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miércoles, 13 de marzo de 2013

¿Está justificada la escolarización obligatoria?


Interrumpí mi educación para venir a la escuela (Graffiti)

En España, desde la última ley de Educación (del partido socialista), aún vigente, quedó establecida de manera no ambigua la obligatoriedad de la escolarización para todas las personas entre los seis y los dieciséis años. La educación no-reglada, tales como la educación “en casa” (homescooling) es ilegal aquí (no en otros países: por ejemplo, Francia, Irlanda, Suiza, Reino Unido, Estados Unidos, Canadá, Australia, Taiwan, Chile o Japón). También la mayoría de las iniciativas de escuela “alternativa” están fuera de la legalidad, sea por motivos burocrático-económicos o curriculares. Algunas familias españolas se saltan la ley y educan fuera de las escuelas reconocidas, sean públicas o privadas. ¿Está justificada la obligatoriedad de la escolarización? O incluso, más en general, ¿está justificada la obligatoriedad de cualquier tipo de educación contra la voluntad del individuo que va a ser educado? Sería de esperar (aunque mucha gente no cae en esto habitualmente) que toda medida obligante que el Estado impone a un individuo, cualquier restricción de la libertad o del deseo de uno, tenga una poderosa justificación.

La escolarización obligatoria, como sabemos, fue un gran avance social. Desde luego, lo es respecto de la privación obligatoria de acceso a la educación (aunque ¿la obligatoriedad no es, en el mejor de los casos, un mal necesario, no algo intrínsecamente deseable?). Antes, en España, no podías elegir estudiar. Ahora no puedes elegir no hacerlo, y de la manera en que se te impone. La escolarización masiva y obligatoria ha conducido a la alfabetización y “ciudadanización” casi universal, allí donde se ha cumplido. Sin embargo, hay detractores de la Escuela y su obligatoriedad, que creen que, consciente o inconscientemente, es el órgano de manufactura de ciudadanos obedientes y acríticos y trabajadores eficaces y controlables, mediante métodos mecánicos y competitivos, que no respetan el deseo y los sentimientos del educando. Quienes asisten a la Escuela, en su inmensa mayoría, no tienen una buena opinión de ella: la perciben como bastante inútil, aburrida y estresante. ¿Quizás es que la naturaleza humana necesita ser forzada para que aprenda? No está claro. Lo que sí parece claro es que está por demostrar que la Escuela puede ser ese lugar de crecimiento racional, libre y feliz, que se figura a veces en los trípticos publicitarios de los colegios e institutos (sobre todo de los que intentan captar clientes). ¿Cómo justificar, en esta situación, la obligatoriedad de escolarización?

Puede apelarse tanto a un argumentario utilitarista como a uno más “deontológico”. No es conveniente -dice el primero- que nuestros conciudadanos sean salvajes que no sepan siquiera hablar. Y, cuanto mejor estemos educados todos, mejor nos irá a la mayoría. Más aún -dice el segundo tipo de argumentos, más “republicano”-, es necesario garantizar el derecho de todos a ser verdaderamente libres y realizarse plenamente como personas, aunque uno no quiera o no sepa que lo quiere. Un ignaro no es libre, por más que él crea que hace lo que le da la gana. Su voluntad debe ser pulida, y su intelecto, cultivado. Esto –añaden los partidarios de la escolarización obligatoria- solo se garantiza suficientemente en la Escuela. Si estuviese permitido al niño (o a los padres) no ir (o no llevarlo) a la Escuela, se estaría dejando de garantizar, no solo la convivencia, sino, sobre todo, el derecho del niño a ser plenamente humano. Por tanto, el Estado tiene legitimidad para, y hasta la obligación de, obligar a educarse y escolarizarse.

Ahora bien, por ese camino, proteccionista y paternal, el Estado podría llegar a prescribirle a cada uno la dieta que más conviene a su salud, las lecturas que necesita, el color de la pared de su habitación… “Objetivamente”, un médico sabe más que tú acerca de tu salud. Y a todos nos conviene, y tú te mereces, una vida lo más larga y sana posible. Un lema de una campaña de Tráfico de hace no más de cuatro años lamentaba “no podemos conducir por ti”.

Pero ¿podría una persona desear razonablemente que el Estado le prescribiese la dieta o que condujese por él? ¿Hasta dónde es razonable que el Estado pueda intervenir en las vidas de los individuos? ¿A quién se refiere ese “podemos” de la campaña de Tráfico?, ¿quién es ese sujeto? ¿Quién sabe tanto como para saber qué nos conviene? -dice la queja eterna (y justa) contra el estatalismo “socialista” o contra la dictadura utilitarista de la mayoría-; y, sobre todo, ¿cómo puede mostrarnos, ese ser superior, que sabe lo que nos conviene, y que no es un manipulador que pretende diseñar nuestras vidas? Por eso, dice el “liberal”, mejor es dejar a cada uno que tire, cuanto sea posible, por donde le dé la gana, sin pedirle cuentas de cómo se educa o deja de educarse. Parece, pues, que tenemos que elegir entre estatalismo manipulador o individualismo montaraz, entre universalismo impuesto o egocentrismo libre.

Esta dicotomía, sin embargo, tiene poco de convincente. No es una auténtica dicotomía porque nos propone elegir entre dos irracionalismos. Pero se trata, recordemos, de buscar una justificación racional para una obligación. Las justificaciones racionales son universales y, por tanto, deben ser compartibles por todos los seres capaces de razonar (después de un proceso de deliberación y diálogo): no hay una razón para uno solo, uno tiene que poder universalizar sus máximas, si quiere ser tomado por razonable; pero, por supuesto, el “ser compartibles por todos” de las justificaciones racionales significa que deben ser compartibles por cada uno (eso es lo que significa ahí “todo”) y, concretamente, debe ser compartible por aquel para quien puede servir de justificación racional. Para mí estará justificado todo y solo aquello que sea una justificación racional para mí. Si falta el “racional” o falta el “para mí”, no es una justificación para mí, obviamente. Y, si no es una justificación para mí, ni puedo ni debo aceptarla.

Al individualismo irracionalista le falta el “racional”. Y al estatalismo coercitivo, el “para mí”. Ningún individuo puede convertir una creencia irracional suya en algo justificado para mí. Y ningún tipo muy listo ni un colectivo de tipos listos pueden suplir mi propia justificación racional. Aquí la democracia está en el mismo saco lógico que la peor de las dictaduras. Como le decía Sócrates a Polo (en el Gorgias), no necesito que me traigas a toda una masa como argumento, me bastas tú, y es a ti a quien tengo que convencer. Dos visiones, pues, son capciosas: aquella según la cual cada uno tiene su razón y vive en un mundo propio (que decía Heráclito), y aquella otra que se erige en portadora del Logos y cree al individuo humano una mera parte de la sociedad. Ambos infravaloran a la persona.

Centrémonos en el error del estatalismo, ya que es este el que puede defender la obligatoriedad de la escolarización. En realidad, un individuo personal no puede ser esencialmente inferior a la sociedad. Nada puede ser superior a un individuo personal. Una persona es un ser libre, es decir, racional. Si tuviera que aceptar una instancia superior, que él no está en condiciones de entender, no sería libre. Es verdad que hay unos criterios racionales supraindividuales (tales como la coherencia, la no-arbitrariedad, la capacidad crítica, etc.), pero, si yo soy un ser racional, estos criterios tienen que funcionar conmigo. La relación entre los individuos de una sociedad es la relación entre múltiples casos de la misma racionalidad, depositada en cada uno, no la de partes incompletas en un todo mayor que ellas.

Huyendo del estatalismo no tengo por qué caer, pues, en el individualismo fanático, o viceversa. Si un individuo me dice que desea “educar” a su hijo en un libro sagrado, evitándole cualquier otro conocimiento, especialmente cualquier conocimiento que pueda ser crítico para con su libro, seguramente este individuo no puede darme una justificación racional de su conducta. Y lo mismo podría decirse de un niño que quisiera dedicarse a contar la hierba o a dormir todo el día en el sofá.

Ahora bien, ese niño, por más que le interese creer lo contrario al partidario de la obligatoriedad, no existe. Los niños son seres llenos de curiosidad, curiosidad que suele morir en la escuela (sea pública o privada). Y aquellos padres fanáticos son mucho menos numerosos de lo que le interesa creer al estatalista. La mayor parte de los padres son capaces de reconocer cuándo sus hijos están en mejores manos educativas que las suyas propias, y los fanatismos no son tanto cosa individual como, precisamente, de instituciones supraindividuales, tales como Iglesias o Estados-Naciones. Los padres que optan por la educación en casa, no son personajes del viejo Oeste, que sacan su escopeta cuando ven al representante de la autoridad, sino ciudadanos que tienen buenas razones para sacrificar mucho de su vida en aras de una educación más respetuosa y menos mecánica de sus hijos. Y no están en contra de justificar por qué educan a su hijo como lo hacen, ni de que exista una inspección social que garantice que su hijo se está educando y no está abandonado. Están, simple y razonablemente, en contra de que el Estado les imponga una forma irracional de educación.

Si alguien, o un grupo, en presunta representación de algo presuntamente superior a mí (el Estado, la Patria…), me quiere obligar a aprender ciertas cosas, de cierta manera, contra mi voluntad, sin que pueda darme razones convincentes para mí de la bondad de eso, es decir, sin que yo asuma eso como propio, ese alguien o ese colectivo carece de justificación para obligarme, aunque tenga la fuerza para hacerlo, y aunque sus intenciones sean las más “bondadosas” por él concebibles. Y su resultado será, con total necesidad, malo, porque me está coaccionando para ser libre, y obligando a creer sin entender para ser racional.

El Estado debería preocuparse de garantizar las condiciones necesarias para que todo individuo pueda acceder equitativa y libremente a la educación, en un ambiente libre y crítico; y de ofrecer o promover escuelas tales que uno consideraría una desgracia no acudir a ellas. Sustituir su déficit en estas tareas, por obligaciones, es un fraude, y lo menos pedagógico concebible.

Por tanto, es una falacia que yo esté obligado a aceptar al fanático si pido libertad de educación para mí o para mi hijo. Si un individuo, o una familia, tienen razones para creer que la escuela es mala, no hay justificación, ni para ellos ni para nadie, de la obligatoriedad.

A lo largo de esta discusión he obviado el problema de quién tiene que elegir la educación de una persona, ya que no es solo ni principalmente el Estado. Diré brevemente que pienso que, lo mismo que no puede imponerla el Estado, tampoco puede hacerlo la Familia, o sea, los Padres. Por muy bondadosas que sean las intenciones de los padres, no justifican la imposición contra la voluntad del hijo. Y el Estado tiene que proteger la libertad inalienable del hijo contra el despotismo paterno, tanto como le protege del despotismo del propio Estado. No obstante, los padres tienen una mayor responsabilidad y, por tanto, un mayor “derecho de influencia”, para con el hijo. No discutiré con detenimiento esto ahora. Ya sé que muchos teóricos estatalistas, desde Platón a Hegel, piensan que la Familia es una instancia menos legítima que el Estado. Pero esto no me parece nada claro. Conozco familias en las que hay una relación entre sus miembros más racional y libre que la que hay entre los ciudadanos de un Estado. Al fin y al cabo, no conozco ningún Estado que se funde en el respeto a la persona en cuanto mero ente racional, sino que todos los "realmente existentes" se basan en identidades nacionales o étnicas, que, a decir de los nacionalistas y etnicistas, es "un sentimiento". De todas maneras, el verdadero sujeto libre es el individuo racional, incluso en su fase de niño. Un niño es un ser dotado de voluntad, y cualquier fuerza contra esa voluntad, carece de justificación.

Pero ¿y si se quiere tirar por la ventana? –suele volverse a preguntar aquí-. Este, como decía antes, es el tipo de pseudoejemplos pesimistas (y pésimos) que necesita el partidario de la coerción, pero que, por suerte, no existen. Un niño que ha sido tratado respetuosamente desde el primer día, confía plenamente en la recomendación de sus padres y de aquellos que le rodean. Al contrario, un niño maltratado, es decir, obligado (a comer, a qué comer, a dormir y cuándo dormir…), tiende a contravenir los consejos de los maltratadores, incluso si piensa que le beneficiaría seguirlos, por un acto “lógico” de reivindicación de su dignidad.

El Estado, y los Padres, ejercen la violencia casi constitutivamente, y tienden a disfrazarla de protección del individuo y del hijo, para justificar la cual tienen que pintarnos como individuos tendentes al error y necesitados de guía desde nuestros primeros días. En realidad, es abuso de poder, manipulación y dominación. El Estado, o la Familia, están en manos, siempre, de individuos. Y ningún individuo o grupo de individuos es más racional que tú. Al contrario, el uso de la coerción y la fuerza, procede de una debilidad humana, demasiado humana.

lunes, 30 de julio de 2012

Educación, igualdad, justicia y beneficio


La educación debe ser completamente universal y gratuita, y el Estado debe garantizar exactamente las mismas posibilidades reales a todos los niños. Cualquier otra cosa es injusta, además de perjudicial para la sociedad.
Y esto aun asumiendo una de las perspectivas  menos propicias, en principio (y con importe ideológico real hoy día), a esa conclusión, a saber, la perspectiva liberalista pura, basada en los derechos individuales y la consideración meramente utilitarista de la sociedad. ¿Por qué?

Atendiendo al derecho de los individuos, cualquier desigualdad en el acceso a la educación es completamente injusta, como se puede argumentar así:

a)      Toda persona tiene en principio (antes de que haga méritos) el mismo derecho a acceder a un bien (principio de igualdad de derecho en las condiciones externas iniciales -fundamental, tanto para una ideología comunitarista como para el más puro liberalismo-);
b)      El derecho de acceso a un bien debe depender, si no de las necesidades de uno (“a cada uno según sus necesidades”), al menos de los méritos de las personas (“el que no trabaje, que no coma”);
c)      La educación es un bien (incluso un bien primario, necesario en nuestras sociedades o, quizás, en cualquier sociedad humana), que condiciona o incluso determina completamente los méritos o deméritos de una persona en cualquier otra actividad;
d)      El niño no tiene méritos o deméritos que le hagan merecedor de mayor o menor acceso a un bien (en verdad, esto debería valer para cualquier persona que no haya tenido antes un acceso justo a educación);
e)      Luego toda persona tiene el mismo derecho a acceder a la educación en las mismas condiciones.
f)        El que el acceso a la educación esté, en alguna medida (por ínfima que sea) condicionado por los méritos o deméritos  de otros individuos que el niño (por ejemplo, los padres o tutores) es una injusticia manifiesta.

En segundo lugar, la desigualdad, por pequeña que sea, en el acceso a la educación, es perjudicial para el bien común de la sociedad y, mediatamente, para todos y cada uno de los individuos, en la medida en que su beneficio y seguridad dependen de que la sociedad funcione de la mejor manera posible:

a)      Es de interés para el bien social común (incluso desde una concepción individualista) que cada persona desarrolle sin trabas y ejercite al máximo, en beneficio de la sociedad, sus capacidades o potencialidades naturales
b)      La educación es un factor necesario (en verdad, “vital”, esencial) en el desarrollo y ejercicio de las capacidades de una persona,
c)      Las desigualdades en el acceso a la educación impiden que los individuos realicen sin trabas y en igualdad de condiciones sus capacidades naturales
d)      Luego la sociedad resulta perjudicada si los individuos no tienen un acceso igualitario y sin trabas a la educación.

El coste económico en la educación, por ínfimo que sea, crea desigualdad en el acceso a la educación. Por tanto, está en el interés racional de incluso una ideología radicalmente liberal, empeñada en que cada uno demuestre sus méritos reales y aporte el mayor beneficio a todos y cada uno, que el Estado, por mínimo que sea, garantice plenamente la igualdad de oportunidades de todos los individuos en el acceso a la educación, no solo mediante la mera gratuidad y universalidad, sino incluso compensando las trabas que para un estudiante supone el entorno social desfavorable.

Así pues, tanto en lo que se refiere a los derechos individuales como en lo que se refiere a la utilidad de la sociedad, lo único justo y beneficioso es que la educación sea completamente universal y gratuita, y compense las trabas a que se ven sujetos los individuos que viven en entornos menos favorables no merecidos.

Este asunto es independiente (al menos relativamente) de si la educación de todos los ciudadanos de un Estado debería ser (y hasta qué punto) homogénea en contenidos y métodos. Tanto quien crea que sí como quien crea que no, debería abogar por un acceso igual para todos los niños (y, en verdad, personas en general) a la educación. Y esto solo lo puede garantizar la gratuidad total, acompañada de medidas económicas compensatorias para aquellos educandos que tuviesen un medio adverso.

La única alternativa ideológica a lo anterior sería alguna forma de aristocracia o elitismo hereditario o sanguíneo, es decir, que supusiese que los hijos heredan justamente las pobrezas o riquezas (es decir, presuntamente, los méritos o deméritos, de sus padres), antes de haber hecho ellos nada, y/o que ello es beneficioso para la sociedad. Eso significaría prácticamente un sistema de castas o, al menos, de estamentos.

En los próximos años, de manera todavía mucho más cruda que en los anteriores, los estudiantes españoles van a ser seleccionados en buena medida por las posibilidades económicas de las familias. Aunque se dice demagógicamente que ningún “buen estudiante” se va a quedar sin estudiar por falta de medios (lo cual, a la vez, es una mentira manifiesta), lo indudablemente cierto es que, si uno es un “vago” o “zoquete” pero hijo de un triunfador (de un especulador financiero, por ejemplo), podrá repetir los cursos que haga falta hasta llegar a ser cualquier cosa, mientras que un chico inteligente de clase “media-baja” tendrá que estudiar bajo la enorme presión de que no puede tener el más mínimo instante de desfallecimiento, además de estar constatando la gran injusticia de que algunos de sus compañeros se lo toman con mayor relajación.

No hace falta ser muy listo para pronosticar a dónde llevará eso a nuestra sociedad: será más injusta e infeliz. En los puestos de mayor responsabilidad habrá cada vez más ineptos, pero con apellidos que se repiten (porque la ineptitud y el egoísmo es, naturalmente, endogámico), y habrá más genios atendiendo en la caja de un supermercado o en la terraza de un bar.

Pero ¿qué se podría esperar de una sociedad en la que un individuo que, dedicándose a prestar dinero a cambio de intereses, o a la “dirección de empresa” (a veces, incluso, sin tener él ni idea de cómo se hace una cosa o la otra, sino teniendo a su cargo “empleados” que le hacen el trabajo), vale objetivamente más, según las cuentas que se hace la sociedad (o sea, el precio que se pone a las cosas) que, por ejemplo, una madre que cría a sus hijos, un músico, un maestro o un agricultor?

domingo, 1 de julio de 2012

¿A dónde va Europa? (¿Y España?)

Dando por descontado que es verdad que los seres humanos somos en general (aunque unos más que otros) egoístas e ignorantes, y que la situación política en cualquier lugar del mundo es muy injusta y perfectible, y que los especuladores causan mucha injusticia e infelicidad, etc., creo, no obstante, que hay maneras menos demagógicas de describir lo que pasa últimamente en la política y economía europea, que las que se oyen en casi todas partes, sobre todo en España (y los otros países que pasan una mala situación): que los malvados bancos alemanes estrangulan a los pobres e inocentes habitantes del Mediterráneo, e intentan incluso quitarles su soberanía. Pensar en ello es pensar a dónde queremos que vaya Europa, y el mundo.

Los estados germanos o, mejor dicho, de Europa norte continental, son, en la historia reciente, los mejores estados del mundo. Son los estados en que hay mayor justicia y educación, además de bienestar y riqueza. En ningún otro lugar hay algo más parecido al ciudadano. Son los estados en que la gente tiene más cultura (el arte, la ciencia y tecnología, y la filosofía, están más desarrollados que en ningún otro lugar); donde hay menos fraude, tanto político como económico; donde el estado provee, gracias a altísimo impuestos, la mayor protección educativa y sanitaria del mundo. No obstante, las vidas de esos ciudadanos son, en general, bastante más austeras que en otros lugares, ricos y pobres, del mundo. Aunque se les considera parte del “sistema capitalista”, son muy diferentes al modelo anglo-estadounidense, que es mucho más voraz, desigualitario, inculto, violento y lejano al bienestar, pese a que cuenta con el poder militar sobre todo el mundo y la manufactura de dinero.

Cuando se promovió la unidad de los estados europeos, había que sintetizar las formas político-económicas del norte con las de los países mediterráneos y con las del Reino Unido. El Reino Unido, ya se sabe, es un tumor en Europa, y sería, quizás, deseable que, por algún movimiento tectónico, se desplazase de repente a través del Atlántico, hasta abrazarse con su familia natural, la USA formada por colonos procedentes de las capas más desestructuradas de la propia Inglaterra.

Los países del Mediterráneo son muy diferentes de los países nórdicos. Escasamente “ilustrados”, tienen una ciudadanía menos culta, educada y política, mucho más tramposa y dada al fraude en todos los niveles, y menos eficiente, aunque mucho más dada a los lujos y los espectáculos vistosos.
España, por ejemplo y por centrarnos, salió hace poco (en términos históricos) de un sistema totalitario y “paternalista” (o paterfamilista), y se encontró de pronto con una democracia que “miraba a Europa”. No se ha conseguido una verdadera educación cívica remotamente comparable a la de los países nórdicos. Los españoles nos quejamos por pagar los impuestos más bajos de Europa (y no nos quejamos, obviamente, de que sean bajos), los evitamos fraudulentamente cuando podemos, dando lugar así a la economía “sumergida” más abultada; malgastamos en sanidad, en energía, y en todo aquello de lo cual no somos conscientes, al parecer, de dónde viene, porque aún seguimos presos en buena medida de la idea paternalista del estado; padecemos gran desigualdad (comparados con los países nórdicos) y leemos menos pero gastamos más en futbol que cualquier otro país de Europa. Por si fuera poco, y como era de prever, cuando intentamos imitar un modelo “liberal”, nos fijamos en el anglosajón, en lugar de fijarnos en el germano: hasta los partidos de izquierda bajan impuestos y abogan por el endeudamiento…, y todos permiten que se privatice la educación y la sanidad. En nuestras mejores épocas, incluso vamos junto a Estados Unidos e Inglaterra, y contra el parecer del resto de Europa, a la guerra.

Desde hace unos años se vive una crisis económica de las que ocurren periódicamente. Lo que ha supuesto un “mero” bache para Alemania y sus hermanos pequeños, en cambio para España, Italia, Portugal, Grecia… está significando el riesgo de quiebra. Si la especulación es el gran mal, en España ese mal ha sido mayor que en cualquier otro estado de Europa, exceptuando Grecia. La bonanza española a la que se refería Aznar mientras nos colocaba en el centro del eje del bien, y de la que se sirvió después Rodríguez Zapatero para hacernos el país más avanzado en derechos sociales del mundo, se apoyaba en el aire. Parte de la riqueza vino de Europa (sobre todo de Alemania), como “ayuda” para que nos pusiésemos a la altura de poder ayudar nosotros a que se hiciesen europeas también Rumanía, Bulgaria, etc. La otra parte era pura especulación, sobre todo con la vivienda.

Para evitar la quiebra, necesitamos, otra vez, dinero alemán. Los alemanes se preguntan qué es lo que hemos hecho. Comprueban que, en los años de crecimiento y bonanza, en parte con “su” dinero, España ha mejorado mucho su bienestar, aunque con sombras:

     - Hay un muy buen sistema sanitario, aunque también un gran despilfarro farmacéutico y un mal uso generalizado de los carísimos medios.
     - la educación (pese a lo que dicen los conservadores españoles) ha mejorado continuamente, aunque sigue anclada en un modelo memorístico-magistral, poco funcional, y es muy penalizadora (más de la tercera parte de los estudiantes no obtienen el título de ESO, se repite mucho de curso, etc.)
     - Se han construido infraestructuras (autovías, trenes de alta velocidad), aunque se ha hecho muy poco para mejorar el sistema productivo. Con dinero europeo, por ejemplo, se dejó de explotar el campo y algunos terratenientes se han forrado replantando bonitas dehesas de encinas, pero se ha innovado poco en empresas tecnológicas adecuadas para el nivel social que pretende tener España.
     - Se pagan pocos impuestos (los españoles tienen mucho dinero para futbol, alcohol y tabaco) y existe un nivel muy alto de fraude…

¿Qué debe hacer Europa, con Alemania a la cabeza? Seguramente, el error que se cometió al principio, cuando la fundación de la unión europea, fue no fijar unos sistemas supra-estatales más férreos de control. Quizás la historia del siglo XX no permitía ni insinuarlo, y quizás también los noreuropeos confiaban en que los mediterráneos sabríamos crecer en todos los sentidos. Ahora, muchos de ellos tienen la clara sensación de que Europa contrae deudas y ellos las pagan, y no están muy dispuestos, con razón, a seguir construyendo Europa sin que eso comporte compromisos de “austeridad” y control por parte de los receptores. Los países que, como España, han dilapidado el crédito europeo anterior, apelan a que sin que nos asistamos unos a otros en los malos momentos, no es posible mantener el grupo, pero, eso sí, quien presta no debe inmiscuirse en cómo se lo gasta el otro, porque nadie puede meterse en la “soberanía” de nadie. Ese es el discurso del “jeta” de toda pandilla.

Europa exige a España que recorte gastos que no se puede permitir y suba unos impuestos demasiado bajos para tanto como quiere cubrir con ellos. Como el gobierno español no puede ni, en parte (dada su ideología liberal-anglosajona) quiere subir impuestos y recortar de manera justa (es decir, evitando el fraude, en todos los niveles, desde el chapuzas-sin-IVA al evasor de grandes fortunas, pasando por el acumulador compulsivo de medicamentos) lo hace generando mayor injusticia y desigualdad: masificando las aulas de la escuela pública y dificultando o impidiendo el estudio de los hijos de familias más pobres (en lugar de garantizar una educación pública de calidad y bien gestionada), haciendo pagar a todos la medicina (en lugar de hacérsela pagar al que no la necesita), recortando los derechos laborales (en lugar de controlar la eficiencia, tanto del empleado como, más aún, del contratador), etc.

Lo cierto es que, para Europa, pero sobre todo para España (o Italia o Portugal o Grecia), sería muy bueno que los estados-naciones “perdiesen soberanía”, y se pareciesen más a los estados y ciudadanías noreuropeos. Europa podría, entonces, representar un modelo alternativo al anglosajón. Por desgracia, eso no se consigue en un día. La cultura avanza muy despacio. Pero poblaciones humanas como la española y las otras mediterráneas están, quizás, en una disyuntiva importante: o acercarse realmente a los europeos del norte (liderados por Alemania y Francia –que puede hacer un poco de puente-), o dejarse caer en cualquier otra cosa, por ejemplo y sobre todo la depredadora cosmovisión anglosajona. Solo la primera opción me parece, realmente, una Europa por la que merezca alegrarse.

El discurso demagógico y victimista no es buen síntoma. Pero sí lo es ese otro discurso, que también se oye entre nosotros, por ejemplo y sobre todo entre personas del 15M y similares, que dice que tenemos un problema moral, y que todos debemos hacernos mejores, más austeros, menos especuladores, menos fraudulentos y más críticos, es decir, mejores ciudadanos. Y esto, aunque nos afecta a todos, no afecta a todos por igual. Los españoles somos más pobres en ciudadanía que los alemanes.

De fondo queda el mayor problema: ¿puede Europa dar de sí, ideológicamente, como para suponer una mejora moral? Pero esa es ya una cuestión filosófica demasiado gorda para esta ocasión.

sábado, 2 de junio de 2012

"Crisis" y "déficit". ¿Es "ciudadano español" una contradicción en los términos?

¿Por qué la crisis afecta más gravemente a España que a otros países de Europa occidental, salvo a Portugal y a Grecia? Por lo mismo que en los años de bonanza era la que más se entregaba al lujo, al neorriquismo y al despilfarro, por el déficit: el déficit de ciudadanía.


La misma actitud victimista y auto-eximente de los españoles ante la situación presente, es prueba infalible de su falta de educación cívica. La “culpa” no la tienen ni Alemania, ni Zapatero o Aznar, ni siquiera el capitalismo. Este, si es que existe, no es igual en todas partes. En los países nórdicos se pagan muchos impuestos, y se goza de muchos derechos sociales. La educación es casi enteramente pública (en Finlandia, por ejemplo, la escuela privada no llega al 1%, y es igual de accesible que la pública y educa de la misma manera) y hay poca desigualdad. También es donde los ciudadanos son más productivos (es decir, donde trabajan menos tiempo para conseguir más objetos deseados) y menos defraudadores.

España, en cambio, es el estado donde la gente tiene menos educación (en todos los sentidos) y es menos productiva, a la vez que es la que más consume, y donde las desigualdades son mayores.
Es el país donde, habiendo más horas de sol, más se gasta en calefacción.
El que más invierte en futbol, a la vez que tiene el mayor índice de paro.
El que más defrauda, de arriba abajo, y donde la pregunta “¿con IVA o sin IVA?” es casi insultante por el motivo contrario al cual la haría casi insultante para un alemán.
Aquí mucha gente tenía y tiene dos o más viviendas. Incluso los que llegaron al final de la “burbuja” (no de la estafa, porque nada de lo que ha pasado en España últimamente era una estafa, como no fuese la de nosotros a nosotros mismos), los pobres jóvenes, tenían que comprarse también su vivienda, entrando en el juego especulativo generalizado. (Y no quiero decir que no tuvieran “derecho” a una vivienda. Al contrario: porque es un derecho básico, es inadmisible que se especule con ello, como hacíen empresarios, ayuntamientos y gente en general).
En España tenemos que renovar los muebles, la pintura y los aparatos electrónicos cada poco menos tiempo que casi cualquier otro europeo. Quien visita una universidad francesa o alemana, y entra luego en una española, puede comprobar la gran diferencia, tanto en la cáscara, como en el interior.
Más dados al lujo hortera, solo conozco a esos mafiosos que, cuando se han enriquecido de repente con sus “trabajos”, instalan griferías de oro y suelos de mármol en sus descomunales chalets.

Donde más se nota nuestra falta de educación es, claro, en el asunto de la educación.
Aunque España va acercándose, año tras año, a los niveles educativos europeos, nuestro “fracaso” escolar, medido como la cantidad de alumnos que no titulan en la Educación Obligatoria, es altísimo (más del 30%).
Los informes internacionales (como PISA) indican que en España estamos avanzando correctamente (si tenemos en cuenta de donde venimos), aunque seguimos anclados en una educación demasiado memorística y poco funcional y significativa para el alumno.
Sin embargo, el análisis que se impone entre nosotros, y el que triunfa sobre todo en quienes estos próximos años van a legislar una vez más sobre educación, es que lo que nos falta es esfuerzo y disciplina, más contenidos y menos diversión. No son vitales, según ellos, ni las elevadas ratios del aula (al contrario, favorecen la “socialización” según nuestro ministro) ni la situación socio-económica del alumno (el que quiere, estudia), ni la falta de prestigio de los profesores. Tampoco le da normalmente a nadie por pensar (menos aún si es profesor) que, cuando un alumno no aprueba, no está implicado solo el alumno, sino también el profesor y la sociedad entera.
En España se empieza a leer y escribir cuatro años antes que en Finlandia (a los tres años, frente a los siete de allí), las horas lectivas son más largas y con menos descansos, se lleva muchísimas más tarea para casa… También es donde menos se atiende a las circunstancias concretas de cada alumno y donde más se le deja caer porque “no quiere estudiar”.

He oído a muchos decir que “nuestra educación” (es decir, la anterior a la LOGSE, una educación prácticamente franquista) era mejor. Esto es, no una falsedad, sino una mentira con todas las letras, cuya única disculpa es la propia ignorancia cívica de quien la dice. La mejor prueba es que, los frutos de esa educación, son los adultos de hoy, los que dirigen ahora la situación.

Siempre les cuento a mis alumnos el letrero en español que encontré en una tienda de discos en Munich, solo en el estante de música “latina” (incluida la española): “Por favor, cuando termines de mirar los discos déjalos como estaban. Si no, nos veremos obligados… a colocarlos nosotros”

La asignatura de educación cívica es un buen ejemplo de todo esto. Si no recuerdo mal, todos los estados europeos contaban con una asignatura de Educación Cívica (destinada a transmitir los valores cívicos mínimos) antes de se introdujese en España, para ser boicoteada por algunas consejerías de educación.
Los adversarios de esta asignatura dicen que la escuela tiene que limitarse a dar instrucción técnica (en Matemática, Lengua, Inglés…), y solo los padres tienen el derecho y deber de dar educación “moral”. ¡Como si los “padres” tuviesen una buena formación cívica, hasta no necesitar más! ¡Como si los hijos no tuviesen derecho a ser educados sin que esto dependa de lo que, eventualmente, consideren sus padres! Todo esto no debería ni discutirse siquiera, y en cualquier otro lugar de Europa no se discute. Se discute aquí, en la España de charanga y pandereta.

¿A qué se debe que España sea así? ¿Tiene solución?
Max Weber atribuyó estas diferencias entre el norte y el sur de Europa a la religión, protestante allí y aquí católica. Paradójicamente, la religión que dice que los actos no salvan es la que habría favorecido más el trabajo responsable y la actitud cívica, mientras que el catolicismo, según el cual no basta la fe sin los actos, habría favorecido, también paradójicamente, la hipocresía de a Dios rogando y con el mazo dando.
No me entusiasma esta explicación. En el mejor de los casos habría que ver cuál fue la causa y cuál el efecto… Lo que sí parece claro es que, cuando en Europa empezó a desarrollarse el ciudadano, España decidió quedarse anclada en el “que piensen ellos” y el Santo Oficio. No obstante, esto es cosa del pasado.

Sobre si tiene solución esto o no, prefiero ser optimista. También podríamos preguntarnos si toda Europa no está, de una vez por todas, en su crisis final. Casi con toda seguridad, no es así de momento, aunque sí está, lentamente, en vías de ocupar otro lugar en el mundo: se convertirá, seguramente, en la reserva cultural de la humanidad, algo parecido a lo que eran ciertas antiguas polis griegas bajo el imperio de Roma. Quizás dentro de unos años sea habitual que los dominadores chinos contraten maestros europeos para educar a sus hijos. Europa, afortunadamente, no será tan “rica” económicamente.

¿Y respecto de este nuestro país, “reserva espiritual de occidente”? ¿Será parte de esa Europa, o Europa volverá a acabar en los Pirineos? Hoy solo podemos confiar en los jóvenes españoles. Esos jóvenes que, gracias a los medios de comunicación, están mucho más cerca de la ciudadanía que todos sus adultos casi inevitablemente condenados a quedarse en el pasado. Pero no siento mucha simpatía ni por esos jóvenes que se han tragado el discurso de sus padres ni tampoco por esos que creen que toda la culpa la tienen “Ellos”, sino por esos otros, muchos,  jóvenes autocríticos, que saben que el especulador irresponsable e ignorante habita dentro de nosotros, de nuestra genética cultural; pero también que la “genética cultural” es más fácil de modificar que la natural. Quizás ellos educarán de una manera más inteligente y libre a sus hijos, y ser español no sea algo tan triste en el futuro.