Si uno cree que deberíamos ser austeros o sencillos, puede parecerle muy natural poner en cuestión, si no es que rechazar
casi directamente, la técnica, al menos como algo sistemático y omnipresente en
la vida humana. El “rechazo” de, o la prevención contra, la técnica, congrega a
ideologías muy distintas, desde diversas formas de ecologismo hasta la mayoría
de las iglesias (con la interesante excepción de las que convierten a la propia
técnica en el gran medio para la religión). Tampoco es inusual encontrar
profesores que cuestionan (y no en todos los casos –aunque sí en muchos- por
una personal ignorancia) las bondades de las nuevas tecnologías.
Por supuesto, muy pocos están dispuestos a seguir a los
amish o a los naturistas más radicales, pero, sin llegar a esos extremos
¿no hemos otorgado, podríamos y deberíamos preguntarnos, un lugar demasiado
privilegiado, en el esquema de significado de nuestras vidas, al uso de medios
artificiales en general? Creo que esto es verdad en un cierto inofensivo
sentido, pero creo que es un fundamental error en un sentido muy importante, y
querría hacer algo aquí para rechazar el rechazo de la tecnología.
¿Qué es la técnica? ¿De dónde viene su presunta
omnipresencia? ¿De dónde viene su rechazo?
Cualquier definición que se quiera dar de la técnica
presupondrá necesariamente la distinción, clara y, para muchos, radical, entre
lo natural y lo artificial. Hay cosas que son por naturaleza y cosas que son el
producto “artificial” (o sea, por obra de “arte” o producción) de seres…
¿naturales?: algunos exigirán incluso que sean inteligentes. Aristóteles
proponía un criterio claro para demarcar uno y otro género de entes: los que
son por naturaleza tienen un principio natural intrínseco, que tiende siempre a
lo mismo; los que son por techne, en cambio, reciben de fuera el principio de
su entidad como artificio, de modo que no tienden por naturaleza a eso. La
madera que uso en una mesa se comporta como madera: se va muriendo tras ser
cortada, produce el mismo humus al descomponerse, etc.; la mesa, en cuanto
mesa, no se comporta o evoluciona como mesa ni como ninguna otra cosa: no va
hacia nada, no nace ni muere, no crece ni decrece ni se reproduce… A la mesa le
ha dado su principio la inteligencia humana; a la madera, se la ha dado la
propia Naturaleza, o Dios mismo. Natural y Artificial son dos tipos de entes,
aunque el segundo necesite, como materia, algunos del primero.
¿Por qué la técnica, sea para bien o para mal, es tan
importante para nosotros? La historia humana es, según muchos, esencialmente o
en un aspecto esencial, la historia del homo
faber, y esa es la historia de la cada vez más honda transformación de lo
“natural” en “artificial”. El deseo o el interés del hombre por adaptar las
cosas a sí, unidos a su profunda sagacidad, ha producido en la naturaleza una
transformación sin parangón. Pero si uno mira esta historia con una perspectiva
moral, encuentra luces y sombras. La tecnología ha producido medicinas,
viviendas, libros y tabletas electrónicas; también venenos y bombas; ha servido
para la salud, el bienestar y la cultura, pero también para la enfermedad, el
deterioro del entorno, la desigualdad, la explotación, la deshumanización
industrial y la manipulación. Hecha la cuenta, ¿no habrá sido, como creía
Rousseau, mucho peor que mejor ese salirse de la naturaleza sencilla de las
cosas? ¿Y si lo que llamamos salud, cultura, bienestar, vida… está totalmente
desencaminado del sentido al que estamos llamados?
Una de las reflexiones más hondas sobre (contra) la técnica
es la de Martin Heidegger. Quizás sus tesis recogen de forma profunda todo lo que
puede haber contra la técnica. La técnica es, dice Heidegger, la última forma
que adopta el olvido del Ser, y, por tanto, del olvido esencial en que nos
hemos extraviado los hombres (el dasein). Este extravío empezó en Grecia, con
Platón, cuando se confundió el Ser con el orden de los entes o cosas. Los entes
se pueden ordenar, y unos guardan o se puede representar que guardan una
relación de jerarquía (causal) con otros. Pero el misterio al que está llamado
el Pensamiento no es qué orden es mejor atribuir a los entes, sino qué es
aquello que, sin ser ente o cosa, estando “fuera” de la coseidad, hace posibles
a las cosas. Y esto, el Ser, no es ya parte de un orden causal-lógico-representacional,
sino algo totalmente heterogéneo, diferente, tan diferente que su diferencia no
es una diferencia óntica (entre un –tipo de- cosa y otra) sino ontológica: la Diferencia ontológica,
o Diferencia sin más, separa el ámbito u orden de lo ente, lo dado, lo
representable y manipulable, del ámbito del Ser, de lo irrepresentable e
inmanipulable. La confusión de ambos ámbitos es la confusión sin más, y se
llama Metafísica, de la cual, la ciencia positivista moderna y la técnica son
meros subproductos.
La actitud que el Pensamiento tiene que guardar hacia uno y
otro ámbito es, desde luego, radicalmente diferente: el pensamiento óntico y
metafísico es un pensamiento que racionaliza o mide las cosas, las organiza y
las transforma, las manipula y las ordena. Es un pensamiento activo-técnico. La
actitud que debería dedicarse al Ser es muy otra: al Ser va uno con una actitud
de entrega, de abandono, para dejar que el Ser se dé en el claro que quedaría
una vez hubiésemos retirado todo lo que estorba, o sea, todas las cosas o sus
representaciones. Se trata de un paso atrás:
“¿Cuándo y cómo llegan las cosas como cosas? No llegan por las maquinaciones del hombre. Pero tampoco llegan sin la vigilancia atenta de los mortales. El primer paso hacia esta vigilancia atenta es el paso hacia atrás, saliendo del pensamiento que solo representa, es decir, explica, y yendo hacia el pensamiento que rememora. El paso hacia atrás que va de un pensamiento al otro no es ciertamente un simple cambio de toma de posición. (…) Este paso atrás lo que hace es abandonar la zona de la mera toma de posición”. (La cosa)
No en vano el pensamiento heideggeriano es a menudo asociado
(y el propio Heidegger dio pie a esto) con el budismo zen y otras formas de
mística del abandono (cierta interpretación del maestro Eckhart, etc.). He
tratado de todo esto en mi blog dialecticayanalogia.
Se puede decir, entonces, que hay tres elementos de este
pensamiento, que son esenciales también en relación con el asunto de la
técnica:
-
La tesis de la Diferencia radical entre Ser y Ente,
-
La actitud de entrega y “abandono”, propia del
pensamiento del Ser, frente a la actitud “proactiva” de la Metafísica y el
Racionalismo.
-
El anti-racionalismo: la forma en que se accede a ese
darse del Ser no es la del Logos (salvo que se entienda este en un sentido
truculento, como intenta hacer Heidegger “traduciendo” bajo tortura al término
en los presocráticos), sino una forma más cercana a la del poeta o una forma
decisionista o voluntarista.
Creo que estos elementos (que guardan una fuerte coherencia
entre sí) definen (aunque se entiendan de forma algo diferente en cada caso) lo
que podríamos llamar la esencia de todo pensamiento anti-técnico. El ecologismo
en general “traduce” esos dos elementos de la siguiente manera:
-
Hay una diferencia radical entre lo Natural y lo
Artificial
-
La actitud correcta ante la Naturaleza es la no
intervención, el “respeto” de lo que es, sin intentar transformarlo.
-
Esa actitud ante la Naturaleza tiene que
ser menos racionalista y más emocional. Seguramente es el falogocentrismo el
causante de todas las desgracias.
Suponiendo que esta caracterización de lo mejor de todo
pensamiento antitécnico sea correcta, me parece que debe ser rechazada.
Y no es esa en la austeridad o sencillez en la que yo (siguiendo a Platón)
estaba pensando.
El punto clave es el de la diferencia radical entre Ser y
Ente, o, en términos “ecologistas”, lo Natural y lo Artificial. Que nuestra
realidad está radicalmente escindida, sin posibilidad de mediación
representacional y racional, es una tesis esencial al pensamiento moderno, y
que se puede identificar tópicamente como lo Judío y su dios Totalmente Otro, frente
al representacionismo griego, para quienes los dioses eran “visibles” o las Ideas
se manifestaban como copias. El final de la “Edad Media” y el comienzo de la
“Moderna” en esencia consiste, ideológicamente, en el rechazo del racionalismo
escolástico (tomista) y la reivindicación de una vuelta a un Dios escondido, al
que no se puede llegar más que por la fe y contra esa prostituta de Satanás que
es la Razón. El
dios aristotélico o platónico no es suficientemente trascendente para Lutero:
es al fin y al cabo una cosa más, comprensible, sujeto al orden (aunque sea el
primer elemento del orden), que tiene que dar cuentas y razones de sus
designios. Esto es soberbia humana, dice lo moderno, y los filósofos son una
tentación que, como ya dijera Pablo, hay que rechazar.
La diferencia luterana entre Dios y el Mundo, el Espíritu y
la Carne , ha
adoptado diversas formas a lo largo de la filosofía moderna, pero apenas ha
sido puesta en cuestión: La cosa en sí (solo accesible como postulado moral
pero no para la ciencia) frente a los fenómenos mecánicos, en Kant; la Voluntad frente a la
representación; la Voluntad
de voluntad; lo ético-estético-místico de Wittgenstein; lo totalmente Otro de
los filósofos judaizantes del siglo XX (desde Buber a Derrida)… Si hay un común
denominador de lo moderno, es este: el pensamiento de la diferencia radical, de
la desconexión del mundo con su sentido, sobre todo de la desconexión racional.
Este dualismo radical produce (pasando al segundo de los
tres elementos que hemos señalado) el rechazo de la actividad, entendida, sobre
todo (yendo hasta el tercero), como actividad racional. Para los griegos o “lo
Griego”, la actividad de transformación es energeia,
y no es, por supuesto, contranatural, sino parte de la naturaleza del ser; en
el caso del ser humano (y quizás otros), de un ente inteligente. La actividad
es la manera de desenvolver y realizar el telos
propio de cada ente. Este telos, esta
entelequia, eso sí, pone fines y límites claros a lo que se debe y no se debe
transformar: los límites de la razón y para desarrollar un mundo conforme a
razón, una vida humana buena, y aquí es donde tiene lugar y justificación la
austeridad o “moderación”. Pero todo esto es imposible para el pensamiento
moderno: puesto que el Sentido ha quedado desvinculado de las cosas naturales,
que son mecánicas y sin fines propios (los fines son una antigualla griega), no
hay un fin propio y racionalizable, y la actividad libre se convierte en pura
espontaneidad, que no tolera justificación (como no la tolera el mismo Dios,
convertido en un tirano absoluto). A la
vez, el hombre, como (único) ser espiritual de este mundo, se ha enajenado más
de la naturaleza, y su grandeza no cabe en el mundo de la carne. Solo el hombre
puede hacer el bien y el mal absolutos. Solo él puede pecar y salvarse.
La gran tragedia moderna es este irracionalismo y
voluntarismo modernos, como he argumentado en otros lugares, y aquí doy por
supuesto. Supuesto, entonces, una perspectiva racionalista, ¿qué se sigue
respecto del asunto de la técnica?
¿Qué es la técnica?, preguntémonos otra vez. La distinción
natural / artificial, hay que señalar ahora, es una distinción secundaria, en
el seno de la Naturaleza
con mayúsculas. No hay una heterogeneidad radical, entre espíritu y carne,
hombre y naturaleza. Natural es todo, desde el electrón hasta el twitter, pasando
por el nido y la madriguera. Podremos (relativa, no absolutamente) llamar
artificial a algo en la medida en que es el producto de un determinado ente
natural, pero todo ente natural es un ente natural y “producto” de la
(actividad de la) Naturaleza en su globalidad: un nido es artificio del pájaro,
pero es, a un nivel global, un producto de la actividad de la propia naturaleza
en su conjunto, y lo mismo pasa con un ordenador o un teléfono móvil. La
técnica es la actividad por la que un ente se expresa en la naturaleza. En un
planeta donde haya seres vivos, estos habrán modificado el medio, dejando su
huella. Es su designio y su mandato natural.
El problema no es pues, hacer o no hacer, transformar o no
transformar (un ser que no transforme en absoluto es un muerto: la actitud de
la no-intervención lleva a la muerte, como dijera Nietzsche), el problema es
cómo debemos transformar las cosas, o sea, qué conductas y “artificios” son
correctos. Esta transformación no es solo compatible con el respeto de la
“naturaleza”, es decir, de los designios naturales de otras entidades, sino que
ese respeto es algo esencial a la conducta correcta. Es correcto que el castor
modifique el curso del río y es correcto que el hombre fabrique libros.
El problema es que el hombre no sabe lo que verdaderamente quiere
o lo que es correcto. Es más, cree que no puede saberlo, porque lo ético no es
objeto de saber, sino de “espontaneidad”, es decir, de imprevisibilidad. Siendo
esto así, claro que la mayoría de las acciones pueden ser muy perniciosas: es
como “darle a un mono una cuchilla”. Al haber disociado lo moral de lo
científico-natural, el hombre moderno no sabe ni se pregunta racionalmente qué
hacer. Así es fácil concebir a la tecnología como un poder subjetivo y
devastador. ¿Qué bondad tiene el poder en manos de un ignorante?, preguntaba
Sócrates al irracionalista y muy moderno Trasímaco.
Además, la disociación de hombre-espíritu /
naturaleza-carne, da legitimidad a cualquier trato con las cosas que no
sienten.
El problema no es la técnica, sino el irracionalismo, es
decir, la confusión en que el hombre está con respecto a su auténtica
naturaleza y sus fines. Platón subordinaba la matemática y su técnica a la
dialéctica, es decir, a la moral racional, a la convicción de que hay y la
búsqueda de cuál es una finalidad propia. Solo quien piense que todo está
perfectamente como está (es decir, quien sacralice-fetichice el estado actual
de la realidad), creerá que toda intervención tiende a deteriorar. Este es un
pensamiento religioso muy básico, el de las mentes primitivas que pensaban que
todo estuvo perfecto al principio y se degrada desde entonces.
Pero es una falsa dicotomía la que enfrenta a
tecnología-devastación contra primitivismo-respeto. Es la misma falsa dicotomía
que enfrenta, rousseanianamente, sabio-malvado o ignorante-bondadoso u otras
dicotomías semejantes.
En lugar de demonizar el uso de móviles y ordenadores,
condenemos el pensamiento irracional. La tecnología, bien usada, no solo no es
incompatible con la naturaleza: la naturaleza solo es posible, a largo plazo,
con ella.