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sábado, 17 de noviembre de 2012

¿Dónde está Europa? ¿Hacia dónde camina, y hacia dónde debería caminar? I


¿En qué lugar de la Historia nos encontramos? Concretamente ¿en qué momento de su historia y de la Historia se encuentra Europa, o la civilización “europea-occidental” en su conjunto? ¿Puede decirse hacia dónde camina, pero, sobre todo (desde un punto de vista filosófico, ideológico, moral y político), hacia dónde debería caminar? Me gustaría pensar, con el lector, en esas preguntas. Empezaré en esta entrada intentando plantear de la manera menos confusa posible la cuestión.

Doy por supuesto (como todo el mundo hace implícitamente) que las civilizaciones, aunque tengan menos realidad y sean de bordes más indefinidos o borrosos que otros tipos de entes, existen; y, como en cualquier otro problema teórico, se puede comparar lo que ocurre efectivamente en el mundo, con los modelos ideales de lo que podría y/o debería (en los dos sentidos, teórico y moral de este término) ocurrir. Tal como describimos los fenómenos más o menos circulares, eléctricos, animales… de acuerdo al patrón ideal Círculo, Electrón, Animal… podemos describir los fenómenos históricos de acuerdo a patrones ideales de Civilización. Esto nos permite hablar de la civilización egipcia, la griega, la europea, como entidades relativamente independientes y dotadas de una estructura dinámica propia, aunque mucho más etéreas e (inter)permeables que otras entidades más “individuales” y “sustanciales”.

Concretamente, puede considerarse a las civilizaciones como (cuasi)entidades (cuasi)vivas, con un proceso, semejante al de otros organismos, que se puede describir como una curva que evoluciona en el tiempo desde una estructura primitiva (embrionaria), hacia una mayor integración, o síntesis de “materia” y orden (en otros términos, que crece hacia la complejidad organizada), y, después de su estado álgido (más o menos largo y suave) involuciona o decrece (aceleradamente al final) hacia la desintegración o “muerte”.

Más aún, las civilizaciones serían un tipo de cuasi-vivo inteligente, de forma que su dinámica puede entenderse como un proceso psíquico, cognitivo-volitivo, que pasa por fases como la “infancia”, la “adolescencia” o “juventud”, la madurez, etc. Las civilizaciones se comunican e interinfluyen, “aprenden” unas de otras y “descubren” por sí mismas cosmovisiones… Las civilizaciones toman decisiones históricas respecto al mundo y su relación con él, etc. Esto nos permite, además de reconocer y describir los fenómenos, en un paso ulterior (si sostenemos que ciertas propiedades morales van necesariamente unidas o sobrevienen a propiedades “objetivas” o no morales), juzgarlas moralmente o en la Historia moral, de modo que posamos hablar de civilizaciones mejores y peores, más o menos evolucionadas moral y políticamente (a quienes sientan debilidad por el relativismo, les remito a otros lugares donde he tratado esa cuestión).

Por supuesto, lo mismo que pasa en los otros vivos, el desarrollo efectivo “normal” de las civilizaciones (de acuerdo con el concepto o patrón ideal) puede verse distorsionado o truncado por factores ambientales, y una civilización puede estar “enferma”, morir “prematuramente”, o padecer, quizás, demencia senil. También puede “equivocarse” en su camino por la Historia.

La identificación de estos hechos se complica, es cierto, porque las civilizaciones y culturas (a diferencia, por ejemplo, de muchos de los organismos animales que consideramos habitualmente) son, como decía, muy multiformes: pueden ramificarse, injertarse unas en otras, renacer o “reencarnarse” (en otro grupo material humano, o quizás en uno de máquinas inteligentes), etc. El patrón general de Civilización debe ofrecer, sin embargo, una estructura ideal simple y coherente, respecto de la cual sea útil hacer la comparación de lo que nos encontramos en los fenómenos.

Supondré, sin detenerme a desarrollarlo en este momento, que el patrón o concepto ideal de civilización-cultura, como ser cuasi-vivo-inteligente, tiene una estructura dinámica, semejante a la de un vivo-inteligente convencional (un humano, por ejemplo), con las siguientes dos características principales:

-         Es un proceso que va desde una relación preeminentemente sensible-inmediata con el mundo, hacia una relación lo más cognitiva y reflexiva posible, pasando por fases intermedias de carácter imaginativo o “fantástico”.

-         Es un proceso que, paralelamente a lo anterior, va desde una actividad más heterónoma o pasiva (reacción del organismo al entorno, según sus necesidades) hacia una relación de la mayor autonomía o actividad posible sobre el entorno, pasando por fases más o menos heterónomas y autónomas (de autonomía más o menos formal, etc.)

Hay que tener en cuenta las siguientes puntualizaciones muy importantes:

-         La anterior caracterización, muy abstracta y simple, de la dinámica de una civilización, no implica que no estén presentes, en todas las fases del proceso, todas y cada una de las “facultades” psíquicas de un organismo inteligente (un bebé no carece de imaginación, ni de voluntad, ni de raciocinio). Significa, solo, que es una u otra facultad la que predomina en ese momento del desarrollo.

-         El momento álgido del proceso (la máxima cognición y autonomía) no equivale al momento temporalmente último de la vida de un organismo, sino que a ese momento álgido, más o menos sostenido durante un tiempo, le sigue una “caída”, por lo general muy lenta al principio y acelerándose muy rápidamente al final. (Aunque esto, a mi juicio, es más bien una constatación fáctica que una “necesidad” inherente al modelo ideal. Quizás la manera en que mueren la mayoría de los organismos tenga mucho de “accidental”. No discutiré esto ahora).

-         Muy importante: aunque contemplemos un modelo general de civilización, cada civilización es una y diferente de las demás, “individual”, con sus propios rasgos ideales (con su propia “esencia”) que puede también verse frustrada en su realización material. Es decir, hay una lógica interna a cada civilización, pero esto puede no llegar a materializarse, por razones contextuales o “accidentales” a la propia civilización individual (como un individuo puede morir joven, o puede llevar una vida más o menos “inauténtica”, de acuerdo con lo que cabía esperar de él).

Dando todo eso por supuesto y pasando a la aplicación material, hay que decir, a mi parecer, que Europa es una civilización, individual y distinta a otras que la rodean en el tiempo y en el espacio, si bien con mucha influencia de entrada y salida con las civilizaciones temporal y espacialmente entorno (quizás ninguna civilización tuvo tanta comunicación con otras, porque nunca la Tierra había sido tan pequeña). Aunque tiene genética griega, mediterráneo-oriental y otras, puede identificarse relativamente bien una civilización que se llamaría Europa. Considerémosla, sencillamente, de acuerdo al concepto más general de lo que sería una civilización, de acuerdo al patrón que he propuesto más arriba:

Puede decirse que Europa, al menos la entidad más concreta que llamamos Europa, “nace” (del embrión “germánico”) y tiene su fase infantil tras la caída de la civilización romana de la que, desde luego, hereda rasgos muy importantes, pero respecto de la cual es otra y comienza una nueva historia. Se pierde (o se medio-conserva en grupos casi irrelevantes para la vida social de la Europa primitiva) la mayoría del conocimiento filosófico-científico y de derechos políticos y libertad del Imperio romano, y Europa se “sume”…, o más bien, empieza a vivir su historia en la forma “infantil” de la alta (mal llamada) “Edad Media”, o Edad Primitiva Europea. Esa infancia de Europa es cantada por la épica tardo-medieval (como la infancia griega fue cantada por la épica pre-homérica y homérica): señores patriarcales, dueños de la tierra, que tienen bajo su paternal gobierno una familia, y bajo su real gobierno y a su servicio unos cuantos siervos. La moral es por entonces una moral “heroica” y paternal, fundamentalmente heterónoma y paternalista, de la fuerza y el honor, regida por la (infantil) imaginación (la superstición, el mito) y la necesidad. 

La adolescencia y juventud de Europa hay que situarla en el, también mal llamado, Renacimiento (aunque preludiada por la baja “Edad Media” y la escolástica). No “renace” nada: surge en Europa una etapa creativa, pletórica y colorista (una mezcla de imaginación sofisticada y racionalidad emergente), amante de la libertad subjetiva y la belleza, que se siente afín, sí, a lo que se descubre del “mundo antiguo” (solo de una parte de él: precisamente la que es interpretada como más análoga a la propia situación espiritual de la Europa adolescente) pero que es muy diferente en muchas cosas del arte clásico griego y pertenece a otra civilización y otro alma. 

Puede decirse que, entre los siglos XV (comienzo de la adolescencia) y el siglo XVIII, Europa es joven y crece, va a la universidad y tiene tensas relaciones con su padre interno, que aún sigue conservando la patria potestad y manteniéndolo. 

Hay que colocar en la Revolución Francesa, como vio Kant, la emancipación de Europa, su entrada en la edad adulta. El ciudadano europeo se hace autónomo, ciudadano, tiene derechos, basados en su reconocimiento como ser racional y libre (persona), y también es dueño de su propia manutención, mediante la técnica y la industria. 

Podría enriquecerse mucho más todo ese cuadro con otras analogías que quizás el lector quiera fantasear. Pero ¿cómo sigue la historia? ¿Qué ha pasado desde la Ilustración para acá? Y ¿qué cabe esperar que pase y, sobre todo, qué debería exigírsele a Europa que "pasase"? Algunos han dicho, repetidas veces, que hemos llegado al final (la “decadencia”) de Europa. Fácticamente eso bien puede ser, si resulta que Europa acaba desintegrándose como unidad cultural significativa (sus esquejes, no obstante, prosperan en otros “lugares”, de América y de casi cualquier otro continente). Pero la pregunta que me gustaría hacerme es si, independientemente de lo que ocurra de hecho, Europa está ideal o culturalmente agotada, es decir, si ya no puede ideológicamente dar más de sí, si ha alcanzado el mayor grado de reflexión y autonomía concebible para una civilización y, específicamente, para ella. ¿O bien está Europa, con posible vida “útil” por delante, en una encrucijada vital (siempre se está en eso, pero unas veces más que otras), en una especie de “crisis de los cuarenta”, donde la vida de uno puede cambiar, incluso drásticamente (algunos se divorcian, otros hasta se hacen budistas...)? Esto solo puede responderse "observando" la verdadera dinámica filosófica o ideológica de la civilización europea, no la dinámica fáctica (que puede sufrir accidentes) sino la ideal, la que le corresponde por su esencia.

Dejo este asunto (que es el que quería plantear con esta serie de notas) para la siguiente entrada. Si el lector tiene alguna tesis, hipótesis, crítica, refutación… al respecto (o al respecto de todo lo anterior), será bienvenida.

martes, 1 de mayo de 2012

¿Estado de Derecho?

En épocas críticas es cuando se queda uno más desnudo, y lo mismo le pasa a la política. Con la crisis es más descarada que nunca la demagógica mentira que supone eso de que vivimos en un "estado de derecho". En épocas de bonanza, uno tiene la vista (como el resto del organismo) muy gorda para la falta de legitimidad.

El actual gobierno legisla todos los días incumpliendo cada una de las "promesas" electorales, y sin embargo se  sienten formalmente legitimados para hacerlo. Además, lo que hacen -nos prometen- es justo y necesario, bueno para nosotros.
Exactamente lo mismo hicieron José Luis Rodriguez Zapatero y los suyos cuando, tras llegar inopinadamente al gobierno gracias a un atentado islamista, se pusieron a legislar cosas que sabían que no estaban en su programa y que, de haberlas sometido a referendum, las habrían perdido (concesiones a nacionalismos, matrimonios homosexuales, etc).  Claro que, entonces como ahora, la inmensa mayoría de los que esta(ba)n de acuerdo con esas medidas, creían que el fin justifica los medios.

Pues bien, eso de hacer en el gobierno lo que uno cree que es bueno, justo y necesario, aunque no tenga nada que ver con la propaganda que usó para llegar hasta al poder, es precisamente la definición de totalitarismo. Hitler, por ejemplo (y Stalin) no tenían otra palabra en la boca: esto que hago, (hijos míos) es bueno para vosotros, aunque quizás no seáis capaces de percibirlo, Y estoy legitimado a hacerlo, porque alguna vez me votasteis.

Pero es que lo mismo hacen todos, porque, en verdad, lo del "estado de derecho" y el cumplimiento de las leyes es una ficción. Sólo tienen que cumplirla rigurosamente los gobernados (y solo los que estén en contra de los gobernantes). Los gobernantes, hoy como cuando así lo defendían Hobbes y también Kant, están fuera de la ley, y no tienen ningún compromiso legal. Ellos solo hacen "promesas" (como aprendices de mesías). Si lo hacen mal, simplemente "la historia me juzgará", que dijo Tony Blair.

Por tanto, nada de estado de derecho. Y, por eso, no hay que aceptar que quien se opone al gobierno ilegalmente lo hace ilegítimamente: no hay legitimidad política si no se sustenta en una legitimidad moral. La revolución está tan justificada como siempre. Pero tiene que darse antes en uno, moralmente. Así que, quizás los gobiernos paternales puedan dormir tranquilos mucho tiempo... o no.