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sábado, 7 de julio de 2012

Uno para todos, todos para uno. En defensa del poliamor, I

Imaginemos una sociedad en la que, por razones que nadie o casi nadie conociera, estuviese tradicionalmente establecido, y sancionado por la ley, que cada progenitor (madre o padre) no pudiera tener más de un hijo simultáneamente. Aunque se sabría de épocas arcaicas y sociedades (de las que esa sociedad, además, se consideraría heredera en aspectos esenciales) en las que no se veía mal, sino al contrario, cuidar y educar simultáneamente a varios hijos, en nuestra sociedad imaginaria eso se vería como contranatural, por varias razones, tanto de utilidad como morales (de respeto…). Es mucho más fácil, se diría, criar a solo uno que a varios, así que los hijos múltiples sufren un agravio, comparados con los hijos únicos; además, no es posible amar simultáneamente a dos personas por igual y en el mismo aspecto, así que los hijos únicos son, caeteris paribus, más amados y cuidados que los numerosos; es inconcebible que si uno ama a su hijo pueda siquiera imaginarse amando, cuidando y besando a otro; etc.
Algunas personas de esa sociedad imaginaria tendrían, sí, hijos paralelos (porque pocos conseguirían mantenerse “puros” al respecto), pero los tendrían furtivamente. No los podrían reconocer legalmente (aunque ellos, y sus co-progenitores se lo pedirían encarecidamente), y sería muy mal visto socialmente.
Si un padre o una madre de esa sociedad anunciase a su hijo (de, pongamos, ocho, diez, doce o quince años), que iba a ser padre o madre otra vez (que estaba embarazada, por ejemplo), la reacción “natural” del hijo, alimentada continuamente por la cultura de toda su sociedad, sería la de sentirse traicionado y celoso, además de maldito para su sociedad. En vano la madre o el padre le dirían que el nuevo hijo será una compañía y amistad para él, o que su llegada no significará la menor merma de amor paterno porque “el amor no se divide, sino que se multiplica”. El hijo único (cosa que sería casi un pleonasmo en esa sociedad) replicaría que, para compañía, ya tiene amigos, y se los busca él, con los cuales no está obligado a compartir lo que no quiera; y que es imposible amar y atender a dos personas igual que a una sola.
 Sin embargo, igual que aunque tenemos por naturaleza tanto tendencias violentas como empáticas, intentamos (salvo en circunstancias adversas excepcionales) fomentar las segundas y reprimir las primeras, de manera análoga, aunque todos tenemos una cierta tendencia natural a la exclusividad y también nuestros hijos tienen a veces celos por los hermanos, y aunque conocemos los ejemplos de especies donde unas crías “eliminan” a sus hermanos (y hasta es habitual que ocurra esto en la placenta de la madre humana), etc., nosotros, sin embargo, en nuestra sociedad no monofílica, potenciamos más bien los sentimientos filiales y reprimimos los celos entre hermanos, y consideramos, en general, una bendición la familia numerosa (en hijos).

En cambio, aunque existen sociedades (con algunas de las cuales, como la hebrea antigua, buena parte de nuestra sociedad se siente espiritualmente filiada) y casos de especies animales en las que está instituida y sancionada la familia múltiple (de progenitores), y aunque la familia absolutamente monogámica conoce bastantes excepciones, no obstante en nuestra sociedad se considera muy mayoritariamente como casi monstruosa la posibilidad del Poliamor Contra ella se aducen (si es que siquiera se aviene a considerarla) tanto razones de utilidad como de respeto. ¿Qué hay de diferente en el caso del amor filial y el del amor conyugal, para que los argumentos que son blancos en el caso del hijo, sean negros en el caso de la “pareja”, y viceversa? ¿Cuáles son los argumentos para la bondad del Mono-amor?

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 Voy a precisar, primero, cómo entenderé, en esta discusión, el término Poliamor. En pocas palabras, el poliamor, tal como lo voy a usar aquí, es la pluralidad de relaciones amorosas simultáneas, conocidas, consentidas y aprobadas moralmente por los implicados.

Pero es necesario hacer las siguientes matizaciones o precisiones:

El poliamor no es, por una parte, lo mismo que la poligamia, en cuanto la poligamia es una institución que, en muchos lugares donde ha existido o existe, si no en todos, tiene poco que ver quizás con el amor, y sí más con unas relaciones familiares propias de morales arcaicas, donde, por ejemplo, las mujeres son casi propiedad del varón, o tienen una relación jurídica de pseudo-personas.
Sin embargo, en cierto sentido el poliamor, tal como lo voy a entender aquí, es una forma de “gamia” o relación conyugal, en el sentido de que pertenece a ese ámbito general de relaciones humanas orientadas al mantenimiento de un “hogar”, con hijos a los que se cría y educa, es decir, a la Familia.

La otra confrontación a la que hay que someter al poliamor es con las relaciones “puramente” sexuales. El poliamor no es un tipo de relaciones sexuales por número, ni pertenece al ámbito del “erotismo”, sino al del amor y la relación conuygal. Pero, desde luego, el poliamor no es ni puede ser asexuado. A diferencia de las relaciones de “mera” amistad, donde el sexo es un extraño (aunque no tiene por qué ser incompatible), las relaciones poliamorosas son “amorosas” en el sentido restringido en que lo son las relaciones conyugales habituales, es decir, intrínsecamente sexualizadas, lo que no significa, sino todo lo contrario, que no impliquen amistad.

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La Familia, decía, es una categoría fundamental de las relaciones humanas, consagrada como institución por todas las sociedades (que yo sepa), y que tiene como esencia la convivencia (conyugal) para la educación y cría de los hijos. Esto no quiere decir ni que toda familia tenga que tener hijos, de manera que si no los tiene se trataría de un caso frustrado (puede haber muchas circunstancias que hagan razonable que una relación conyugal no desee ni deba desear hijos) ni que la esencia de la relación conyugal sea la “procreación”, como si esta pudiera, realmente, desligarse de la mayor afinidad espiritual y amistad. El amor conyugal puede ser una de las formas más perfectas y espirituales de amor. Pero las personas que se “enamoran”, en el sentido pertinente aquí, incluso en los más sublimes de los casos, se orientan a una relación espiritual-sexual que tiene como realización natural la convivencia familiar, forma nuclear de toda sociedad.

Ahora bien, todo evoluciona y mejora, o puede y debe hacerlo. La familia puede adoptar numerosas formas. Propongo dividir esas formas en dos grandes categorías, a saber: grados (o niveles) y modos (o “modalidades”).

Con grados o niveles quiero referirme, principalmente, al nivel moral (y, político) que supone y en el que se incardina una familia. Lo que en algunas sociedades actuales, o en la nuestra en épocas pasadas, es considerado una familia moralmente normal (por ejemplo, las agresiones físicas, la subordinación de la mujer…), otros lo consideraríamos moralmente inaceptable para nuestra relación conyugal, y lo mismo pero a la inversa nos pasa a nosotros respecto de sociedades, actuales y futuras,  moralmente más evolucionadas que la nuestra.

Con modalidades entiendo las diferentes formas en que puede organizarse una familia (homo- o heterosexual, mono- o poliparental, mono- o poligámica, a perpetuidad o no…).

Por supuesto, cada sociedad tiende a considerar como la más natural la que está establecida en su lugar y momento, aunque también toda sociedad está dispuesta a reflexionar críticamente y cambiar, y, en cualquier caso, hay cosas mejores que otras. Aquí doy por supuesto que la ética tiene unfundamento natural y es objetiva y racional.

Hay dos maneras de apartarse de la familia tradicional o establecida. Una es deconstruirla. La otra, sublimarla. El deconstruccionista se encamina al “todo vale” (de manera que, ¿por qué no?, una persona podría unirse conyugalmente a su microondas), porque lo único que se requiere es el libre consentimiento de los involucrados. Como he argumentado otras veces, este concepto de libertad (muy propio del irracionalismo moderno y postmoderno) no puede apenas ser más vacuo. No lo volveré a discutir aquí.
Mi interés es, no deconstruir la familia o la relación amorosa conyugal, sino (al contrario) defender que el poliamor, es decir, la relación amoroso-conyugal múltiple, donde se entiende que el amor conyugal no tiene por qué ser exclusivo, supone una concepción más moral y espiritual, más sublime, superior en una palabra, respecto de la familia tradicional (y respecto de cualquier tipo de familia que haya existido hasta ahora).

Obviamente, esto no significa que una relación conyugal monoamorosa o monógama sea intrínsecamente menos buena que una poliamorosa. Antes bien, quizás la relación ideal sea monoamorosa (es discutible). Lo que es intrínsecamente peor, según intentaré defender, es el monogamismo obligatorio o excluyente. El poliamor no excluye, sino que subsume al mono-amor.

Dado que el poliamor, tal como lo entiendo aquí, presupone un determinado nivel moral (en que las personas son consideradas libres e iguales en derechos, y dignas de respeto, etc.), el poliamor no tiene que ser confrontado con cualquier relación pre-occidental, porque incluso la pareja conyugal monogámica de los países occidentales actuales es superior a cualquiera de esas formas, aunque solo sea por el grado o nivel moral en que se sitúan. El poliamor solo tiene que confrontarse con la pareja occidental. Ni siquiera tiene que confrontarse con la concepción que, de la relación conyugal, tiene la Iglesia católica (por ejemplo), dado que esta sigue manteniendo que la mujer está “naturalmente” subordinada al varón y es, en varios aspectos, pre-moral.

En próximas entradas revisaré críticamente los argumentos que, a favor de la monogamia han presentado los mejores pensadores (desde Tomás de Aquino, a Kant y Hegel).


domingo, 25 de marzo de 2012

¿Abuso sexual o abuso moral? De cuándo uno es libre para desear

¿Cuándo es moralmente “decente” que tenga uno experiencias o practique actividades sexuales?

“Cuando uno quiera”, se dirá (o, para precisar, cuando quieran tantos como estarían involucrados en esa práctica). Supongámoslo (supongamos que no es necesario preguntarse cosas como si hay ocasiones en que no habría que querer, aunque todos quieran, o cuántos están realmente involucrados, mediatamente). Pero ¿cuándo quiere alguien tener sexo?

La pequeña Ashley padece una encefalopatía que la mantendrá con una edad mental de unos tres meses toda su vida. A sus padres se les ocurrió, el equipo ético-médico del hospital lo aprobó (no sin advertir que tiene sus pros y contras y que algo así debería estudiarse caso por caso) y se le practicó una inhibición del crecimiento y un “vaciado” sexual. La razón principal que sus padres han aducido ha sido que, al ser más “manejable” (no pesará nunca más de unos cuarenta y cinco kilos, no tendrá pechos grandes, etc.) se la podrá tratar y cuidar mejor, y, secundariamente, que así no podrá ser objeto de “abusos sexuales”. Pero algunos bioéticos consideran que se ha atentado contra la dignidad de la niña. Yo no voy a juzgar la decisión concreta de estos padres y médicos, porque no creo tener la información suficiente. Para lo que me importa ahora: es obvio que se le ha privado de por vida de la que seguramente sería la mayor fuente de placer, e incluso quizás de sentido de su vida: el sexo.

“Pero, se dirá, ella nunca podría tener sexo consentido, nunca podría aprobar unas relaciones sexuales, así que más bien se la ha “privado” del estrés de un apetito que iba a quedar siempre insatisfecho”. Aquí es donde encuentro algo mucho más que dudoso: ¿realmente puede creerse que ella no querría sexo, y no expresaría de manera evidente su deseo (y/o voluntad) de sexo?

Claro: si, para otorgar que otro está verdaderamente queriendo o dando su consentimiento a algo, uno exige que esa persona esté en plenas facultades racionales y pueda expresarse manifiestamente, entonces esa niña no podrá dar nunca su aprobación a una relación sexual ni podrá “querer” nunca, porque, cuando sintiese apetito sexual (no solo llegada a la edad adulta, sino en cada una de las fases de la sexualidad) no sería capaz de decirse "¡oh!, ¡qué ganas tengo!", y muchos menos podría atribuirle consciente un objeto a su deseo (aunque ¿de cuántas personas se podría asegurar que hacen y deciden esas cosas muy racionalmente?).
Pero tampoco da su aprobación ni expresa su voluntad de que se la alimente, ni se la peine, ni se la vista, ni se le acaricie. Sin embargo sus padres, “lógicamente”, la alimentan, la peinan, la visten, la acarician. Es más, en cuanto a cosas como el alimento o el vestido, creen que ella, no solo daría su aprobación si fuese consciente, sino que (creen que) manifiesta ya su deseo. Si un bebé llora, entendemos que tiene alguna necesidad o deseo, hambre por ejemplo, y aceptamos que ahí está expresando su deseo y querer (todo el querer que puede a su edad), y no pensamos que al darle de comer estamos obligándole a una actividad no consentida. ¿Qué tiene de diferente el caso de la sexualidad?

“Bueno, la sexualidad, a diferencia del alimento (pero no del peinado o del acariciado) no es de necesidad vital”. Pero, además de que eso no es pertinente (porque no tenemos obligación de proporcionar a las personas solo cuanto requieran para la estricta supervivencia, sino todo aquello que haga su vida “mejor”), quizás el sexo sea la mayor fuente de placer, especialmente para una persona que, por enfermedad, no va a desarrollar su racionalidad ni siquiera para apenas reconocer sus manos.

“¿Debería, propondrá alguno, habérsele dejado con su sexualidad y esperar que ella sola se autosatisficiera?” Eso para muchos ya no sería inmoral, porque no implicaría que otra persona, sin su consentimiento, esté teniendo sexo con ella. Pero, ¿por qué, si ella se autosatisficiese, habría que pensar que lo desea, y no en cambio si fuese satisfecha por otro, como es alimentada o vestida por otro? ¿No deberían sus padres, o unos profesionales (si se considera más aséptico) procurar proporcionarle todo tipo de experiencias sexuales que, dada su edad fisiológica, sería de suponer que le resultarían muy placenteras? Imaginemos (porque aquí la imaginación, por los mismos truculentos motivos que están presentes en todo este tipo de casos, puede funcionar mejor) que fuese un varón y a partir de cierta edad sufriese erecciones habituales, que acabarían a menudo en eyaculaciones. ¿No sería deseable que hubiese personas dispuestas a satisfacer esos deseos manifiestos y proporcionarle placer? ¿Por qué habría que considerar cualquier cosa así como "abuso"., o atentado contra la dignidad de la persona? ¿No es más bien un abuso moral privarla de la sexualidad, con argumentos moralmente muy sustantivos y que no toda persona tiene por qué compartir sin convertirse por ello en indigno?

Los médicos de un sanatorio psiquiátrico (en Alemania, creo recordar), decidieron, para escándalo de algunos (o de muchos), contratar los servicios de un club de prostitución, por razones tanto terapéuticas como morales. ¿Qué ocurre en las historias personales e íntimas de tantos enfermos mentales y sus familias, en lo relativo al sexo?

Hay una gran hipocresía en la moral sexual. No en vano, la sexualidad es el foco de la propiedad, y el primer y universal casus belli, como ya recordó Horacio. Se ve como algo completamente natural que la sexualidad esté cargada de moral hasta las orejas. Y una moral muy primitiva, y muy enclaustrada en los oscuros subterráneos del origen del dominio. (Y, repito, estoy dejando a un lado si una sexualidad que no tenga ciertos ingredientes -que no se base en el amor, que no sea expresión de algo muy profundo, etc.- es moralmente inferior o no. Pero no pensamos que nadie pueda imponer su moral a otro -en una medida en que no le es impuesta a los demás, al menos-)
 
También hay una gran hipocresía con la voluntad. Muchas personas reclaman el “respeto” de una voluntad individual puramente formal, ajena a cualquier moral o “moralina”. Pero esas mismas personas, que no piden ni admiten que se pida ninguna justificación para las preferencias de uno siempre que no perjudiquen a las de otro, seguramente aprobarán lo que decidieron los padres de Ashley por el mero argumento relativo a los posibles abusos sexuales.

Una atribución semejante y un semejante despotismo se practica con los animales (y no me refiero ahora a lo relacionado con la sexualidad). Yo me cuento entre los que defienden los derechos de los animales y piensan que tienen manifiestamente voluntades e intereses, pero no entre los que piensan que cualquier relación que tengamos con ellos (como no sea mirarlos desde donde ellos no podrían advertirlo) es forzar su voluntad. ¿No aprueban los animales domésticos su vida doméstica, o muestran que desaprueban ciertos tratos? ¿Podemos distinguir si un animal está aprobando lo que le está pasando o le están haciendo? Creo que se puede distinguir en general bastante bien cuándo un animal (y una persona, incluidos los “discapacitados mentales”) aprueba lo que estamos haciendo con él, y cuándo no. Si decimos que, puesto que él no es racional (o lo es en mucho menor grado –lo que es verdad-), no está realmente aprobando la situación, lo estamos “incapacitando” para desear, y con ello estamos dando el argumento a quien diga que, hagamos con ellos lo que hagamos, no estamos haciendo nada contra su voluntad.

En el caso de un menor, se añade el despotismo del adulto, que se considera gestor moral de sus deseos, confundiendo esto con la educación. Apenas se tiene en cuenta la satisfacción de los deseos más fuertes de un menor. Es habitual que las madres que dan el pecho a sus hijos (cosa mal vista por algunas (o muchas), y cuyo periodo tienden a reducir al máximo) se lo retiren de la boca cuando perciben que el bebé ya no está alimentándose, sino solo “jugando” o chupando por placer. Es evidente que ahí se le está privando de uno de los mayores placeres, sexuales (o algo muy parecido), que uno tiene a lo largo de su vida. Los guerreros, tiburones del mercado, sacerdotes abusones y filósofos, seguramente se están forjando ya en el destete.

jueves, 23 de febrero de 2012

Comer(-)cio carnal

Tratando en clase de Educación Ético-Cívica (o sea, la vieja Ética) el asunto de la moral sexual, un alumno dijo que ciertas conductas como la zoofilia (practicada de manera más o menos socialmente admitida por ciertos grupos culturales), eran inmorales, porque degradan al hombre. Uno podría preguntarse, por ejemplo: ¿es degradante tener sexo con (otros) animales y, en cambio, no lo es comérselos? ¿Es inmoral tener comercio, pero no (perdón por el chiste malo) comer-cio carnal inter-especie?

Desde luego, hay razones para creer que la zoofilia es degradante. Si el sexo, como todos nuestros actos, tiene que estar integrado en una conducta moral en general, es decir, una conducta que implica el respeto y el trato debido, adecuado, correcto a los demás seres, es fácil ver sentidos y modos en los que claramente la zoofilia es degradante. El humano que tiene (cierto) comercio carnal con otros animales, no muestra consideración espiritual por aquello que el animal es esencialmente (un ser sentiente con intereses vitales y fines propios), y tampoco, se puede decir, lo muestra por sí mismo, porque no está vehiculando un amor y unos deseos dignos de su carácter de racional.

Y algunos intentan justificar por qué matar y comer otros animales no es degradante: puesto que son seres manifiestamente inferiores, sus proyectos vitales, si es que se puede decir siquiera que los tienen, están subordinados a los nuestros. Por la misma razón por la que la zoofilia es degradante, el sacrificio animal es lícito: son seres inferiores, y su uso adecuado permite usarlos para nuestra supervivencia, pero no como objeto de nuestro amor.

También hay claramente argumentos en contra de ambas cosas:

¿Es, en verdad, inmoral la sexualidad no directamente relacionada con el centro de la actividad moral de una persona? ¿Es inmoral liberar el placer, cuando no implica daño para nadie? ¿Es inmoral, o indigna de un ser inteligente y racional, la vivencia puramente estética o incluso hedonista? ¿No es, más bien, inmoral pretenderse atado a una estrecha concepción de las funciones “naturales” de, por ejemplo, la sexualidad (o del alimento)?

Más fácil es rechazar los argumentos a favor del consumo de cadáveres muertos por mano humana. Es absolutamente falso que los otros animales carezcan de intereses propios, o que estén ahí para el uso del hombre, o que sus vidas carezcan de sentido y de valor. Los intereses de los demás animales son reales, tan reales como puedan ser los (o muchos de los) intereses humanos. Incluso aunque sean (como me parece obvio que lo son) seres con un proyecto menos importante que el del humano, eso no vuelve menos necesario promover el mayor cumplimiento posible de sus intereses y sentido vital. Por otra parte, es inmoral que un ser racional cause daño innecesario a cualquier ser capaz de sufrir. En la medida en que los otros seres tienen una teleología, análoga a la humana, deben ser respetados como creemos que es respetable nuestra propia finalidad.

Algunos animalistas, por su parte, rechazan la zoofilia como rechazan el consumo de carne: porque no respeta la voluntad de los animales. ¿Nos ha dado permiso el animal para tener comercio carnal con él? Parece que no. Ahora bien, parecería que tampoco podría dárnoslo. Algunos llegan a proscribir prácticamente cualquier interacción con otros animales en base a este argumento. Creo que ese camino, llevado al extremo, conduce al defensor de los derechos de los animales no humanos a una situación poco deseable. ¿Podría el animal manifestarnos su voluntad de alguna manera? Si decimos que no, nos quedamos sin argumentos para rechazar cualquier trato a un animal: el animal no podría manifestarnos su voluntad de no ser comido. Sería una mera construcción nuestra.
Yo creo que esta visión es manifiestamente errada, y que los animales sí tienen formas, muy explícitas y completamente análogas a las de los humanos, de manifestar su voluntad. Los perros domésticos parecen jugar voluntariamente con sus amos, como juegan entre ellos. Igual que nosotros, muestran desagrado ante lo que no les interesa, muestran indiferencia ante lo que les resulta indiferente o neutro, y muestran agrado y entusiasmo por lo que les interesa y entusiasma. Quizás hay prácticas zoófilas que no provocan el rechazo de muchos animales, y en esa medida se puede entender que, o bien les resultan neutrales o quizás incluso les agradan. Hay zoofilia entre distintas especies, y no estoy seguro de que se pueda hablar siempre de agresión. Si aceptamos que la sexualidad es mucho más extensa de lo que cree el moralista tradicional, quizás hay erotismo en el acariciar de un gato, y en el dejarse acariciar del gato, o en muchos juegos entre especies animales diferentes.
Y tal vez, incluso visto desde las exigencias más estrictamente morales humanas, no hay nada de malo en mostrar afecto, incluso en forma manifiestamente erótica o sexual, por aquellos seres a los que se ama.

¿Es, entonces, degradante, inmoral, incorrecta, toda actividad sexual del hombre (o de otros animales) con animales de otras especies? (¿Y con otras “razas”, naciones o grupos éticos, o con otros estamentos culturales, sociales, económicos?)