La cuestión del aborto, sobre todo en la versión anti-abortista, entraña que existen las personas, y que existen (natural o materialmente) desde algún momento. Pero ¿existen las personas? Y, si es que sí, ¿cuándo empiezan?
¿Qué cosas existen? ¿existen las montañas, las plantas, los neutrinos? No me pregunto ahora por si existe algo (o todo es mera representación), sino por cómo individuamos o clasificamos las cosas en cosas, en sustancias.
Los más panteístas, como algunos materialistas, piensan que, en verdad, no existen diversas sustancias, sino una sola, la Naturaleza entera (o la energía total…), de la cual todas las normalmente consideradas sustancias no son más que modos: olas de un único mar, el agua primigenia de la que todo está hecho. Así pensaba Spinoza, por ejemplo.
Y esto bien puede ser razonable en términos absolutos, no lo voy a discutir ahora. Pero en términos algo más relativos, en los cuales la realidad se presenta como una pluralidad de cosas (o eventos), tenemos que distinguir entidades relativamente independientes, organizar la realidad en diversas sustancias, de acuerdo con criterios significativos. Porque una pluralidad indefinidamente inarticulada no es siquiera inteligible. Ni el más rudo de los contingentismos puede dejar de reconocer que, lo que nos es dado en la experiencia más primitiva, es ya un “constructor teórico”, con su articulación en sustancias, propiedades y relaciones.
(Voy a obviar aquí la discusión con el inútil relativismo, para el cual todo es arbitrario (he discutido esto en numerosas ocasiones en otros momentos, en el otro blog)
¿Cómo individuar las cosas? ¿Cuáles son criterios significativos de individuación de sustancias? He defendido otras veces que nuestros criterios ontológicos son fundamentalmente dos (que en el fondo apuntan a uno solo): identidad y actividad.
- Identificamos cosas, sustancias, entidades, de acuerdo con el criterio de la mayor unidad y orden. Todo aquello que, de alguna manera, tiene unidad (continuidad espacial, temporal, cualitativa), lo consideramos (más o menos) cosa. Y si tenemos un todo, es decir, un conjunto de cosas con cierta identidad e individualidad, consideramos más sustantivo al todo cuanto más identidad y jerarquía presenta. Una simple conjunción de iguales (como los géneros “sortales”) tiene el menor grado de sustantividad. Por debajo de eso no consideramos a algo como una sola y única entidad, sino como un conjunto contingente de diversas cosas (un batiburrillo, digamos). Un todo en que las partes estén organizadas, con una parte más central, es considerada más sustancia. Etc.
- También identificados las cosas por su capacidad de acción. Una cosa es cosa en la medida en que produce un efecto principal. Si un campo produce un efecto unitario, es una cosa. Una cosa es un foco de actividad o energeia, una entelequia.
De acuerdo con ambos criterios, una Persona es el tipo de sustancia más claro y reconocible que tenemos a mano. Podemos dudar de la verdadera existencia de los seres sin consciencia, pero no de aquel que tiene un Yo. Podemos poner en duda que una montaña sea realmente una cosa, y no una construcción nuestra; puede alguien pensar incluso (aunque me parece errado) que una planta no sea lo suficientemente unitaria y centralizada como para ser una sola entidad más bien que una sociedad muy organizada de sustancias (un todo posterior a las partes). ¿Puede dudarse de que un animal es una sustancia individual, dotado como está de consciencia (capaz de recordar, sentir, imaginar y razonar en cierta medida)? Peor la autoconciencia es, digo, el ejemplo más puro que conocemos de sustancia, tanto por estar dotada de una fuerte autoidentidad (la reflexión) como por ser un foco muy unitario de actividad. Si hay un Dios, ha de ser pura autoidentidad y pura actividad o acto.
Aquí, desde luego, hay un terreno amplio para la discusión acerca de qué es lo que constituye la identidad del sujeto, desde los que lo reducen a prácticamente nada (como Hume) o lo relativizan (Derek Parfit: “la identidad no es lo que importa”) hasta los que encuentran algo irreduciblemente identitario. Kant decía del “yo pienso” que es ese aspecto subjetivo-trascendental que acompaña necesariamente a todos mis pensamientos. Los pensamientos están indexados, son míos, y eso presupone la identidad personal.
Se puede discutir también dónde acaba una personalidad y empieza otra. Algunos filósofos hindúes piensan que solo hay un Sujeto o Atman (Schrödinger sentía una irresistible atracción por este pensamiento); otros sostienen que hay subjetividades completamente individuales: cada persona somos una hypostasis, que dicen los aristomistas.
¿Puede, por otra parte, un “único y mismo” cuerpo u organismo humano servir de soporte a diferentes personalidades, ya sea en tiempos sucesivos o incluso simultáneos?
Todas estas son cuestiones muy interesantes, que habría que intentar dilucidar. Pero ninguna de ellas ataca fundamentalmente el hecho de que, si hay que contar con las sustancias, no hay mayor sustantividad que la que supone la personalidad, especialmente la autoconciencia.
Pero ¿cuándo empieza una persona?
Hay un sentido en que es absurdo decir que una persona empieza. Las facultades mentales o aptitudes intencionales son irremediablemente irreducibles a un lenguaje natural-extensional (como aceptó el propio Quine). No hay manera de generar pensamiento a partir de naturaleza. Todo lo que podemos hacer es correlacionar un complejo mental (una mente, en una palabra) con un complejo material o natural. Esta correlación no es, como mostró Kripke, reducible a identidad (es lógicamente posible concebir una mente unida a otro cuerpo o a ninguno), y quizás (como argumentó Davidson) ni siquiera es una relación reducible a biunivocidad.
El asunto de cuándo comienza una persona, solo puede significar, en términos naturales, cuándo hay un complejo natural suficiente para implementar potencialmente conductas significativas de actividad mental. Conocemos a las otras mentes por analogía con nuestra conducta corpórea relativa a nuestra actividad mental (el lenguaje y demás actos significativos). Y podemos seguir la historia de los cuerpos humanos hasta su comienzo, todo lo que nos permita la ciencia natural.
Hay otro problema que merecería la pena discutir: si la personalidad es algo de todo o nada o es cuestión de grado. Algunos (desde Descartes a Chomsky y Davidson) piensan que el carácter holista de lo mental implica que es cuestión de todo o nada. No estoy de acuerdo. Hay personas más conscientes que otras de las implicaciones que tiene cada cosa que piensan. Ninguno (salvo Dios) tenemos consciencia de todas las implicaciones de lo que pensamos. Estamos despiertos en diversos grados. También los otros animales tienen grados de razonamiento y, por tanto, de personalidad. Quizás hay cosas como la autoconciencia que son una cuestión bastante discreta, o se tiene o no se tiene (como ser una célula que se replica o no). Parece evidente que la mayoría de los animales no tiene autoconciencia. Si uno es muy estricto con el concepto de personalidad, y le exige la autoconciencia, entonces habrá que negar que esos animales sean personas.
Pero, aunque la personalidad y la conciencia sean cuestión de grado, hay diferencias enormes, que hacen casi el papel de saltos discretos. Si se conservasen ejemplares vivos de los eslabones intermedios entre los homínidos más cercanos al homo sapiens actual y este, la cuestión de sus derechos presentaría un aspecto igualmente gradual. Afectaría, por ejemplo, a su derecho a la educación (serían capaces de aprender mucho más que un chimpancé)
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viernes, 23 de marzo de 2012
jueves, 22 de marzo de 2012
Algunas consideraciones sobre el aborto, IV. Humano y Persona
Pero, siguiendo con lo anterior, ¿y si hay que distinguir Persona de Humano?
Por supuesto, todo el mundo sabe que Humano es un concepto biológico, mientras que Persona es un concepto psicológico. Es humano quien es mamífero con tales y cuales medidas. Es persona quien tiene tales o cuales capacidades o facultades mentales, aunque su cuerpo sea de silicio, de chocolate o incluso (si es que puede haber mentes descarnadas) inexistente, aunque en este último caso no correría tanto riesgo de ser abortado. Parecería, pues, que los seres humanos pueden o no implementar personalidad. Pero ¿cómo y cuándo podría separarse una cosa de otra? ¿Cuándo hay un ser humano que no es persona?
Quizás el caso más propicio sería el de un humano con un retraso mental suficiente e “irreversible”. Solo “razones” como el especismo o nuestros sentimientos empáticos, dicen algunos, nos lleva a proteger a estos seres como si fuesen personas, cuando no son más que humanos.
Creo que esto es un error. Un deficiente mental profundo es un humano enfermo y una persona incapacitada. El concepto de enfermedad es completamente significativo si lo es el de especie (no solo en sentido biológico). Un deficiente mental es un deficiente, porque lo natural hubiera sido que tuviese facultades “normales” (lo que no significa que las anormalidades no tengan también causas naturales, extrínsecas a la (norma de la) especie).
Además, nunca se puede decir con total certeza que una deficiencia es irreversible. Por tanto, un deficiente mental es un humano y una persona, enfermo y discapacitado, no un caso de humano pero no persona.
Mucho menos aceptable todavía, desde luego, es que un humano dormido, o transitoriamente inconsciente, no es una persona. Una persona, como cualquier otra cosa, es algo irreducible a un aquí y un ahora, algo “virtual”, que está en situación latente o potencial en la mayor parte de sus aspectos la mayor parte del tiempo. Por lo mismo, un embrión humano es un humano y una persona en estado latente.
¿Se puede, entonces, separar realmente Humano de Persona? Se pueden separar: si hay extraterrestres inteligentes, o ángeles dotados de algún cuerpo sutil, o máquinas capaces de reflexionar y de decidir, hay personas, individuales, no humanas. Y si hubiera una especie o raza o grupo de humanos que, teniendo las mismas características naturales que los demás humanos, no desarrollasen nunca (o prácticamente nunca) la capacidad de pensar y decidir racionalmente, se podría hablar de humanos sin personalidad (salvo por “accidente” o, más bien, “milagro”), como hay humanos blancos o varones. Pero mientras sea más razonable explicar la incapacidad de un individuo como efecto de causas extraordinarias y lesivas para el desarrollo normal de su especie, habrá que hablar de humanos enfermos y personas discapacitadas, y esto las hace sujeto de todos los derechos inherentes a las personas.
El humano es una de las maneras en que se puede materializar la personalidad en este mundo, como los relojes de cuerda son una de las maneras en que se puede materializar la medida del tiempo. Otras formas son los relojes químicos, por ejemplo. Un reloj es reloj también cuando no está funcionando pero puede funcionar, y solo deja de ser reloj cuando se rompe irreversiblemente. Una diferencia, a menudo confundente, entre los relojes o metáforas similares y un humano o algún otro ser vivo es que, mientras que los primeros son siempre igual (son entidades en sí estáticas) los seres vivos se desarrollan a lo largo de un tiempo (son entidades intrínseca y holísticamente dinámicas). Pero eso no les resta un ápice de identidad, solo la hace más profunda e interesante.
Por supuesto, todo el mundo sabe que Humano es un concepto biológico, mientras que Persona es un concepto psicológico. Es humano quien es mamífero con tales y cuales medidas. Es persona quien tiene tales o cuales capacidades o facultades mentales, aunque su cuerpo sea de silicio, de chocolate o incluso (si es que puede haber mentes descarnadas) inexistente, aunque en este último caso no correría tanto riesgo de ser abortado. Parecería, pues, que los seres humanos pueden o no implementar personalidad. Pero ¿cómo y cuándo podría separarse una cosa de otra? ¿Cuándo hay un ser humano que no es persona?
Quizás el caso más propicio sería el de un humano con un retraso mental suficiente e “irreversible”. Solo “razones” como el especismo o nuestros sentimientos empáticos, dicen algunos, nos lleva a proteger a estos seres como si fuesen personas, cuando no son más que humanos.
Creo que esto es un error. Un deficiente mental profundo es un humano enfermo y una persona incapacitada. El concepto de enfermedad es completamente significativo si lo es el de especie (no solo en sentido biológico). Un deficiente mental es un deficiente, porque lo natural hubiera sido que tuviese facultades “normales” (lo que no significa que las anormalidades no tengan también causas naturales, extrínsecas a la (norma de la) especie).
Además, nunca se puede decir con total certeza que una deficiencia es irreversible. Por tanto, un deficiente mental es un humano y una persona, enfermo y discapacitado, no un caso de humano pero no persona.
Mucho menos aceptable todavía, desde luego, es que un humano dormido, o transitoriamente inconsciente, no es una persona. Una persona, como cualquier otra cosa, es algo irreducible a un aquí y un ahora, algo “virtual”, que está en situación latente o potencial en la mayor parte de sus aspectos la mayor parte del tiempo. Por lo mismo, un embrión humano es un humano y una persona en estado latente.
¿Se puede, entonces, separar realmente Humano de Persona? Se pueden separar: si hay extraterrestres inteligentes, o ángeles dotados de algún cuerpo sutil, o máquinas capaces de reflexionar y de decidir, hay personas, individuales, no humanas. Y si hubiera una especie o raza o grupo de humanos que, teniendo las mismas características naturales que los demás humanos, no desarrollasen nunca (o prácticamente nunca) la capacidad de pensar y decidir racionalmente, se podría hablar de humanos sin personalidad (salvo por “accidente” o, más bien, “milagro”), como hay humanos blancos o varones. Pero mientras sea más razonable explicar la incapacidad de un individuo como efecto de causas extraordinarias y lesivas para el desarrollo normal de su especie, habrá que hablar de humanos enfermos y personas discapacitadas, y esto las hace sujeto de todos los derechos inherentes a las personas.
El humano es una de las maneras en que se puede materializar la personalidad en este mundo, como los relojes de cuerda son una de las maneras en que se puede materializar la medida del tiempo. Otras formas son los relojes químicos, por ejemplo. Un reloj es reloj también cuando no está funcionando pero puede funcionar, y solo deja de ser reloj cuando se rompe irreversiblemente. Una diferencia, a menudo confundente, entre los relojes o metáforas similares y un humano o algún otro ser vivo es que, mientras que los primeros son siempre igual (son entidades en sí estáticas) los seres vivos se desarrollan a lo largo de un tiempo (son entidades intrínseca y holísticamente dinámicas). Pero eso no les resta un ápice de identidad, solo la hace más profunda e interesante.
martes, 20 de marzo de 2012
Algunas consideraciones sobre el aborto, III. Los principales argumentos
El principal argumento en contra del aborto es, desde luego, la posibilidad de que consista en matar a un ser humano.
El principal argumento a favor del aborto es que una persona no tiene la obligación moral de prestar su cuerpo para que otra sobreviva.
Me parece obvio que el segundo es, en sí, moralmente más débil que el primero, mientras que el primero es más débil en cuanto al “hecho” que presume: que un embrión humano, o un feto humano, sean personas.
El lema “nosotras parimos, nosotras decidimos” es, en sí mismo, prácticamente tan repugnante como podía serlo el antiguo derecho paterno a matar a sus hijos. Creo que si hubiese algún argumento poderoso para sostener que un embrión o un feto humano son persona, se acabaría la discusión, porque pocas personas pensarían que tienen derecho a privar del auxilio de su cuerpo a otra persona, mientras esa sea la única manera de que esa otra persona sobreviva (dejando a un lado que se trata de su hijo, lo que podría conllevar una responsabilidad moral añadida). ¿Podría moralmente alguien negarse a vincularse fuertemente (físicamente) con alguien durante unos meses, sabiendo que, de hacerlo, ese otro morirá irremediablemente? ¿De acuerdo con qué teoría ética seria (es decir, que no sirva para justificar cualquier cosa) eso sería correcto? Me parece obvio que la inmensa mayoría de los defensores del aborto quieren dar por hecho que no se trata de una persona. Pero esto es algo que, en general, saben que no se puede dar por hecho.
¿Son personas los embriones y fetos humanos? ¿Cuándo algo es, material o físicamente, una persona? Es un asunto muy complicado, y un caso muy especial de un problema más general: ¿cuándo tenemos un ejemplar de algo? ¿Cuándo algo es un geranio, un armario, un humano, una persona?
Hay un aspecto del asunto que es filosófico o metafísico y otro que es científico (como en ocurre, por lo demás, en todo ámbito de cosas). El momento filosófico o metafísico tiene que definir a priori, entre otras cosas, Persona. El aspecto científico tiene que identificar si esos rasgos se dan en el embrión y/o en el feto, y en qué momento.
Nadie creerá que puede tomarse en consideración solo el estado actual de cierta entidad para evaluar su naturaleza. En todos los casos se tiene en cuenta sus virtualidades. Si uno deseaba vivamente tener un geranio y le venden o regalan una semilla de geranio y la arena adecuada, seguramente las protegerá como protegería al geranio, y en cierto modo creerá que ya tiene un geranio, aunque aún no pueda disfrutar de su vista y su olor. Si uno deseaba tener un mueble librería y acaba de recibir una caja de cartón que contiene todo lo necesario para montar una librería, seguramente hablará, con razón, como si ya tuviese la librería, aunque aún no pueda colocar en ella los libros. De manera semejante, parece que alguien ya tiene un hijo cuando el test de embarazo sale positivo o cuando la primera ecografía muestra el latido de lo que, de manera “natural” (es decir, según las pautas habituales en la naturaleza), llegará a hacer todo lo que hace normalmente una persona humana. (Es curioso comparar la información e interpretación de la información que, acerca del embrión en sus primeros momentos, ofrecen una clínica de fertilidad y una clínica abortiva).
Podría pensarse que, si no se hubiese planteado el tema del aborto, nadie habría puesto seriamente en duda que una persona humana empieza su existencia en el momento de la concepción (sin embargo, ni el propio Tomás de Aquino ni su Aristóteles situaban el comienzo de la persona humana en el momento de la concepción, sino varias semanas después -también es verdad que no tenían microscopios-).
Si no se hubiesen mezclado justo el óvulo y el espermatozoide que se mezclaron, no habría existido yo, sino otro, muy parecido: no habría existido la base sobre la que se ha ido montando todo este sujeto. Está por ver cuántas cosas están ya ahí determinadas o muy condicionadas y cuantas estaban aún completamente abiertas a ser (co)escritas por el entorno, pero está claro que desde ese momento hay una individualidad, en su primer momento de desarrollo o desenvolvimiento, y una individualidad humana...
Pero ¿y si hay que distinguir Persona de Humano? ¿Y si no existen las especies, sino solo individuos, o, mejor, momentos de individuos? ¿Y si las Personas no son entidades siquiera? Dejo estas cuestiones para otra ocasión.
El principal argumento a favor del aborto es que una persona no tiene la obligación moral de prestar su cuerpo para que otra sobreviva.
Me parece obvio que el segundo es, en sí, moralmente más débil que el primero, mientras que el primero es más débil en cuanto al “hecho” que presume: que un embrión humano, o un feto humano, sean personas.
El lema “nosotras parimos, nosotras decidimos” es, en sí mismo, prácticamente tan repugnante como podía serlo el antiguo derecho paterno a matar a sus hijos. Creo que si hubiese algún argumento poderoso para sostener que un embrión o un feto humano son persona, se acabaría la discusión, porque pocas personas pensarían que tienen derecho a privar del auxilio de su cuerpo a otra persona, mientras esa sea la única manera de que esa otra persona sobreviva (dejando a un lado que se trata de su hijo, lo que podría conllevar una responsabilidad moral añadida). ¿Podría moralmente alguien negarse a vincularse fuertemente (físicamente) con alguien durante unos meses, sabiendo que, de hacerlo, ese otro morirá irremediablemente? ¿De acuerdo con qué teoría ética seria (es decir, que no sirva para justificar cualquier cosa) eso sería correcto? Me parece obvio que la inmensa mayoría de los defensores del aborto quieren dar por hecho que no se trata de una persona. Pero esto es algo que, en general, saben que no se puede dar por hecho.
¿Son personas los embriones y fetos humanos? ¿Cuándo algo es, material o físicamente, una persona? Es un asunto muy complicado, y un caso muy especial de un problema más general: ¿cuándo tenemos un ejemplar de algo? ¿Cuándo algo es un geranio, un armario, un humano, una persona?
Hay un aspecto del asunto que es filosófico o metafísico y otro que es científico (como en ocurre, por lo demás, en todo ámbito de cosas). El momento filosófico o metafísico tiene que definir a priori, entre otras cosas, Persona. El aspecto científico tiene que identificar si esos rasgos se dan en el embrión y/o en el feto, y en qué momento.
Nadie creerá que puede tomarse en consideración solo el estado actual de cierta entidad para evaluar su naturaleza. En todos los casos se tiene en cuenta sus virtualidades. Si uno deseaba vivamente tener un geranio y le venden o regalan una semilla de geranio y la arena adecuada, seguramente las protegerá como protegería al geranio, y en cierto modo creerá que ya tiene un geranio, aunque aún no pueda disfrutar de su vista y su olor. Si uno deseaba tener un mueble librería y acaba de recibir una caja de cartón que contiene todo lo necesario para montar una librería, seguramente hablará, con razón, como si ya tuviese la librería, aunque aún no pueda colocar en ella los libros. De manera semejante, parece que alguien ya tiene un hijo cuando el test de embarazo sale positivo o cuando la primera ecografía muestra el latido de lo que, de manera “natural” (es decir, según las pautas habituales en la naturaleza), llegará a hacer todo lo que hace normalmente una persona humana. (Es curioso comparar la información e interpretación de la información que, acerca del embrión en sus primeros momentos, ofrecen una clínica de fertilidad y una clínica abortiva).
Podría pensarse que, si no se hubiese planteado el tema del aborto, nadie habría puesto seriamente en duda que una persona humana empieza su existencia en el momento de la concepción (sin embargo, ni el propio Tomás de Aquino ni su Aristóteles situaban el comienzo de la persona humana en el momento de la concepción, sino varias semanas después -también es verdad que no tenían microscopios-).
Si no se hubiesen mezclado justo el óvulo y el espermatozoide que se mezclaron, no habría existido yo, sino otro, muy parecido: no habría existido la base sobre la que se ha ido montando todo este sujeto. Está por ver cuántas cosas están ya ahí determinadas o muy condicionadas y cuantas estaban aún completamente abiertas a ser (co)escritas por el entorno, pero está claro que desde ese momento hay una individualidad, en su primer momento de desarrollo o desenvolvimiento, y una individualidad humana...
Pero ¿y si hay que distinguir Persona de Humano? ¿Y si no existen las especies, sino solo individuos, o, mejor, momentos de individuos? ¿Y si las Personas no son entidades siquiera? Dejo estas cuestiones para otra ocasión.
martes, 13 de marzo de 2012
Algunas consideraciones sobre el aborto, II. Aborto e Izquierda
Una de las paradojas o, me atrevo a decir, absurdos que genera los avatares de la política en la historia es que la “izquierda” se haya sentido naturalmente impelida a defender el aborto, y sean los liberal-conservadores-religiosos (o sea, prácticamente todos los liberales realmente existentes, por muy al norte que te vayas) los que defienden el derecho de los no-nacidos.
Está claro que al principio fue parte de la estrategia de reivindicación y lucha por la igualdad de derechos y emancipación de la mujer (o, según otro discurso, de su liberación). En esto podían estar teóricamente de acuerdo todos los lugares del espectro político moderno, puesto que es algo implícito en la noción formal de ciudadano (y aquí queda por conseguir la igualdad de derechos o emancipación política de los menores).
Pero me parece evidente que ni la igualdad o liberación de la mujer está esencialmente unida al aborto, ni el asunto moral del aborto puede depender de los derechos de una parte de la sociedad.
El asunto se ha contaminado por el hecho de que las Iglesias del mundo entero se han puesto modernamente del lado anti-abortista, no porque se hayan puesto del lado de "la defensa del derecho a la vida", como capciosamente dicen a veces, sino, realmente, por la idea de la sacralidad de la vida, (mal)entendida como la no potestad natural del hombre sobre su propia vida. Esto es discutible, desde luego, pero, solo lo es en términos racionales. Una Iglesia no es una instancia moral, porque, una de dos: o está sujeta a evaluación racional, y entonces no es Iglesia, o no lo está (sino que cuenta con cierta fuente inescrutable de valores), y entonces no es moral. El rechazo del clericalismo, lleva a algunos y a muchos a sentirse obligados a rechazar todo lo que los clérigos de su época consideren “que va a misa”.
¿Cuánto de lógico es que la izquierda sea, en la política contemporánea, la principal defensora de la legalidad del aborto? Desde luego, es muy discutible qué hay que entender por derecha e izquierda, e incluso es discutibles para algunos que haya que conservar esa clasificación. Pero, mientras conocemos una mejor, creo que sigue siendo válido identificar a la izquierda como esa de las dos grandes opciones políticas modernas que piensa que
-la sociedad tiene la obligación de proteger y amparar lo más posible a cada ciudadano, rigiéndose más por el “de cada uno según sus posibilidades y a cada uno según sus necesidades” que por “a cada uno según sus méritos”
-los derechos individuales, especialmente el de propiedad, están siempre sujetos a que se satisfaga la prioridad de unos niveles de bienestar lo más profundos y sustantivos posible de todos y cada uno de los ciudadanos
-y, en fin, la idea “republicana” de que para ser ciudadano no basta con disponer de una libertad meramente formal, si se carece de cosas como educación y bienes materiales suficientes como para ejercer una verdadera libertad.
Si algo como esto define y debe definir a la “izquierda” (mucho más que el elemento “progresista”, que también, por supuesto, debe figurar en el programa de cualquier partido de izquierdas, al menos en la medida en que es imprescindible abolir un viejo régimen de dominación de una élite), frente al liberalismo o “derecha”, para la cual, paralelamente, el motivo principal será la defensa de la libre competencia y del derecho individual a llegar lo más lejos posible, sin tener que hacerse cargo de las vidas de los vagos (siendo el motivo “conservador” un añadido con el que lidiar mejor o peor), creo que la izquierda está frontalmente equivocada al considerarse la defensora natural de la despenalización del aborto.
Lo más importante debería ser determinar si los embriones y los fetos deben ser considerados personas. Pero esto es, precisamente, lo que apenas se discute en la izquierda (con mala conciencia para muchos, hay que decirlo). Y con buenas razones se rehuye, porque, si se admitiese esa discusión, se correría el grave riesgo de tener que aceptar que quizás (al menos quizás) sean personas. Y entonces, el argumento de “nosotras parimos nosotras decidimos” sería demasiado parecido al lema ultraliberal: no tengo por qué costear las necesidades del que no sabe costeárselas solo. La manera en que los defensores más firmes del aborto (como ciertos grupos feministas) enfrentan el asunto, desestimando incluso la discusión de si se trata de una persona o no (no digamos ya del derecho del varón en el asunto) son indistinguibles de la manera en que algunos dicen que no hay ninguna obligación moral a la solidaridad con los desfavorecidos o los dependientes.
Está claro que al principio fue parte de la estrategia de reivindicación y lucha por la igualdad de derechos y emancipación de la mujer (o, según otro discurso, de su liberación). En esto podían estar teóricamente de acuerdo todos los lugares del espectro político moderno, puesto que es algo implícito en la noción formal de ciudadano (y aquí queda por conseguir la igualdad de derechos o emancipación política de los menores).
Pero me parece evidente que ni la igualdad o liberación de la mujer está esencialmente unida al aborto, ni el asunto moral del aborto puede depender de los derechos de una parte de la sociedad.
El asunto se ha contaminado por el hecho de que las Iglesias del mundo entero se han puesto modernamente del lado anti-abortista, no porque se hayan puesto del lado de "la defensa del derecho a la vida", como capciosamente dicen a veces, sino, realmente, por la idea de la sacralidad de la vida, (mal)entendida como la no potestad natural del hombre sobre su propia vida. Esto es discutible, desde luego, pero, solo lo es en términos racionales. Una Iglesia no es una instancia moral, porque, una de dos: o está sujeta a evaluación racional, y entonces no es Iglesia, o no lo está (sino que cuenta con cierta fuente inescrutable de valores), y entonces no es moral. El rechazo del clericalismo, lleva a algunos y a muchos a sentirse obligados a rechazar todo lo que los clérigos de su época consideren “que va a misa”.
¿Cuánto de lógico es que la izquierda sea, en la política contemporánea, la principal defensora de la legalidad del aborto? Desde luego, es muy discutible qué hay que entender por derecha e izquierda, e incluso es discutibles para algunos que haya que conservar esa clasificación. Pero, mientras conocemos una mejor, creo que sigue siendo válido identificar a la izquierda como esa de las dos grandes opciones políticas modernas que piensa que
-la sociedad tiene la obligación de proteger y amparar lo más posible a cada ciudadano, rigiéndose más por el “de cada uno según sus posibilidades y a cada uno según sus necesidades” que por “a cada uno según sus méritos”
-los derechos individuales, especialmente el de propiedad, están siempre sujetos a que se satisfaga la prioridad de unos niveles de bienestar lo más profundos y sustantivos posible de todos y cada uno de los ciudadanos
-y, en fin, la idea “republicana” de que para ser ciudadano no basta con disponer de una libertad meramente formal, si se carece de cosas como educación y bienes materiales suficientes como para ejercer una verdadera libertad.
Si algo como esto define y debe definir a la “izquierda” (mucho más que el elemento “progresista”, que también, por supuesto, debe figurar en el programa de cualquier partido de izquierdas, al menos en la medida en que es imprescindible abolir un viejo régimen de dominación de una élite), frente al liberalismo o “derecha”, para la cual, paralelamente, el motivo principal será la defensa de la libre competencia y del derecho individual a llegar lo más lejos posible, sin tener que hacerse cargo de las vidas de los vagos (siendo el motivo “conservador” un añadido con el que lidiar mejor o peor), creo que la izquierda está frontalmente equivocada al considerarse la defensora natural de la despenalización del aborto.
Lo más importante debería ser determinar si los embriones y los fetos deben ser considerados personas. Pero esto es, precisamente, lo que apenas se discute en la izquierda (con mala conciencia para muchos, hay que decirlo). Y con buenas razones se rehuye, porque, si se admitiese esa discusión, se correría el grave riesgo de tener que aceptar que quizás (al menos quizás) sean personas. Y entonces, el argumento de “nosotras parimos nosotras decidimos” sería demasiado parecido al lema ultraliberal: no tengo por qué costear las necesidades del que no sabe costeárselas solo. La manera en que los defensores más firmes del aborto (como ciertos grupos feministas) enfrentan el asunto, desestimando incluso la discusión de si se trata de una persona o no (no digamos ya del derecho del varón en el asunto) son indistinguibles de la manera en que algunos dicen que no hay ninguna obligación moral a la solidaridad con los desfavorecidos o los dependientes.
Y, desde luego, no tienen nada que ver con la emancipación de la mujer respecto del varón o respecto del orden social patriarcal (sí tenía que ver, coyunturalmente, hace un siglo, y hoy en día en otros lugares del mundo), como no tiene nada que ver con la emancipación de los dueños de capitales el que reclamen no estar obligados a pagar impuestos en el país.
En verdad, debería ser el liberalismo, y un liberalismo muy pero que muy radical, el que fuese directamente partidario del aborto, dejando en segundo lugar si se trata de una persona o no: sencillamente nadie tiene por qué cargar con nadie. Pero un pensamiento mínimamente solidario , como el que debería atribuirse la izquierda a sí misma (o que simplemente piense que el derecho a la vida es uno tan básico que hasta el más mínimo de los Estados debería proteger, para que se pueda hablar de Estado de Derecho) debería estar interesado, antes que nada, en saber qué posibles personas carecen quizás de protección de sus derechos (quizás porque son tan insignificantes políticamente que no tienen voz ni voto), y rehuir decididamente la falacia de que la gestación, al suponer una dependencia muy fuerte durante un periodo de su vida de un individuo respecto de otro, supone un intolerable ataque a la libertad de la madre. Al contrario, debería luchar por que la sociedad tenga que hacerse cargo de todo lo oneroso de ese peso. Pero, en ningún caso, defender que, al menos mientras la sociedad no protege a la madre cuanto debe, se admita el aborto.
Y esto significaría que cualquier persona de izquierdas debería anteponer, en la cuestión del aborto, la cuestión verdaderamente primera: ¿es el embrión o el feto humano, una persona? ¿Cuándo empieza uno a ser persona y a ser, por tanto, sujeto pleno de derechos?
viernes, 9 de marzo de 2012
Algunas consideraciones sobre el aborto, I. Adolescentes y derechos
Habrá una nueva ley de regulación del aborto. Los políticos y tertulianos (con sus obscenos recursos “argumentativos”) tienen una nueva ocasión de airear sus tópicos al respecto en los tenderetes de la democracia. Como entre ellos, uno más, muy humilde, es un blog personal, yo también quiero airear mis manías sobre el tema. Empiezo por lo más pequeño.
El aspecto que menos se va a debatir estos días o meses es, desde luego, el hecho de que con toda seguridad desaparecerá de la nueva ley el punto que permitía a una joven de dieciséis años abortar sin necesidad de informar a sus padres o tutores, cosa que escandalizaba incluso a muchos votantes “socialistas”. ¿Cómo puede ser esto? ¿Puede la ley, legítimamente, obligar a una persona, no ya de dieciséis años, sino de catorce, doce o cero años, a informar a sus padres de que está embarazada? ¿Cuál es la justificación? ¿Podría, acaso, un padre o madre estar en potestad moral de obligar a una menor a tener un hijo, o a abortarlo? A mi juicio, esto no es más que un ejemplo clarísimo de dominación de los adultos sobre los menores. Puesto que estos últimos (todavía nadie sabe bien por qué) no pueden votar ni ejercer cargos políticos, no están representados directamente por las instituciones políticas ni por sus ocupantes, es decir, simplemente no están representados, como antaño no lo estaban las mujeres, cuando su representación estaba mediada por el varón (y como se dice a menudo que los parados no están representados por los sindicatos). Es evidente que los adultos, con esa inconsciencia además que acompaña a lo incuestionado, legislan según sus intereses de adultos, y es su interés (creen ellos) mantener el dominio sobre los menores. Mientras tanto, ningún adulto estará obligado a confesar a sus hijos que ha abortado, o que ha “cometido adulterio”.
Los y las menores pueden consolarse, no obstante, con ese consuelo que tienen siempre a mano los dominados (y es que siempre hay alguien peor que tú, porque la inferioridad es, como la materia misma, de la que es hija, infinita o al menos indefinidamente divisible): los no nacidos tienen aún menos protegidos sus derechos. No es solo que no tengan ni voz ni voto, es que tampoco tienen "ni voz ni voto".
El aspecto que menos se va a debatir estos días o meses es, desde luego, el hecho de que con toda seguridad desaparecerá de la nueva ley el punto que permitía a una joven de dieciséis años abortar sin necesidad de informar a sus padres o tutores, cosa que escandalizaba incluso a muchos votantes “socialistas”. ¿Cómo puede ser esto? ¿Puede la ley, legítimamente, obligar a una persona, no ya de dieciséis años, sino de catorce, doce o cero años, a informar a sus padres de que está embarazada? ¿Cuál es la justificación? ¿Podría, acaso, un padre o madre estar en potestad moral de obligar a una menor a tener un hijo, o a abortarlo? A mi juicio, esto no es más que un ejemplo clarísimo de dominación de los adultos sobre los menores. Puesto que estos últimos (todavía nadie sabe bien por qué) no pueden votar ni ejercer cargos políticos, no están representados directamente por las instituciones políticas ni por sus ocupantes, es decir, simplemente no están representados, como antaño no lo estaban las mujeres, cuando su representación estaba mediada por el varón (y como se dice a menudo que los parados no están representados por los sindicatos). Es evidente que los adultos, con esa inconsciencia además que acompaña a lo incuestionado, legislan según sus intereses de adultos, y es su interés (creen ellos) mantener el dominio sobre los menores. Mientras tanto, ningún adulto estará obligado a confesar a sus hijos que ha abortado, o que ha “cometido adulterio”.
Los y las menores pueden consolarse, no obstante, con ese consuelo que tienen siempre a mano los dominados (y es que siempre hay alguien peor que tú, porque la inferioridad es, como la materia misma, de la que es hija, infinita o al menos indefinidamente divisible): los no nacidos tienen aún menos protegidos sus derechos. No es solo que no tengan ni voz ni voto, es que tampoco tienen "ni voz ni voto".
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