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lunes, 18 de mayo de 2015

Del lugar del hombre en la naturaleza. II

El objetivo de estas reflexiones es abogar por la idea de que el hombre no es ni el creador de los valores de las demás cosas ni la única o más valiosa cosa del mundo; el hombre es “solo” un ser muy valioso, como lo son, objetiva e intrínsecamente, los demás seres, cada uno a su modo; y quizá el valor principal del hombre estribe precisamente en ser capaz (más capaz que unos, aunque tal vez también menos capaz que otros seres) de reconocer (no de insuflar) valor en toda la naturaleza; pero sean cuales sean los valores propios del hombre, estos “solo” se pueden realizar dentro de y en diálogo (en dialéctica, es decir, en guerra pero sobre todo en amor y armonía) con el resto de la naturaleza, no en algún destino sobrenatural. Nuestro “imperativo categórico” diría, pues, algo así: 

Nunca trates a ningún ser como mero medio, sino, ante todo, como fin en sí mismo

Esto, “además” de ser lo más justo, es lo más “útil”, es decir, lo que reportará mayor felicidad o realización, pues sabrá encontrar en las cosas lo mejor de ellas mismas, lo que tienen por ser plenamente reales, y también hará aflorar en el hombre lo mejor, la contemplación y valoración “desinteresada”. Solo cuando no se establece una radical separación entre medios y fines, entre meros objetos y sujetos puros, entre simple materia y espíritus simples…, solo entonces una vida justa y una vida feliz son una y la misma cosa.

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Parece que en toda sociedad humana, incluida una que, como la “occidental”, explota sistemáticamente y por encima de los límites de toda sostenibilidad al resto de la naturaleza, se da, junto al sentimiento de lucha y temor, también un sentimiento, estético o moral o ambas cosas, de respeto y admiración por la naturaleza en todas sus partes: por un río o una montaña, por ejemplo. ¿Cómo se justifica este sentimiento de respeto por algo que nosotros, occidentales y modernos, mayoritariamente consideramos inanimado e insensible?

Nuestra propia formulación de la pregunta ha dado ya por hecho que el valor no reside en las cosas simplemente por tener realidad. Pero esto no es más que uno de nuestros supuestos o impensados fundamentales. Las teorías del valor ético dominantes en los recientes siglos (esto es, el utilitarismo o felicitismo de la mayoría, y el kantismo, “ética del deber” o voluntarismo racionalista), no pueden, efectivamente, proporcionar una justificación para la respetabilidad auténtica o directa de la naturaleza en cualquiera de sus formas, y ello porque ambas tienen en común (aunque una más que la otra) una perspectiva doblemente subjetivista y fundamentalmente antropocéntrica. Las cosas, según la ética de la modernidad occidental, tienen valor según la medida del hombre: el valor reside principalmente en el hombre, tanto objetiva como subjetivamente, es decir, solo el hombre es propiamente valioso y solo él otorga el valor a las otras cosas.

Según Kant, solo los seres racionales (en la Tierra, los hombres) son propiamente dignos de respeto, solo estos son libres y no determinados, fines en sí y no meros medios. El resto de los seres son propiedad del hombre, y la única razón moral por la que no se les puede tratar de cualquier manera es porque con aquellos tratos que los destruyen o deterioran dañamos a los demás hombres, para quienes son medios (pero no hay propiamente ningún posible daño moral a las cosas mismas), o acaso porque, en el caso de los animales superiores, un trato “cruel” denota nuestra insensibilidad hacia el dolor (pero el dolor no es un móvil moral ni existe, propiamente, “crueldad” sobre el animal).

Según el utilitarismo, por su parte, lo que se requiere para ser digno de respeto es menos que lo que pide Kant: no hace falta ser racional autoconsciente, basta con ser capaz de sufrir. De modo que muchos animales sí entran directamente en la cuenta de cuánto mal causamos en el mundo. Sin embargo, el río o la montaña no serían ya (excepto bajo una concepción pampsiquista de la naturaleza) directa o propiamente dignos de entrar en el cálculo del valor, y solo “merecerían ser respetados” en la medida en que su deterioro o destrucción afectaría a los seres sentientes.

En la entrada anterior indicaba por qué creo que ambas concepciones, subjetivistas y subjetivo-céntricas, deben ser rechazadas:

No hay ninguna razón para aceptar que solo la racionalidad capaz de autoconsciencia es digna de respeto, mientras que el resto de las cosas y sus propiedades carecerían de valor intrínseco. Lo único que quizá da un valor no circular a la racionalidad es, precisamente, la capacidad de reconocer el valor en las cosas (incluida ella misma), y esto presupone ya la existencia anterior (lógica o trascendentalmente anterior) del valor. Según lo expresa Sócrates en La República, quienes dicen que el bien es lo mismo que el conocimiento no advierten que el conocimiento solo es bueno en la medida en que es conocimiento del bien (o valor). Lo mismo puede decirse del deseo: solo es una voluntad buena si es voluntad de lo bueno, no si es voluntad de sí misma, por muy universal o formal que sea. Solo una concepción antropocéntrica pone la reflexividad (en el conocimiento, en la voluntad…) como lo primero o absoluto. Pero, tal como el valor de verdad no es solo ni quizá principalmente el de aquellos seres que se pueden conocer a sí mismos, del mismo modo el valor estético y ético no reside solo ni principalmente en la autoconsciencia ética o estética.

La tesis kantiana implica que no podemos valorar ninguna otra cosa sino en la medida en que sea necesaria como medio para el presunto fin último del hombre, quien solo debe quererse a sí mismo; nos entiende, por tanto, esa concepción, como un completo extraño en la naturaleza. Sin embargo, el fin último del hombre, como el de cualquier otro ser, solo puede estar en el mundo, en una relación con las demás cosas que presupone en ellas un valor intrínseco por el que orientar nuestro trato para con ellas. No puede entenderse a los hombres como un “reino de espíritus” descarnados, para los cuales la materialidad sería un accidente en una existencia de segundo orden. La materialidad está esencial e inextricablemente unida a la existencia humana, y cualquier sublimación o "redención" del hombre solo puede serlo si es, a la vez, una sublimación y redención de toda la naturaleza. Sin eso, la existencia material de los hombres queda como un juego absurdo de manipulación de cosas que, en realidad, serían intrascendentes.

Además, decíamos, esta concepción “kantiana” no tiene en cuenta que la racionalidad es gradual, es decir, que ni está ausente en otros seres naturales (quizá está en todos –si toda la naturaleza debe ser vista desde el paradigma de la información o comunicación-) ni está tampoco plenamente ni en igual medida en todos los hombres.

En definitiva, la tesis absolutamente egocéntrica de que solo el hombre es propiamente digno de respeto parece una actitud injustificable (en cuanto teoría del valor) y moralmente inaceptable, puramente egoísta.

Aunque el utilitarismo, o sentimentalismo-del-mayor-número, es, en su consideración del valor y el respeto, menos antropocéntrico que la ética kantiana, comparte con esta el subjetivismo o egocentrismo trascendental, tanto en su aspecto objetivo como en el subjetivo, es decir, la creencia en que, primero, solo los seres sentientes (sujetos de pleno derecho utilitarista) tienen propiamente valor intrínseco, y, segundo, que el valor no reside en las cosas sino en el sujeto que las valora. Obviamente, según el utilitarismo todos los seres sentientes (no solo el hombre) tienen valor intrínseco u “objetivo” (aunque solo por analogía conmigo: porque el dolor es malo para mí), pero tienen valor intrínseco precisamente porque son capaces de dar valor a las cosas (que presuntamente no lo tienen antes de que aparezca un sentiente que se lo otorgue). Aunque es menos antropocéntrico que el kantismo, el utilitarismo no alcanza a un reconocimiento del valor objetivo de toda cosa natural.

También esta concepción es incapaz de explicar por qué valoramos (nos gustan, nos placen…) ciertas cosas y no otras, y, en términos universales, por qué tendríamos que sentir respeto y admiración por un río o una montaña. Su respuesta última es completamente egótica, solipsista, circular y vacua: en el fondo, esas cosas solo pueden despertarnos un sentimiento positivo, según esta concepción, en cuanto son útiles para nuestros intereses, tales como nuestra supervivencia o nuestros mismos sentimientos de felicidad: es decir, nos placen porque nos placen. Pero ¿por qué había de ser buena en sí, y solo ella, la naturaleza sentiente? ¿Por qué había de ser lo valioso principal o exclusivamente el sentimiento de placer o de ausencia de dolor? Aunque aceptemos que los sentimientos de placer o dolor son cosas intrínsecamente buenas y malas (como hicimos con la autoconsciencia), esto no nos evita la circularidad, pues el sentimiento de placer o dolor es intencional y requiere un objeto distinto a sí mismo: algo nos debe causar placer o dolor por algo, por alguna propiedad en sí no arbitrariamente valiosa. Por tanto, aunque sea un bien intrínseco el placer y un mal intrínseco el dolor, tiene que haber otras naturalezas intrínsecamente buenas o malas como objeto y causa del placer y dolor. Sin esto, el gusto queda como una entidad absolutamente arbitraria, que se concede el valor a sí misma, y, por analogía o “simpatía”, al resto, sin justificación objetiva alguna.

Si rechazamos cualquier forma de teoría subjetivista (en el doble sentido de que lo valioso es un sujeto y de que es el sujeto el que otorga el valor), tenemos que aceptar una teoría objetivista y universal de los valores: las cosas, todas las cosas, todos los seres, la naturaleza entera, en su todo y sus partes, tienen valor intrínseco, y el hombre y demás seres capaces de sensibilidad al valor, solo pueden reconocerlo. Esa capacidad de reconocimiento es también un valor, pero ni el único ni seguramente el principal (salvo que hablásemos de una consciencia total, para la cual se diluyese la distinción entre sujeto y objeto).

Una concepción realista de los valores es perfectamente posible y necesaria si rechazamos cualquier ontología reduccionista. He tratado este asunto más extensamente en otros lugares, por ejemplo aquí.

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No siempre y en todas partes los humanos han tenido o tienen una concepción semejante a la tan antropocéntrica cosmovisión occidental y moderna. Muchas culturas o épocas de culturas, tanto antiguas como supervivientes hoy, y tanto no indoeuropeas como indoeuropeas, incluyendo a aquellas en las que nace el pensamiento explícitamente filosófico, como el hinduismo y la cultura griega antigua, están lejos de creer que solo el hombre o solo el sujeto sentiente son el único tipo de ser valioso o/y dador de valor a las cosas. El hombre, antes bien, forma parte de la gran cadena del ser, dentro de la cual y solo a partir de la cual recibe él mismo su valor. Todas las cosas, antes de ser medios para el hombre, son y poseen fines en sí mismas, o, en terminología religiosa, son “sagradas”. Aunque hubo ya, en la ilustración burguesa griega, un tiempo en el que el hombre se erigió en “medida de todas las cosas”, las grandes construcciones filosóficas helénicas, desde los presocráticos hasta Aristóteles y en adelante, sostuvieron el carácter objetivo y universal (aunque graduado, desde luego) del valor.

En el alma occidental, esta concepción “griega” ha convivido o luchado siempre con una concepción, heredada del “Libro”, radicalmente opuesta, y predominante en Europa tanto antes como, más aún, tras la “secularización” moderna. Puede discutirse qué lectura de los textos bíblicos es la más acertada, pero la interpretación históricamente canónica presenta al hombre como un ser absolutamente heterogéneo e infinitamente superior en dignidad a la naturaleza (ni siquiera sería correcto decir, en este espíritu, “al resto de la naturaleza”). El hombre puede usar y manipular a los seres naturales prácticamente a su antojo, como meros instrumentos que son en su camino hacia su fin final, fin final que, en la evolución de la cultura bíblica triunfante, se convierte pronto en un fin sobrenatural, o, más aún, contranatural. El mundo natural es solo el escenario que Dios ha montado para que en él se desarrolle la tragicomedia humana, y, cuando acabe la función, se desmontará estrepitosamente toda la tramoya y nadie preguntará a los demás seres por sus intereses y sufrimientos. Solo queda alguna dificultad para imaginarse ese trasmundo que es el fin último del hombre… Por desgracia, no somos capaces de imaginárnoslo más que por analogía con... el mundo natural.

Esta cosmovisión radicalmente antropocéntrica, fundamento ideológico de la cultura occidental, se ha exacerbado, decía, desde el nacimiento de la “Edad Moderna” y, más aún, en la postmodernidad, con su distinción radical entre cultura y naturaleza, y la fanáticamente antropocéntrica tesis de que el hombre (y solo el hombre) es una pura existencia sin esencia, o “voluntad de voluntad”. La naturaleza es concebida y tratada tecno-científicamente, es decir, como un objeto, de valor nulo o neutro ¡aunque con utilidad!, y un objeto del menor nivel cualitativo pensable: un simple inerte mecánico, res extensa… Todo cuanto de vida, psique animal, etc., nos salta a la vista, es negado como epifenómeno y es “reducido” progresivamente por el espíritu científico-técnico. Este espíritu no es, por cierto, el predominante entre los propios científicos, al menos entre los más inteligentes y sensibles, que saben que esa orientación tecno-científica no accede a lo profundo y vital de la naturaleza, sino que, precisamente, lo esconde tras una falsa objetividad unidimensional. Pero sí es en buena medida (en dialéctica inevitable con su otro, al que no logra acallar completamente) el espíritu que orienta el modelo de producción y de vida en general de las sociedades occidentales modernas.

Ahora bien –cabe preguntarse-, ¿qué papel juega toda la tecno-ciencia en el fin último del hombre? Porque, efectivamente, debería resultar chocante, al menos a primera vista, que una cultura que considera que el fin del hombre es radicalmente sobrenatural, se tome tanto trabajo por manipular la naturaleza (y, de hecho, no fue así en el periodo premoderno de Europa). Los nobles fines que suelen aducirse o que circulan tácitamente, después de la secularización, para justificar el uso y dominio sistemático y masivo de la naturaleza como mero medio son, por un lado, la necesidad de defenderse de la propia naturaleza (del hambre, del frío…: la naturaleza sería muy hostil, siempre insegura), y, después, el desarrollo de la actividad propia de un ser tan inteligente como nosotros: la comunicación (tenemos que fabricar pianos y computadoras, pues son necesidad humana). Sin embargo, estas justificaciones ni agotan ni explican realmente el trato que el hombre tecno-científico inflige a la naturaleza. Ni vive el hombre en la escasez (sino que desperdicia la inmensa mayoría de lo que produce, por razones puramente ético-políticas, propias de una especie que valorase mucho la jerarquía y el estrés de la lucha intestina –es una cultura muy colonizadora y proselitista-) ni hace el hombre una obra de arte de la naturaleza. Más bien, la cultura occidental muestra una conducta de consumo compulsivo, extensivo y vacío, que deteriora cuanto toca, con pequeños episodios de sensibilización y autoinculpación. Parece una cultura enferma, concretamente bulímica (y no en el sentido que quiere encontrarle Agamben al “hambre de buey”, como seña de la condición edénica). Sin duda, el trato de la cultura occidental hacia la naturaleza es la expresión de su concepción fuertemente dualista, según la cual el hombre es algo del todo ajeno a la naturaleza, un extraño o exiliado en ella. Solo él posee un valor intrínseco, pues solo él sería semejanza del valor en sí, de Dios. Y solo él puede otorgar valor a las cosas naturales, aunque, en realidad, no puede hacerlo salvo en un ataque de infantilidad o “antropomorfismo”, pues la naturaleza debe, no salvada sino negada (este es el significado de la iconoclastia de las religiones del libro, así como del arte moderno). El hombre occidental tiene una pulsión a destruir la naturaleza. La secularización no ha supuesto el reconocimiento (moral, estético…) de esta, sino su explotación sistemática.

Esta concepción occidental y moderna, pese a su aparente dignificación del hombre, denota una esencial incapacidad para tratar con la realidad: es la actitud del eremita, que se refugia en el desierto, quizá a la espera de que algo completamente sobrenatural (una nave venida de “otro mundo”) lo rescate en volandas. Es la actitud del hombre más débil, enfermizo y, por eso, engreído, que cabe imaginar. Lo que ha reportado al mundo, si lo miramos con distancia, es, por una parte, una superinflación del hombre y consecuente infravaloración de todo lo demás; y, en segundo lugar, un gran desarrollo técnico. El desarrollo moral y estético (respecto de, por ejemplo, la ética socrática o la aristotélica o incluso la epicúrea) es mucho más dudoso…

Para desmontar y estar en condiciones de superar esa enferma cosmovisión que padecemos, debemos volver a hacernos seriamente la pregunta que señalábamos: ¿cuál es el verdadero puesto del hombre en la naturaleza? ¿Qué relación le corresponde con las cosas, una vez que comprende que todas ellas tienen un valor intrínseco por el mero hecho de ser reales, pues, según dijo Spinoza, tenemos que entender por “perfección” lo mismo que por “realidad”?

sábado, 16 de mayo de 2015

¿Por qué hay que "respetar (a) la Naturaleza"? I

¿Por qué debemos respetar la naturaleza? ¿Por qué, por ejemplo, deberíamos procurar que el río siga teniendo las cristalinas aguas que tenía antes de que llegáramos nosotros?, ¿por qué no nos es lícito destruir ni deteriorar un monte? Podemos ordenar las respuestas a este requerimiento (doy por supuesto que es, en efecto, un requerimiento) según su grado de “antropocentrismo”, y querría defender aquí, sucinta o programáticamente, una justificación lo menos antropocéntrica posible, incluso radicalmente no-antropocéntrica, según la cual las cosas, todas las cosas, deben ser respetadas por sí mismas, por su valor intrínseco, y no solo ni principalmente por el interés moral (o estético, o de cualquier otro tipo) que tengan para o susciten en nosotros o en cualquier otro sujeto racional. Nuestra valoración de las cosas debe entenderse como un reconocimiento o respuesta adecuada a lo que tiene valor independientemente, no como la fuente misma de ese valor. El valor es intrínseco, o no es. Desde luego, una tal justificación está lejos de ser aproblemática (si es que no le parece ya, a la mayoría, directamente absurda), y tiene que ser integrada en una concepción dialéctica, en la que subjetividad y objetividad, en sí y para sí, etc., se entrañan necesariamente.

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Empecemos discutiendo una justificación lo más distante imaginable de la tesis de la respetabilidad intrínseca de las cosas, y a la que podemos llamar “kantiana”. En realidad, apenas podrá considerársela una justificación de que debamos respetar a la naturaleza, sino, más bien, de que debemos respetarnos a (solo) nosotros mismos. Según una tal perspectiva, efectivamente, los únicos seres que merecen literalmente respeto son los sujetos conscientes y racionales, pues solo estos pueden comprender lo que es el respeto y ser capaces de deberes y derechos, y solo ellos tienen auténtico “interés”, el interés de la razón. ¿Qué interés puede “tener” un ser inconsciente o incapaz de comprender qué es tener intereses? Sería tan absurdo mostrar respeto por algo que no entiende lo que es una norma moral, como discutir con un árbol o echar margaritas a los cerdos. El respeto es el trato (y el sentimiento) debido a un ser racional y libre, y consiste en no tratarle nunca como mero medio, sino siempre a la vez como fin en sí, pues la libertad-racionalidad es su propio fin. Puesto que el hombre es, de hecho, el único ser así en la Tierra, solo el hombre merece nuestro respeto en el sentido estricto de la palabra. Todos los demás entes que habitan nuestro entorno son meros medios para nosotros. En términos bíblicos, solo el hombre es a imagen y semejanza de Dios, y los demás animales y seres están a su disposición.

Sin embargo, hay, según esta perspectiva “kantiana”, una razón indirecta por la que tenemos la obligación de tratar a las cosas que nos rodean de una manera que puede parecer y llamarse, impropiamente, de “respeto”: todos los (otros) seres naturales son propiedad de los hombres, de todos los hombres en principio, de modo que cuando un hombre los daña arbitrariamente, daña indirectamente a los demás hombres. Por supuesto, “dañar” a un ser irracional solo puede significar, kantianamente, mermar su posible utilidad respecto del hombre (incluido su utilidad o uso estéticos: sabemos que contemplar acantilados nos provoca sentimientos sublimes, aunque proceden de nosotros mismos, y la naturaleza no es ahí más que lo negativo, por contraposición con la cual nuestra alma se siente superior). Pese a que vemos a los animales y plantas “comportarse” como si tuvieran fines e intereses propios, esto no puede ser más que relativo a los intereses de los seres racionales, único fin final de la creación.

Esta concepción, radicalmente “antropocéntrica”, me parece del todo rechazable, al menos por tres de sus aspectos esenciales:
  • Sitúa el valor en el sujeto, y no en la realidad o en la dialéctica entre sujeto y realidad, haciendo imposible la justificación de cualquier valoración de las cosas y la del propio sujeto en último extremo,
  • Sitúa el valor, más específicamente, en la mera racionalidad formal, dejando fuera de consideración toda valoración emotiva y haciendo imposible justificar cualquier objetivo material,
  • Se basa en una concepción radicalmente dualista, no gradualista, de la subjetividad y de la racionalidad.


Discutamos sintéticamente cada uno de estos puntos.

Según esta teoría, primero, el valor reside originariamente en el Sujeto. Es, pues, un subjetivismo, aunque “trascendental” o formal (no psicológico). Esto es equivalente a decir, en el ámbito del conocimiento, que la realidad es lo que determinamos nosotros que es real, como efectivamente dice el giro copernicano kantiano. El subjetivismo ético de Kant va incluso más allá que su idealismo teorético, pues al menos en este último “uso” de la razón se postulaba la necesaria existencia de las cosas en sí (aunque, al fin y al cabo, resultaba completamente inexplicable el papel que jugaban, puesto que el Sujeto ponía tanto la forma material -espacio y tiempo- como la forma formal o lógico-gnoseológica -las categorías e incluso la unidad de la apercepción-), en tanto la voluntad, según Kant, al no necesitar que su objeto se haga realidad, se basta a sí misma y su dialéctica es solo aparente: nada es en sí bueno más que una buena voluntad. 

Pero tal como el idealismo teorético es, primero, incapaz de evitar el irrealismo y el solipsismo (es decir, que el sujeto con sus representaciones quede esencialmente desconectado de la realidad o produciendo completamente su contenido u objeto), y comete, en segundo lugar, la inconsistencia de tener que aceptar, siquiera tácitamente, que sí tenemos un acceso directo y no mediado a nuestra “subjetividad trascendental”, de manera análoga el subjetivismo ético, por racionalista que sea, es incapaz de justificar por qué atribuimos valores a las cosas y, también y sobre todo, por qué nosotros precisamente tenemos (y somos los únicos seres que tienen originariamente) valor. Es evidente que el mero hecho de que un sujeto se atribuya valor no implica que lo tenga. De hecho, el sujeto se atribuye valor bajo el supuesto axiológico de que lo tiene: se reconoce valor. Por tanto, hace falta algún criterio objetivo de valor, para que el sujeto no esté diciendo la vacuidad de que se valora a sí mismo (si es que fuese posible incluso algo tan modesto sin presuponer antes la noción objetiva de valor).

Más específicamente, y en segundo lugar, decía, según esta teoría subjetivo-trascendental del valor lo único en sí valioso es un sujeto racional, y no cualquier sujeto (suponiendo que haya y pueda haber sujetos sentientes pero no racionales). Pero esta restricción del valor carece también de justificación, y se basa en una concepción inasumible, tanto del hombre como de la naturaleza como de la relación entre ambos. Goza de una gran estima, desde luego, porque se presenta dignificando al hombre, elevándolo infinita y radicalmente por encima de toda la naturaleza, pero lo que en realidad hace es segregarlo de ella, convirtiéndolo en un extraño, habitante de un mundo que no es el suyo… porque ningún mundo podría ser el suyo, ya que es una entidad completamente vacía y abstracta. ¿Cuál es la justificación de que solo un ser racional posea valor? Exigir que, para que algo posea valor, tenga que tener autoconsciencia de ello es equivalente a exigir que, para que algo sea real, tenga que saber que lo es. La realidad y el valor de las cosas tienen que ser anteriores a su reconocimiento por parte de una de sus criaturas. Quizá la racionalidad sea, ciertamente, un gran valor, e incluso el archi-valor, si la identificamos con el Logos que todo lo hace. Pero ni la racionalidad está solo ni completamente en el hombre (sino que el Logos está en todo), ni la racionalidad es un ser egótico que se quiere y valora solo a sí mismo, sino que está en completa dialéctica con la materialidad.

Por último, la teoría que examinamos se basa en una concepción no gradualista de la subjetividad y la racionalidad. Sin embargo, esto es poco convincente. Aunque Kant cree (como Descartes y algunos otros) que ser racional es cuestión de todo o nada, en verdad puede argumentarse que no es así, ni actualmente ni siquiera potencialmente. El supuesto carácter holista de la razón (ser racional es conocer las implicaciones de lo que creemos) solo sería plenamente aplicable a un Dios: es evidente que ningún ser humano, ni la humanidad en su conjunto, está en condiciones, ni actuales ni siquiera seguramente potenciales, de comprender todas las implicaciones que tiene cualquier proposición que afirman. La razón se da por grados: unos entienden más implicaciones que otros. Somos en cierta medida racionales y en cierta medida irracionales. Por tanto, la respetabilidad debería darse también en grados. ¿Por qué no ser, entonces, incluso más restrictivos que la ética kantiana, y negar el derecho a ser respetado a todo hombre (en la medida en) que no se muestre absolutamente capaz de racionalidad? De hecho, así ocurre en cierto modo, más allá de la determinación de una igualdad formal: ni siquiera kantianamente respetamos  a Sócrates igual que a George W. Bush. Si asociamos la respetabilidad solo a la absoluta racionalidad y auténtica libertad, solo podríamos respetar a un Dios. Ahora bien, si concedemos respetabilidad a cada cosa en la medida en que poseyese alguna racional, habría que extenderla a muchos otros seres, y sería quizá imposible delimitar la frontera. Todo esto concediendo -como no hay que conceder- que el valor resida solo o esencialmente en el sujeto, y concretamente en el sujeto racional.

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La objeción modernamente más habitual contra la concepción “kantiana”, dice que es una teoría o bien innecesaria y antropocéntricamente restrictiva, o incluso que pone el foco en el lugar equivocado. Según el utilitarismo “clásico” o “sentimentalista” o “eudemonista” (dejemos a un lado el consecuencialismo en que, en su dialéctica con el deontologismo, ha ido convirtiéndose a veces el utilitarismo, porque se ha vuelto tan radicalmente abstracto que da cabida a cualquier concepción “material” del valor último, incluida una versión equivalente a lo que hemos descrito como perspectiva kantiana), nosotros valoramos intrínsecamente el placer y el sufrimiento, por lo que, si somos racionales, es decir, capaces de universalizar, tendremos que valorar igual cualquier sufrimiento, se dé en la criatura que se dé. Para que un ser merezca que respetemos su dolor no es preciso que él sea consciente de tener ese derecho y pueda reclamarlo. Basta con que nosotros sepamos que el dolor es intrínsecamente malo, para que tengamos la obligación de no infligirlo, e incluso de evitarlo en cualquier ser sentiente.

También aquí podría graduarse la respetabilidad de las cosas (y los utilitaristas son, de hecho y de derecho, más propensos a aceptar la gradualidad): no es lo mismo el dolor de un mamífero que el sufrimiento de una planta. ¿Podría justificarse, entonces, y cómo, que no debamos contaminar un río o destruir una montaña? Al sentimentalista ético se le presentan aquí dos salidas, según la metafísica que comparta:

  • Según la más convencional, existen seres incapaces de sentir dolor, que, por tanto, no merecen una consideración ética directa. Seguramente muchos animales, todas las plantas y, por supuesto, los seres “inanimados” o “inertes”, entre los que hay que situar al río y a la montaña, carecen de algo que pueda llamarse sentimientos. Para justificar por qué, con todo, habría que evitar “dañar” a estos seres, el utilitarista tendría que recurrir a un análogo del recurso kantiano: aunque los ríos y las montañas no merecen propia o directamente respeto, lo merecen indirectamente en cuanto son del interés de los seres sentientes. Si contaminamos el río, no solo nos perjudicamos a nosotros, los humanos, sino también a seres sentientes que lo habitan. 
  • La otra salida, menos ortodoxa, sería aceptar alguna versión de pampsiquismo o holopsiquismo, es decir, la tesis de que toda la naturaleza (ya sea este “todo” entendido distributiva o atributivamente) posee consciencia y sentimientos en algún grado, por infinitesimal que sea. En este caso, se puede defender que toda la naturaleza (toda como un todo, o toda y cada una de sus partes) merece respeto pues sufre. Quizá el río, o Gaia o el Alma del Mundo (y no solo los peces que habitan aquel río) sufren literalmente cuando se vierte veneno en sus cristalinas aguas.

Creo que debemos rechazar también esta concepción utilitarista-eudemonista del valor, por razones semejantes a las que teníamos para rechazar la concepción kantiana. Sin duda, tal afirmación resultará chocante: ¿hay dos cosas más diferentes y opuestas que la ética kantiana y el utilitarismo? Sí lo hay, aunque es propio del pensamiento moderno ser prácticamente incapaz de verlo. Lo que tanto el kantismo como el utilitarismo tienen en común es su perspectiva subjetivista, antropocéntrica, de lo que es el valor y de lo que debe ser respetado. Solo posee valor intrínseco algo en la medida en que es un sujeto consciente. Los seres que no pueden pensar, o al menos los que no pueden sentir, carecen de valor intrínseco. Antes, pues, de que llegara el hombre, o alguna consciencia, las cosas no tenían valor alguno. Y cuando llegaron los seres conscientes, las cosas inertes pasaron a ser meros medios para ellos. Obviamente, esta es una cara de la moneda moderna según la cual los valores no están en las cosas, sino que son puestas por nosotros. Pero ¿por qué el valor debería proceder de la subjetividad, y solo deberían gozarlo las subjetividades? ¿Qué necesidad es esta para el concepto de valor? En una versión pampsiquista u holopsiquista del utilitarismo, este “antropocentrismo” se reduce al mínimo, pero no desaparece. El “antropoformismo” que supondría el pampsiquismo (puesto que extiende, con un generoso uso de la analogía, nuestras capacidades a todas las cosas) no es la respuesta última contra el antropocentrismo.

Necesitamos un reconocimiento de la objetividad de los valores. La mayor y más profunda parte del pensamiento antiguo fue objetivista acerca de todos los valores: epistémicos, éticos, estéticos…, aunque también consciente (en mayor o menor medida) de la dialéctica del valor y la objetividad. El objetivismo (primero el estético y ético, pero al cabo explícitamente también el teorético) fue rechazado y abandonado con el pensamiento moderno, dadas ciertas características esenciales de este, que pueden resumirse en una: su antropocentrismo. No se equivocaba Kant cuando decía que la pregunta que engloba a todas, para la filosofía moderna, es la pregunta por el hombre. El hombre moderno, aunque vivió, durante el Renacimiento, un fugaz momento de lucha interna entre la opción de verse como un microcosmos o bien como algo del todo extraño al mundo, acabó optando por esta segunda concepción, radicalmente dualista, anti-analogista, en que quedaban solo dos cosas, imposibles de comunicar o confundir: el sujeto y la materia. El Sujeto se conoce a sí mismo, y es razón y autoconsciencia. Acabará imponiendo todas las condiciones a lo cognoscible y lo deseable, con Kant. Lo otro, lo que no es el Hombre, es mera materia, inerte, cuantificable, manipulable, puro medio.


Esta concepción, decía, debe ser superada radicalmente. El hombre no es ni el valor en sí ni quien dicta los valores: ni la verdad, ni la bondad ni la belleza son obra de un sujeto (que tiene que ser, para ello, completamente vacío). Al hombre le corresponde, “solo”, reconocer los valores: la realidad, la bondad, la belleza… No reconocerlos pasivamente (esto sería la abstracción contraria), sino en un diálogo o dialéctica con los demás seres. El hombre, y las subjetividades en general, están en una relación dialéctica, de interdependencia y conflicto-armonía, con el resto de cosas.