Los intelectuales, sean del ámbito que sean (científicos, poetas, músicos, dibujantes, filósofos) suelen estar mal pagados por la sociedad, si se compara con lo que poseen los especuladores financieros, los empresarios… y, en general, todo aquel que se dedica simple o principalmente, a generar dinero a partir del dinero. ¿Será que es más difícil ser especulador, o empresario, que ser científico? ¿Cómo es una sociedad en que alguien que se dedica a la especulación financiera disfruta de muchísimo mayor poder efectivo que un intelectual?
Muchos ponen en cuestión la propiedad intelectual. Parece una contradicción en los términos, ¿no? ¿Las ideas no son, acaso, de todos? Esto no solo lo piensan algunos de quienes quieren justificar la “piratería”. También algunos autores quieren ofrecer sus creaciones de manera gratuita. Incluso he oído a algunas personas que se dedican a los negocios decir, con gran cinismo, que eso es bueno para los artistas e intelectuales, porque les libera de la esclavitud comercial.
Se alían, pues, involuntariamente, idealistas por un lado, y emprendedores ansiosos por otro, para dibujar un ideal social que consistiría (y consiste, de hecho) en lo siguiente: la producción de ideas está bien en manos de personas angelicales y desinteresadas, que viven en su mundo y apenas se fijan en el polvo de su habitación, mientras que la producción y gestión de alimentos y adornos debe estar en manos de personas competentes en competitividad, que para desestresarse necesitan coches de alta gama y solo pueden viajar en primera clase…
Voy a recordar lo que Platón tenía que decir al respecto:
- Solo las personas de más baja calidad intelectual y moral, o sea las que viven por y para el aparato productivo-reproductivo social, cifran en la propiedad privada su realización.
- Los que han probado la ciencia y la dialéctica (los “intelectuales”) consideran despreciable el posesivismo, y creen que la persona crece, realmente, cuando crece su conciencia, su sabiduría y, por tanto, su bondad.
- La sociedad peor gobernada será aquella en que gobiernen quienes buscan, en el poder, poder; la mejor gobernada será aquella en la que gobiernen quienes no querrían tener que hacerlo, quienes solo quieren una sociedad donde todos puedan realizarse lo más posible como personas, según sus naturalezas.
- Quien, no viviendo en una sociedad justa, se ha formado (científica, artística, filosóficamente) a sí mismo, sin ayuda de la sociedad, no le debe nada a esa sociedad.
- Es más, debería, por amor a la sociedad, no poner sus ideas en manos de una oligarquía, o de una democracia (o demagogia) o de una tiranía.
- Tampoco, eso sí, irá llamando puerta a puerta intentando venderles a los demás lo valioso de su saber. Lo hará hablando con amigos, mientras los oligarcas o demagogos no lo adviertan y le suministren el veneno para que calle.
¿Qué deberían hacer los intelectuales en nuestra sociedad?
Las ideas no son de nadie, desde luego. Pero el descubrimiento de esas ideas, el traerlas a (este) mundo desde su mundo prístino y universal, supone trabajo y vida de ciertos humanos. ¿No es justo que la sociedad pague de alguna manera ese esfuerzo y esa dedicación, al menos mientras en el mundo haga falta dinero para comer y otras cosas?
Supongamos que, de la misma manera en que es ahora posible copiar obras intelectuales, fuese posible copiar dinero, o algún producto de los que hacen ricos a sus emprendedores… ¿Quién lo permitiría? Los únicos que pueden fotocopiar el dinero, y “piratearlo”, son, de hecho, los gobiernos al servicio de bancos y empresas.
Quizá sea ideal que la propiedad no esté en manos de sujetos, sino que todo sea de todos y se use de acuerdo con las necesidades armonizadas privadas y colectivas. Pero no debería socializarse algo sin que se socialice todo. Y sobre todo, no debería socializarse lo único que realmente alimenta a todo el sistema, sin que estén socializados también los medios para traficar con ello. La empresa y el mercado en general no es nadie en sí mismo, necesita los intereses vitales de las personas, y esos intereses se manifiestan en forma de ideas.
Los intelectuales deberían negarse rotundamente a poner en manos de la sociedad sus ideas, mientras la sociedad no garantice un uso justo de ellas. Un investigador debería negarse a trabajar para una empresa privada que comercializará la posible patente; un artista debería negarse a ser el publicista de una empresa privada que no tiene en cuenta el carácter moral de su producto; todo “creador” debería evitar que, directa o indirectamente, su obra caiga en manos del mercado. Solo cuando el mercado acepte estar al servicio de la política y de las persona, deben llegarle ideas que son su savia. Una sociedad que acepta otra cosa, está en la peor de las crisis, la crisis humana o moral.