qué es ley…
D.- Es que yo creo que no habría que llamar libertad a esa posibilidad.
M.- ¿Por qué?
D.- Porque sería completamente indistinguible del puro azar. Daría igual una cosa que otra.
M.- ¿…Como hacen los que hacen lo que les da la gana?
D.- No, no así, porque los que eligen lo que les apetece no creen que dé igual una cosa que otra, sino que quieren su satisfacción, sin tener que dar cuentas.
M.- Bueno, dejemos eso. Volvamos a lo que has dicho: que si pudiéramos elegir lo que es lo bueno y lo malo, no se nos podría distinguir del azar. Sin embargo, algunos se la atribuyen a Dios, esa libertad, ¡a él, que es el ser más libre, infinita o absolutamente libre!: Dios, creo que dicen la mayoría de los expertos en el tema, en su santa voluntad, establece qué es lo bueno y lo malo. Y se refieren a lo bueno y lo malo mismo. Parece que el ser absolutamente libre no admite que le preexista ninguna ley de lo bueno y lo malo, ¿no?
D.- Seguramente…
M.- Y eso parece significar que él no tiene responsabilidad ninguna, ¿no crees?
D.- No sé.
M.- Pero nadie o casi nadie (al menos entre los expertos en Dios) ha dicho que, puesto que elige sin dar por supuesto lo bueno y lo malo, su elección es puro azar o caos, como si el bien y el mal fueran prescritos al tuntún.
D.- Bueno, eso son cuestiones teológicas…
M.- ¿Crees que es mejor que las dejemos a un lado? Si lo he mencionado es porque a mí me ayuda a entender este tema, y como en tu discurso has hablado de la importancia de la religión, de una concepción religiosa de la vida…
D.- Es verdad.
M.- Has dicho, y estoy completamente de acuerdo, que no hay por qué avergonzarse de ello. Pero si prefieres nos limitamos a los humanos.
D.- No me molesta que saques asuntos religiosos y teológicos. Al fin y al cabo una de las cosas que queremos desterrar en esta escuela es, en efecto, la mala conciencia cuando se habla de eso. Pero son temas, ya sabes, muy difíciles, y muy personales en cierto sentido.
M.- Bueno, pero si los tratamos con cuidado, como modelos, por decirlo así, yo pienso que nos pueden ayudar a comprender un poco las cosas menos infinitas. Lo que yo quería decirte es, sencillamente, que si Dios, que es absolutamente libre, es libre precisamente porque puede establecer qué es ley, y después nosotros, los seres finitos, tenemos que acatarla, entonces es que no somos libres como lo es él.
D.- No lo somos en la misma medida que lo sería un dios, un dios omnipotente.
M.- No, no solo en la misma medida, sino de manera totalmente distinta, porque en Dios sería completamente indiferente que esté bien informado o no de qué son las cosas y qué es él mismo, para establecer qué es lo bueno. Así que si él es libre por establecerlo, nosotros somos esclavos para obedecerlo.
D.- No veo por qué.
M.- Porque de ninguna manera podremos decidir y justificar qué es lo bueno, ya que no hay ninguna razón para que lo sea. Solo nos quedaría la fe. La fe ante la ley.
D.- Puede ser.
M.- Y creo que eso es lo que tú llamabas oscurantismo o fanatismo, ¿no?
D.- Quizás. De todas maneras, digo que es una diferencia de grado porque, aunque nosotros no podemos elegir qué está bien y qué está mal, podemos, en nuestra parcela, elegir esto o lo otro, y es también una elección entre lo bueno y lo malo.
M.- Pues yo sigo viendo una diferencia abismal. A nosotros, si, como dices, no nos es dado elegir qué ha de estar bien y qué ha de estar mal, sino que nos está dada ya la medida, lo único que nos queda es aplicarla correcta o incorrectamente. Si, además, lo que sí está en nuestro poder es contravenir esa ley que nos ha sido impuesta, lo que me parece a mí que se nos ha concedido así es la posibilidad de equivocarnos y ser malos.
D.- Y con ella la de elegir el bien, justamente.
M.- Pero, viniendo de una causa inteligente y buena, lo extraño no es que nos dé la capacidad del bien, sino la del mal. Esa libertad para acatar o no la orden que tú mismo no has prescrito, no me parece precisamente un buen regalo, cuando existía la posibilidad de hacernos solo buenos, y que cumpliésemos siempre con gusto lo que se debe, y recibiésemos luego el premio de la felicidad, ya que no podía dársenos elegir del todo libremente, o sea, elegir qué está mal y qué está bien, respetando nuestra elección.
D.- Y ¿dónde estaría el esfuerzo para merecérsela, la felicidad?
M.- En ningún lado, pero ¿crees, de verdad, que la realidad es mejor si conseguir lo bueno cuesta sufrimiento?
D.- Pues en eso es en lo que consiste que seamos personas, seres libres, nos guste o no. Pero me parece que usar el lenguaje teológico nos está confundiendo más que ayudando, porque yo no diría que estamos obligados a acatar una ley impuesta por una voluntad tiránica, sino que creo que tú mismo, como cualquier persona, puede identificarse con la ley moral y hacerla suya, como si fuese él mismo quien la hubiese instituido, porque todos la llevamos dentro.
M.- Sí, eso puede quizá pasar, que uno se identifique con la ley. Es muy sublime pensar así (aunque muy tremendo también, porque nos hace como dioses). Pero ¿puede suceder también que no, que no suceda eso? Y, si le sucede a alguien (que no quiera en su conciencia lo que se dice que quiere la ley divina, o la que los demás humanos consideren como divina), esa persona puede preguntarse: ¿por qué se dice que
Dios es bueno, si lo bueno es lo que ha establecido él sin necesidad de dar cuentas a nadie?
D.- No creo, te repito, que haya que entender la libertad absoluta (o sea, la de Dios, por hablar ese lenguaje) como completa arbitrariedad.
M.- ¿Quieres decir que debe haber alguna razón por la cual las cosas sean buenas o malas, y, por tanto, incluso un ser infinitamente consciente y libre tendría que aceptarlas como buenas?
D.- Quizás.
M.- Eso, aunque no es bien visto por la mayoría de los teólogos de los últimos siglos, me parece más sensato. Por eso otros no dicen que la libertad absoluta consista en establecer qué es lo bueno o lo malo, sino que lo bueno o lo malo son algo objetivo e inmutable, no son tema de elección, ni siquiera fuera del mundo. Entonces, Dios mismo querría y mandaría lo bueno porque es bueno, y no al contrario, o sea, que sea bueno porque y solo porque Dios lo quiere y manda.
D.- Seguramente.
M.- Y también habría que aceptar, entonces, que Dios, ya que es totalmente bueno y libre, no puede elegir más que lo que sabe que es bueno, o sea, lo bueno.
D.- Muy bien, ¿y a qué viene todo esto en nuestra discusión? Me he perdido.
M.- Sí, a lo mejor hemos divagado un poco. Se trata de entender, de que entienda yo, qué es eso de ser libre, que es lo más excelso que se pueda imaginar, y lo que queremos, con toda la razón, conseguir en nuestros hijos y alumnos, y en nosotros mismos.
D.- Ese era el tema de tu duda, que, por cierto, no me parece una minucia.
M.- Es verdad: aunque es una cuestión muy fina, es muy gruesa. Como has dicho tú, si no recuerdo mal, en las cosas importantes una pequeña diferencia puede ser enorme.
D.- Fatal, sí. Eso he dicho.
M.- Muy bien. Estamos de acuerdo, creo, en que ser libre no es hacer lo que a uno le da la gana, actuar de manera inconsciente e ignorante…, sino que hay que saber.
D.- En eso estamos de acuerdo.
M.- Y creo que hemos llegado también a la conclusión de que no hay más libertad que la que consiste en querer lo que es bueno.
D.- ¿¡Cómo!? Eso no lo he visto.
M.- Hemos dicho que un ser que tuviese una voluntad absoluta, totalmente libre, o sea, Dios, no podría elegir más que lo que sabe que es bueno, ¿no es así?
D.- Supongo que sí.
M.- Pero no que elija, al tuntún, qué es lo bueno, porque entonces sería un tirano arbitrario y sin responsabilidad, sino que, por decirlo así, es capaz de comprender, mirándose quizá a sí mismo, qué es bueno y malo.
D.- Ya te digo que no me metería ahora en profundas discusiones teológicas. Si quieres y tienes tanto interés, llamo al padre Martín, que se encargará en nuestra escuela de coordinar la formación religiosa.
M.- No, no le molestes ahora, que está en plena merienda. Vamos a olvidarnos de Dios y de los teólogos, si prefieres, y digámoslo en lenguaje de humanos y para humanos, ya que parece que tenemos más claro qué somos nosotros que qué es Dios.
D.- Aunque, ¿no sería mejor tener una conversación así con más calma, en otro momento?
M.- Si quieres lo dejamos para otra ocasión, sí. De todas maneras, no pensaba enredarme mucho…
D.- Sigue. La ministra parece entretenida con algunos padres.
M.- A ver si voy a lo que voy: estamos en que la libertad, bien entendida, pasa necesariamente por saber qué es lo bueno, y qué son las cosas, pero no consiste en la arbitrariedad de darles valor sin ton ni son. No somos libres ni para elegir qué es lo bueno, ni, me parece a mí entonces, para elegir lo malo.
D.- ¿¡Qué dices, hombre!? ¡Haces unas inferencias que me resultan increíbles! ¿¡Cómo no vamos a ser libres para elegir lo malo!? ¡Pero si es lo que hace toda criatura de Dios a todas horas! (Y perdón por volver a traer a Dios… -no aproveches la ocasión-).
M.- Pues entonces que me maten si entiendo en qué consiste ser libre. Ya te digo que tengo muchas dudas. No hago más que darle vueltas a este razonamiento. Vamos a ver, a ver si me sacas del dique seco: la libertad no es arbitrariedad, ¿no?
D.- No, eso no hace falta que lo repitas más.
M.- Libre solo puede serlo quien sabe lo que es bueno, o sea, qué es él y qué es cada cosa, y qué le corresponde a cada una, ¿no es eso?
D.- Sí.
M.- Entonces, quien no sabe lo que es bueno y lo que es cada cosa, no es libre, ¿no?
D.- No lo es.
M.- Y quien actúa arbitrariamente, tampoco.
D.- ¡Y dale! Tampoco.
M.- O sea (a ver si es que yo razono menos que un pez): si, quien no sabe, no actúa libremente, y quien es más libre, es quien más elige lo que sabe que está bien...
D.- ¡No, no, no!, has cometido dos errores. Veamos. Primero: todo el mundo sabe, en el fondo, qué está bien y qué está mal. Así que nadie, en verdad, tiene la disculpa de la ignorancia (por lo menos, de esa ignorancia). Y, segundo, y más importante todavía si cabe, el que sabe lo que debería hacer, es libre precisamente para no hacerlo, no tiene que hacerlo por necesidad, porque ¡menuda libertad, según te la imaginas tú!
M.- Ahí puede estar mi confusión. Lo primero: dices que todos sabemos qué está bien y qué está mal. Sin embargo, has dicho en tu exposición que hay que educarles moralmente… Aclárame esto.
D.- Para que reconozcan lo que llevan dentro. Toda persona, como ser racional, sabe (en el fondo, digo) que no puede tratar a un igual como no aceptaría que le trataran a él.
M.- Muy bien. No lo veo tan evidente como tú, que todo el mundo sepa que eso es lo bueno, pero, si quieres, supongamos que es así, que en el fondo (aunque solo en el fondo, ¿no?) lo sabe... Entonces prescindamos de una opción (que el que no sabe no puede elegir libremente). Ahora queda otra: quien sabe lo que es bueno, pero escoge lo malo, decía yo, es que actúa arbitrariamente, y, por tanto, no es libre (aunque a mí esta opción tampoco me parece muy creíble)…
D.- Es que no estabas teniendo en cuenta, y sigues sin tenerla, la opción adecuada: actúa mal quien, sabiendo qué está bien y mal, elige lo segundo.
M.- O sea, actúa mal quien, viendo en sí mismo lo que es correcto, y sabiendo bien que es correcto, decide, sin embargo, hacer lo contrario. Y esa no es una conducta arbitraria.
D.- ¡No, claro que no! Es completamente intencionada.
M.- Aquí está el centro de nuestra discusión. La libertad, estás dando a entender, pasa por saber lo que es bueno, pero no se limita a eso.
D.- Eso es. No lo estoy dando a entender, si me permites que te lo diga, sino que lo estoy diciendo con todas las letras. Y me resulta increíble que parezcas pensar que lo estoy dando a entender yo, como si fuera invento mío, cuando todo el mundo (incluido, me atrevo a decir, tú mismo) piensa exactamente lo mismo.
M.- Yo, si te puedo ser sincero, pensaba eso cuando no me había parado todavía a pensarlo. Desde entonces, y aunque he encontrado y leído a personas muy inteligentes que también piensan lo que tú, no he sido capaz de recuperar esa convicción. Casi peor aún es que he sabido también de presuntos sabios (aunque quizá los menos) que no lo ven como tú, o sea, como lo ve casi todo el mundo y lo veía yo mismo antes de pensarlo con profundidad una y otra vez.
D.- Pues házmelo entender, te lo ruego, porque es una cosa de infinita importancia.

sábado, 23 de marzo de 2013

Presentación de Diálogos de Educación


El lunes 1 de abril, a las 19.30h, en el Ateneo de Madrid (sala Nueva Estafeta), presentaremos Diálogos de Educación. Intervendrán mis amigos Víctor Bermúdez Torres y Luis Martínez de Velasco. También se leerán dramatizadamente varios fragmentos de los diálogos, y se propondrá un espacio de preguntas y debate acerca de la cuestión del libro, la filosofía de la Educación. La dirección de la presentación estará a cargo de Victoria Caro Bernal.


Creo que no es fácil encontrar libros, no de pedagogía o psicopedagogía, sino de filosofía de la educación; menos, si se buscan en lengua castellana, y menos todavía, o nada quizás, si se espera la defensa de una perspectiva socrático-platónica o “racionalista” de la educación.

Diálogos de Educación, no solo no es un libro de ciencia: tampoco es un libro de filosofía escolar o académica, sino una obra “literaria” o de “creación”. En él recorro cuatro posibles filosofías de la Educación, buscando sus fundamentos antropológicos, morales y ontológicos, siguiendo aquella recomendación de Sócrates, que casi he convertido en lema, según la cual debemos investigar qué somos, para saber qué nos corresponde por “naturaleza” hacer y padecer. Por supuesto, hay una filosofía, muy “de moda” en tiempos modernos, que dice que no hay nada que por naturaleza o esencia seamos ni nos corresponda. Esta es, precisamente, la primera propuesta que se discute en el libro. Después se pasa a considerar una concepción sentimentalista, según la cual nuestro centro de gravedad es la emotividad y la razón solo es “la esclava de las pasiones” (según decía Hume), y que también tiene muchas versiones modernas en pedagogías tanto alternativas como convencionales; en tercer lugar, se discute una concepción “kantiana”, en la que la Voluntad como Ley es situada en el lugar más alto; solo al final se llega a la concepción socrático-platónica, con la que más afín me siento, y para la cual la maldad es fruto de la ignorancia y nuestra mayor ignorancia es, precisamente, no conocernos y confundirnos con un ser esclavo. Aunque este pensamiento no carece, desde luego, de su "dialéctica"; es más, la busca y la ejercita, pero la envuelve en la "solución" (no disolución) del Amor o Analogía. De las cuatro teorías o concepciones antropológico-pedagógicas intento extraer lo mejor, interpretadas de la manera más optimista y halagüeña que he podido, antes de señalar sus aporías. Algunos fragmentos del libro pueden leerse aquí.

Luis Martínez de Velasco ha dedicado preciosos libros a la reivindicación de la razón desde una perspectiva kantiana con ascendente marxista (¿Un nuevo asalto a la razón? Fundamentos, 2004; Finitud y moralidad, Fundamentos 2007 o La razón recuperada, Fundamentos 2011). Además, lo puedo asegurar, es un magnífico maestro y una buena persona en el sentido machadiano.

Víctor Bermúdez Torres, amigo desde hace muchos años (o, mejor, desde siempre), es el autor de las maravillosas notas del blog Filosofía para Cavernícolas. También él es de los pocos locos que se atreven a pensar desde el racionalismo y no se avergüenzan de los viejos y siempre nuevos problemas de la metafísica (esos que las personas sensatas han superado ya hace tiempo).

Quienes no comportáis este entusiasmo por el racionalismo, y especialmente referido al problema de la Educación, seréis más necesarios allí, quizás, que nunca.

Por supuesto, también está invitado a asistir el señor ministro de Educación y Deportes, aunque no tengo mucha fe en que venga a iluminarnos, visto que de momento no ha contestado a mis invitaciones (incluso por twitter) a leer el Wertíades. Lástima, porque creo que es difícil encontrar un representante público de la Educación que mejor concite todo lo que he querido decir en Diálogos de Educación, aunque justo al contrario.

domingo, 17 de febrero de 2013

Diálogos de educación, fragmento III


Después de que se exponga el pensamiento de Blas, ese "nihilista" que considera toda posible educación como manipulación, se discute las aporías de esta postura, reconociendo, eso sí, que tiene un factor liberador muy importante y cierto (extractos de páginas 49 a 60 de Diálogos de Filosofía) : 

M.- Yo estoy tan de acuerdo con mucho de lo que dices, que me cuesta explicar cómo estoy completamente en desacuerdo.
Blas.- ¡Seguro que lo vas a intentar, venerable maestrillo!
M.- Si hemos argumentado para intentar deconstruir la maloliente forma establecida, tendremos, para completar la vuelta del juego, que deconstruir la deconstrucción, jugar con el juego, aniquilar la nada. ¿O es que la crítica radical es radicalmente incriticable?
A.- Eso no sería justo.
M.- Habría que pensarlo… Quizá solo la crítica es justicia, y entonces, hasta para criticarla, ella tendrá que estar presente.
Blas.- Por mucho que, ahora o luego, intentes jugar con el juego, si es juego, juego de verdad, no alcanzarás la seriedad.
M.- Pues yo lo niego. Pero, si es como dices, ¿a quién se parece ese juego absoluto?
A.- A Dios, que está en todas partes.
Blas.- A la nada, que es todas partes.
M.- A lo mejor eso es lo único sagrado, ese afán de no estarse quieto.
Blas.- Si hay que llamar sagrado a algo, es, desde luego, a lo que no sabe estarse quieto, a lo que sabe bailar, como dijo alguno de tus filósofos.
M.- Cierto.
Blas.- Hasta vuestra Razón hecha carne os advirtió de que los que no sean como niños no saldrán volando… ¡Reconozco que ahí estuvo atrevida!
M.- Pero yo sigo diciendo que, si no dudamos de la duda, va a parecer algo dogmático, un sustantivo, una ele. Y no habrá más remedio que tomarla en serio. Porque, ¿en qué consiste esa crítica radical, que querríamos hacer de todo lo establecido y establecible, y que nos gustaría ver en las miradas de lo que llamamos niños?
A.- Yo creo que quiere no dar nada por definitivo ni nada por supuesto.
Bla.- Ni nada por infinitivo, ¡por supuesto!
M.- Eso es. Se trata, en realidad, de no aceptar lo que parece incoherente
y que podemos señalar en mucho de lo que hacemos.
A.- Lo que sea absurdo. Eso es lo que habéis estado haciendo.
Blas.- Was hast du uns absurd genannt? Absurd allein ist der Pedant.
M.- Decíamos que cosas como la identidad, la sustancia, la finalidad, y semejantes, o sea, las que hacen que algo sea algo persistente y se pueda intentar manipularlo, malearlo conforme a un modelo, formarlo…, todo eso son ídolos, creaciones artificiales, que no tienen nada de eternas, que existen solo como momentos efímeros.
A.- Sí, eso habéis dicho, apoyándoos en las letras.
M.- Y en buenas razones, también. No hay, hemos concluido, un cómo deben ser las cosas. Ni hay un bien y un mal del suceder de los sucesos.
Blas.- ¡Ya estáis otra vez! La cabra tira al monte, y el filósofo, a las nubes.
M.- Pero (hay que decir ahora), si no hay ley, si no hay ni bien ni mal, si no existe lo correcto o lo incorrecto, entonces tampoco puede hablarse nunca de imperfección, de falta en las cosas, ¿no?
Blas.- ¡Ah! ¡pregunta trampa, o sea, filósofa! Contestes sic, contestes non, tendrás razón.
A.- Sí.
M.- Decíamos, por una parte, que a los niños, o a esos momentos sin sustancia a los que llamamos niños, no les falta nada, como a nadie le falta nada para ser como su modelo, porque ni siquiera hay un alguien ni un modelo al que parecerse. Simplemente, son como son, cada uno es como es. O, mejor, quitando el uno, es como es…
Blas.- Y quitando el ser, pasa como pasa.
A.- Eso queríais defender.
M.- Sin embargo, queríamos decir también, en nuestra cruzada contra la suciedad de los adultos, que la escuela, en todas sus formas, es manipuladora, triste, enemiga de toda creación y todo deseo libre. Y parecíamos desear que todo eso cambie.
A.- Esa es vuestra sed de justicia.
M.- Ahora bien, hablando con sinceridad, a mí me parece que uno no puede decir las dos cosas a la vez: que, por una parte, no hay ideal alguno ni nada mejor que nada, y todo es solo lo que es en cada momento, pero que, por otra, la escuela es malvada y deberíamos cambiarla o aniquilarla. Si no deberíamos pensar en el futuro ni creer que haya un ideal que perseguir y traer al mundo, entonces tampoco deberíamos condenar lo que hay, sea lo que sea.
A.- Eso me parece a mí.
Blas.- ¿Te parece, o lo sabes? ¡Cuidado, pequeño filósofo! ¡Las realidades engañan!
M.- Por más hipnótico que nos resulten ese discurso y esa ansia de libertad, si no hay razones ni ideas, si no hay un bien y un mal según como son las cosas, no puede uno ni soñar que tenga derecho a lamentarse o simplemente juzgar lo que pasa.
A.- Yo eso lo veo más claro que el agua.
M.- Y no basta con reconocer tranquilamente que sí, que es absurdo decir las dos cosas a la vez, como parece que les basta a algunos para quedarse tan anchos con su absurdo. Ni puede, tampoco, consolarles que cualquier otra opción sea también absurda, si es que es así. No por eso será menos absurdo y más sensato afirmar que todo es absurdo y nada es sensato. Lo quiera o no, la teoría que hemos estado defendiendo, esa teoría de que no hay ideas ni juicios, es una teoría, con sus ideas y sus juicios, como toda teoría. Pero es una teoría suicida, que habla cuando tendría que callarse.
Blas.- ¡Eso la hace tan no-teoría, tan indomable! ¡Hablar para no decir nada! ¡La cúspide del arte, el orgasmo absoluto!
A.- Te aseguro que no querría defender esa teoría, o no-teoría, por nada del mundo, pero… ¿no pueden decir ellos (los que dicen, como Blas, que no hay razón ni ley en las cosas) que, si toda teoría es absurda (incluida, claro está, la suya), eso no hace más que darles la razón?
M.- ¿Darles la razón?
A.- Sí, suena extraño, pero creo que me entiendes…
M.- Pero ¿en qué les da la razón? ¡No les dará la razón en que todos tendríamos que seguir su escuela!, ¿no? Como mucho les daría la razón en que la nuestra no es mejor que la suya. Pero, en cuanto quisieran decir que la nuestra es más falsa, malvada, o algo así (siendo que ellos dicen que no hay nada más verdadero, acertado, coherente, o bueno que nada), sería mejor que no les hiciéramos ni caso. Aunque, según su no-teoría, ya el no hacerles ni caso es hacerles caso, y en cambio, darles crédito sería, seguramente, no hacerles caso…
Blas.- El crédito no hace al caso.
A.- Vale, no podrían decir que la suya es mejor, y eso ya es grave. Pero ¿podrían decir, por lo menos, que no hay ninguna… razón, ningún motivo, digamos, para que ellos escuchen a los demás, a cualquier otra escuela? Me imagino a Blas diciendo que él bien puede seguir hablando absurdamente, mientras nosotros seguimos (¡allá nosotros!) con nuestras razones telarañas, porque los dos, él y nosotros, estamos en el mismo derecho, por decirlo así. En ese caso, cada uno quedaría en su lugar.
Blas.- ¡No, chico! ¡Tú te quedarías en tu lugar! Yo me iría a otro siempre, “sin Dios y sin vos y mí”.
M.- Eso parece, sí, pero no lo es. ¿Se puede mantener unas ideas o un lenguaje absurdo? ¿Siguen siendo ideas y lenguaje? Aquí, según lo veo yo, jugamos con las palabras, o, mejor dicho, creemos poder hacer con ellas lo que no es posible, llevándolas hasta donde ya no pueden ir, pero simulando que sí pueden.
Blas.- ¡He aquí el dueño de las palabras, el domador de verbos! ¿¡Quién te crees tú, para decir qué se puede hacer (o deshacer) con una palabra (o una no-palabra)!?
M.- El mismo que quien puede decir, en parte, qué se puede o no hacer con una flor. O sea, el mismo que tú. Desconozco cuántas cosas se pueden hacer con una flor, pero sé bien que no vas a clavar, ante mis ojos, un clavo de acero con una de ellas.
A.- ¡Es capaz, con el arte que tiene!
M.- Sí, podría hacer una exhibición de ilusionismo, con palabras, pero sería jugar con ellas, y con nosotros. Como jugamos con ellas cuando queremos que digan lo imposible: jugamos con el poder, con el poder ser y la posibilidad. Más bien, nos lo imaginamos, nos imaginamos que jugamos con eso, porque en realidad no se puede jugar con lo posible. Hablan de “otra posibilidad”, como refiriéndose a un mundo ilógico, sin identidad ni sustancia. Claro que los que lo hacen, ponen entre comillas esas palabras, como jugando, para darnos a entender que, en su boca, no sigue siendo ya un pegajoso término metafísico,
ni una letra de hoja perenne siquiera, pero que sigue, pese a todo, teniendo un significado que podemos entender, de acuerdo con alguna manera que haya de poder entender palabras que ya no sean palabras.
Blas.- ¡Ay!, ¡si hubieses dedicado todo ese ingenio al ilusionismo! Me tendrías a tu puerta día y noche, con lluvia y granizo, haciendo lo imposible.
M.-Una posibilidad tiene que ser algo concebible. Pero, Blas, lo que dices quiere romper los límites de todo lenguaje concebible, al menos para mí. Y también para ti, me temo. Presumís de estar haciendo trizas todo concepto, por abierto y hospitalario que sea: ¡cualquiera de ellos es una camisa de fuerza! Pero pretendéis seguir hablando y razonando después.
A.- Es verdad, ahí está lo chocante. Son tan individualistas que no se sienten libres ni en sí mismos.
M.- A ese discurso le prestamos atención, y llamamos hablar a lo que hace, solo porque, por una parte, le damos el beneficio de la duda, suponemos que de alguna manera quiere ser un discurso coherente; y, por otra, porque él mismo simula atenerse a lo que es hablar y razonar. Hasta nos da argumentos sensatos en cierto modo. Porque si creyésemos que está pretendiendo algo realmente absurdo, ni siquiera diríamos que está hablando, y no le prestaríamos oído, como no se lo prestamos a lo que creemos que no puede hablar. ¿Por qué no está hablando esa pared?
Blas.- ¿¡Quién te ha dicho que no está hablando!? ¡Tú es que estás más sordo que una tapia, con tanto algodón trascendental! ¡Escucha, so adoquín, escucha con humildad!
M.- Desde luego, escucho y oigo que está diciendo algo tan coherente como tú. No, no hay habla fuera de las leyes de la unidad, la identidad, el sujeto, la causa…, por lo menos para mis entendederas. Esa posibilidad, pues, se la dejo a los seres imposibles, con los que nuestra realidad no nos deja comunicarnos. No merece la pena que pensemos en ellos.
A.- Es como cuando hablan, los físicos, de otros universos.
M.- No, es peor que eso, infinitamente peor. Esos otros mundos que dices, los podemos entender, o podríamos llegar a poderlos entender, aunque no podamos intercambiarnos señales con ellos. Por eso los consideramos mundos. Pero un mundo sin ley ni identidad ni sustancia, no es ni siquiera concebible, ni es concebible que llegue a ser concebible. Y un diálogo que no esté obligado a mantener la coherencia, no es un diálogo concebible. Ni siquiera estos que, como Blas, sueñan con lo inconcebible, desisten de que podamos llegar a convencernos, ellos a nosotros o nosotros a ellos. Al menos se esfuerzan en razonar.
A.- Esto es evidente.
M.- Razonan, por ejemplo, decíamos, que no hay sustancia, que todo es solo accidente. Pero, a mi juicio, se equivocan, porque si no hay sustancia, no hay tampoco accidente.
Blas.- No hay nada, ¿no te he dicho ya que soy budista?
A.- Explícame bien eso, igual que has explicado antes lo contrario.
M.- A no ser que me digan cómo puedo pensar o imaginar algo sin una identidad y una pervivencia a través de todos los momentos en que lo vea, lo imagine o piense en ello, no entiendo lo que es ni el más fugaz de los accidentes. Por ejemplo, si digo que soy ahora algo casi cilíndrico, o doblador de esquinas, pero resulta que el cilindro o las esquinas no son nada, más que una indefinida cantidad de cosas diferentes, no puedo entender ni imaginar nada de lo que digo. Igual daría decir que soy cilíndrico que cúbico, vivo que muerto, libre que esclavo. Los accidentes también reclaman su identidad.
Blas.- ¡Sí, hacen cola para recoger su pasaporte, como pobres emigrantes que son!
A.- Y ¿qué le contestas, entonces, a lo que decíais antes, a los budistas, por ejemplo: que igual de inconcebible y contradictoria es la identidad?, ¿que todo se reduce a nada?
M.- A los que dicen eso, sean o no budistas, yo les diría lo siguiente. Es verdad que, en cierto sentido, la pura identidad es inimaginable. Pero, a la vez, es concebible. Es más, es lo más concebible y puro que pueda pensarse. Lo que es, más bien, inconcebible, es cualquier otra cosa que la pura identidad. Cualquiera que piensa, o imagina (incluido, por supuesto, el que dice que no hay identidad alguna) está concibiendo la identidad y el ser. No debemos concederles, por tanto, que no podemos concebirlo.
Blas.- ¿Tienes tú la concesión de las concesiones? ¡Rey sin tierra!
A.- Pero no éramos antes capaces de encontrar qué es lo que me identifica a mí, o a ti, ¡no digamos a Blas!
M.- Precisamente por lo contrario, por nuestra falta, por lo menos relativa, de identidad. Mira: sin salir de la India hubo y hay otras personas sabias y espirituales (quizá no budistas) que dicen, no solo que hay identidad y sustancia en la realidad, sino que solo hay eso. Ahora, cuando se les pregunta por ti o por mí, o por ellos mismos, tal como nos vemos y creemos ser ahora, aceptan que no tenemos una identidad plena y total, sino parcial y relativa. Eso, la pura identidad, solo se lo atribuyen a un único ser, que es, dicen, lo único que existe real y plenamente, y del que nosotros somos partes o, mejor aún, aspectos, puntos de vista. Dicen que, en el fondo (porque ellos sí creen que haya fondo) tú y yo somos lo mismo, como todos los puntos del espacio son espacio, el mismo espacio, o, más aún, como toda luz es la misma luz. Pero no hace falta extenderse mucho con este asunto ahora. Para mí una cosa está bastante clara: nadie puede hablar de nada, con la más mínima sensatez, si no acepta la identidad y la sustancia de las cosas; y nadie puede quejarse de cómo están las cosas ni reclamar otra manera de tratarlas si no admite que hay bien y mal que les pertenezca por su naturaleza. Esto se ha dicho ya infinitas veces, pero no ha conseguido hacerse falso.
A.- Para mí es evidente.
M.- Porque, dime, Blas ¿a quién aceptarías en tu anti-escuela?
Blas.- A cualquiera, con tal de que no quisiera poder, como dices tú.
M.- ¿Poder qué?
Blas.- Poder poder, poseer posesión, tener a mano manipular.
M.- ¿Aceptarías a una piedra en la anti-escuela?
Blas.- Siempre que no viniese esperando un título...
M.- No discriminarías a nadie. Claro, porque no hay un alguien. Aceptarías al más distinto, al más otro, al otro puro.
Blas.- A ese sobre todo. Aunque el “otro puro” (como le llamas tú) es siempre impuro.
M.- Pero el más otro de tu anti-escuela sería el que viniese a destruirla, a aburrir, a poner verjas y a inventar la sexualidad, ¿no? ¿A ese es al que más admitirías a tu lado?
Blas.- Me taparía las narices.
M.- No veo por qué. Debería, creo yo, olerte muy bien tu puro otro. ¿O es que solo quieres a tu lado a los que son como tú, a los que están en unidad contigo? Pero, ya que a ti, como a mí, te huele mal el manipulador, ¿te limitarías a taparte las narices cuando llegue? ¿Esa sería toda nuestra manera de evitar la manipulación? Entonces, ¿qué tienes que reprocharle a las cosas tal como están, a la escuela de verja y troqueladora? Todo está sucediendo como sucede por tu no intervención.
A.- A mí me parece que no intervenir es intervenir.
M.- Así es, como el reposo es un tipo de movimiento y el no-ser un ser. Y, Blas, si alguno de esos otros, puro o contaminado, intentase esclavizar a los demás otros, o le diese por ponerse a construir una sociedad con leyes, ¿tú, entonces, como inventor de la anti-escuela, lo consentirías?
Blas.- La verdad es que no, que les daría una buena leche…
M.- Eso me parece más fácil que ocurriese: que les manipulases corporalmente. Aunque les gustaría saber las razones que tienes para tratarles así, y quizá no pudieses evitar convertirte en manipulador también con las palabras. Seguramente les intentarías convencer, con buenas palabras y algo de poesía, de que es bueno que nos respetemos unos a otros, que no impongamos, por la fuerza, nuestros deseos… Y convencerías a los más para que no acepten entre ellos a los manipuladores, sino que los destierren, a cualquier otra escuela.
(…)

Blas.- Pero vamos a hablar un poco en serio, y procura entenderme, en vez de ejercitar tus mandíbulas dialécticas: cuando yo hablo de la nada y todo eso, hablo, lo sabes muy bien, de una nada activa, creativa; no sujeto, pero sí acción, digamos, acción pura.
M.- Tú crees en lo activo, no en lo pasivo. Muy bien. Yo estoy del todo de acuerdo con eso. Pero, me parece evidente, no hay lo activo y lo pasivo si las cosas no son de una manera o de otra. Lo activo tiene que ser realmente activo, y distinguirse de lo verdaderamente pasivo. Porque, si no, bastaría con cambiarle el nombre.
(…)

M.- Hay, pues, que aceptar que las cosas tienen un sentido. Tenemos que encontrarlo.
Blas.- ¿Un sentido? ¡Mira el mundo, con tus sentidos, y dime si tiene sentido!
M.- Lo miro, y sufro como tú. Por eso sé que hay sentido.
Blas.- ¿El sufrimiento tiene sentido?
M.- Que haya dolor y fealdad no demuestra que no haya sentido en las cosas, sino todo lo contrario. Eso sólo lo demostraría el que no hubiese ni una cosa ni la otra. Lo que no tiene sentido es que no tenga sentido.
Blas.- ¡El sentido es un sinsentido!
M.- Yo, te lo digo otra vez, estoy de acuerdo contigo en muchas de las cosas que te duelen del mundo y sus escuelas: la falta de libertad, el aburrimiento… Pero me parece que no hay manera de justificar nuestro dolor y, sobre todo, nuestro afán de un mundo y una escuela diferentes, si decimos que todo enseñar y aprender es manipulación, y que no hay una naturaleza de lo bueno y de lo deseable.
Blas.- Bueno, si tú crees que hay que defenderlo de otra manera… Pero ¿de qué sirve eso, más que de pasatiempo?
M.- Ya sería algo, si fuese un pasatiempo, ¿no? Pero es algo más. No podrías conseguir nada de lo que quieres de la manera en que lo quieres. Y eso lo notarías desde el primer segundo de la fundación de tu anti-escuela. Desde el primer segundo tendrías que estar discriminando entre lo bueno y lo malo, y no dejando entrar a lo que podría dañar o manipular de verdad, ni a quien llegase diciendo que él quiere hacer allí lo que le de la gana. No podrías educar a personas libres convenciéndoles de que no son nada y nada vale más que lo que a uno le parezca en ese instante.