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domingo, 9 de diciembre de 2012

Acerca de algunos intentos de reaprender algo de los griegos (¿Dónde está Europa? IV)


En la nota anterior me fijaba en la denuncia filosófico-histórica de Husserl, según la cual, y contra el tópico, los últimos siglos de Europa no se han caracterizado por el racionalismo, sino, más bien casi al contrario, por la limitación radical del papel de la razón, reducida a mera racionalidad positiva, mecánico-técnico e instrumental, y negándosele toda legitimidad sobre las cuestiones del sentido y el valor de las cosas (lo metafísico-ético) desde una posición precisamente “ideológica” o metafísica, el positivismo naturalista. Aunque se considera a Husserl el fundador de una de las grandes metodologías filosóficas contemporáneas, la Fenomenología, sin embargo casi todos sus seguidores (todos los que tienen relevancia histórica) se han apartado del racionalismo del maestro y han usado la fenomenología para hacer alguna forma de crítica al presunto Logocentrismo europeo. Fenomenología y hermenéutica antirracionalista es la filosofía dominante en el pensamiento contemporáneo “continental”.

Curiosamente, mientras tanto, en el mundo de los filósofos anglosajones, donde había dominado hasta los años cincuenta o sesenta el positivismo naturalista heredero de la racionalidad galileana que Husserl criticaba, ha ido surgiendo y creciendo en el último medio siglo, junto a los supervivientes de ese naturalismo y, también, junto a los herederos del segundo Wittgenstein (que representan, en suelo anglosajón, lo más semejante al irracionalismo continental), una corriente de filósofos que, con los métodos o maneras de la filosofía analítica, pretenden hacer renacer de sus cenizas a la Metafísica, en el sentido más sustantivo y desacomplejado del término: como indagación de la estructura última o esencial de la realidad y sus diferentes ámbitos. Muchos de ellos se identifican en general como (neo)aristotélicos, un neo-aristotelismo independiente de ese otro aristotelismo que es pervivencia de la escolástica. Desde luego, para muchos fenomenólogos y hermenéutas (franceses, italianos, y algunos alemanes…), estos neo-metafísicos son solo unos bárbaros que no se han enterado de que Dios ha muerto. Pero creo que esta actitud suficiente de los postfilósofos está dejando de ser creíble. Los problemas metafísicos, mirados otra vez de frente, siguen teniendo el mismo pleno sentido que tenían y reclamando respuesta con la misma legitimidad con que las reclamaban antes de las deconstrucciones modernas. ¿Y si lo que ha muerto o está muriendo es, más bien, el discurso único de que no hay discursos únicos, la metafísica de que no hay metafísica, la teoría de que no puede haber Teoría? El pensamiento europeo esté volviendo, con razón, a replantearse los problemas filosóficos de siempre, aunque, como siempre, en palabras ligeramente nuevas y con análisis en algunos sentidos más finos o pulcros.

Como era de esperar, también en el terreno de la filosofía “práctica” hay un renacimiento de la ética clásica, sobre todo en versión aristotélica (“ética de las virtudes”). Desde Elizabeth Anscombe, Peter Geach y Alasdair MacIntyre, hasta toda una legión actual, muchos filósofos, sobre todo anglosajones, creen que es posible y necesario volver más atrás de todo utilitarismo y del formalismo kantiano, y rescatar una ética más sustancial, con todo el aparato aristotélico o griego en general: el carácter teleológico de la naturaleza y del hombre, el realismo e intelectualismo moral, el lenguaje de las virtudes… Estos filósofos repiten que la filosofía moderna, llevada por su ideología naturalista y mecanicista, ha operado un vaciamiento del sujeto que ha dejado a la ética sin anclaje. Frente a ello, las filosofías antiguas, especialmente la aristotélica y la socrático-platónica, ofrecerían una antropología más rica, que permite contemplar la actividad moral como una actividad inteligente compleja y armónica, y no como una mera elección entre deseos ciegos donde la razón es una simple esclava.

Quizás la mayor parte de estos pensadores estén personalmente más cerca de posiciones políticas conservadoras, pero no hay nada en su aristotelismo que obligue a que ello sea así, y también parte del pensamiento de “izquierdas” piensa que el materialismo, el mecanicismo, el irracionalismo moral, y, en general, la actitud antimetafísica y antirrealista, no son la única ni la mejor opción en filosofía moral, y que la “muerte de Dios” en sus diversas formas, lejos de ser una emancipación, seguramente tira al niño con el agua de la bañera.

En lo que queda de esta entrada y en la siguiente, me ocuparé críticamente de una muestra o versión concreta de este “renacimiento” de la filosofía ética antigua, la que presentó Antoni Domènech en su excelente libro De la ética a la política (Crítica, Barcelona, 1989). Aunque este libro tiene ya unos años, no hay nada en él de caduco, e incluso en ciertos aspectos es más actual hoy que cuando se publicó. Antoni Domènech también cree que necesitamos recuperar cierto elemento de las éticas antiguas ausente en la filosofía moral moderna, que él llama “tangente ática”, y que podemos caracterizar como la armonía entre la felicidad privada y el bien colectivo o justicia. Veamos cómo responde, a su parecer, la filosofía antigua al problema de la política.

Los hombres, según Aristóteles según Antoni Domènech, buscan la felicidad o eudemonía. Qué nos hará felices y cuáles sean los fines últimos que uno persigue, es asunto que queda fuera de toda posible ciencia, pues solo hay ciencia de lo que es necesario mientras que los asuntos de felicidad humana “pueden ser de otra manera” y por eso es posible y necesario deliberar acerca de ellos. Pero lo que sí es objetivamente cierto es que la felicidad humana no es realizable fuera de la pólis, ya que esta es un ente más autónomo que el individuo. Tal falta de autonomía absoluta del individuo es la que le situaría en la dialéctica política.
Usando el lenguaje de la teoría de juegos (de moda en las ciencias humanas recientes), podemos presentar esa dialéctica entre individuo y sociedad, según Domènech, como un caso de “juego del prisionero”, o sea, como una matriz de dos por dos, resultado de la interacción de dos “jugadores” (el individuo y la sociedad) cada uno de ellos con dos posibles actitudes: o bien actuar de manera egoísta (ir a lo suyo) o bien colaborar con los demás. Una concepción política se puede describir como un determinado orden de preferencias, en lo que se refiere a esas actitudes, de cada jugador.

Si suponemos, como lo más natural, que cada uno preferirá trabajar por sus intereses en vez de por el interés de los demás (o sea, ser egoísta en vez de altruista), obtenemos la conocida y “triste” consecuencia de que el juego acabará con un resultado “subóptimo” (el segundo peor posible), que consiste en que cada uno irá a lo suyo y ninguno se beneficiará de la colaboración social, contra sus propias preferencias (pues, aunque todos preferirían la opción en que uno mismo va a lo suyo pero los otros colaboran con él, sin embargo, todos prefieren en segundo lugar la opción en que todos colaboran, es decir, la sociedad frente a la “anarquía”). El reto de la política podría describirse, entonces, como el de conseguir que, contra lo que parece el resultado más “natural” pero perjudicial, los individuos estén dispuestos a no ir a lo suyo por su propio interés.

Todos sabemos que lo que nos conviene es colaborar. Si queremos conseguir nuestra mayor felicidad, tenemos que querer la de los otros. Así que, “paradójicamente”, por egoísmo deberíamos preferir no ser egoístas. Para evitar esta conocida “paradoja de la voluntad”, tenemos que reconocer, como según Domènech hace el pensamiento moral ático (y ha vuelto a poner en circulación Harry Frankfurt), que nuestras preferencias no son todas del mismo nivel, sino que se organizan y jerarquizan, y, junto a preferencias básicas o de orden elemental, hay preferencias de segundo orden, es decir, preferencias de preferencias: yo, por ejemplo, prefiero preferir colaborar. Pero, aunque sabemos eso, sin embargo nos dejamos llevar por las preferencias inmediatas o de orden básico, que son a la larga perjudiciales. Fumamos, aunque sabemos que nos acorta la vida y no deseamos eso; nos estresamos competitivamente aunque sabemos que eso nos lleva a hacer peor las cosas… Nos conviene, por tanto, generar en nosotros el mecanismo psíquico causal adecuado para que nos sea “natural” (como una segunda naturaleza, quizás) tener una actitud eusocial, y no egoísta. El hombre debe perseguir que la felicidad individual armonice, o incluso coincida, cuanto sea posible, con el bien social. Los intereses del individuo tienen que ser los mismos que los de la sociedad. ¿Cómo conseguir algo así?

Según Antoni Domènech el pensamiento ético de la época clásica de Atenas (la “tangente ática”) proporciona una solución inteligente y elegante a ese problema. Se trata de inculcar (o auto-inculcarse) un orden de preferencias diferente al del (simple) egoísta. Para un griego resultaba feo y vergonzoso mostrar una actitud egoísta e interesada, y le abochornaría presentarse ante sus conciudadanos como un especulador comercial. Un individuo sujeto al espíritu ático, pues, querrá como primera opción aquella en la que todos colaboran, incluso por delante de aquella en la que él va a lo suyo mientras los demás colaboran. Esto garantiza que el resultado será la eunomía.

Platón y Aristóteles habrían sostenido que cuando eso no ocurre, cuando uno sigue preferencias puramente egoístas, es por akrasia o falta de gobierno sobre sí mismo. Pero esa falta de autogobierno procedería, en el fondo, de la ignorancia de nuestros mecanismos causales mentales. Al buen conocimiento de estos y a su buena gestión se le llama frónesis, prudencia o sabiduría práctica. No obstante, Platón y Aristóteles entendieron algo diferentemente la prudencia. Mientras que para Platón es imposible ser consciente de lo mejor (o sea, de qué preferencias de orden superior hay que tener) y a la vez realizar lo peor, para Aristóteles sí existe esa posibilidad, y la prudencia o frónesis es un hábito (hexis), que es preciso ejercitar. Menos intelectualistamente aún, la prudencia era, para los griegos no filósofos, una virtud heredada socialmente, sin que mediara mucha o siquiera alguna reflexión en su adopción por parte del individuo, educado en el seno de la tradición.

Según Domènech, frente a la “razón erótica” de la moral ática, la moral moderna con su “razón inerte” está falta de profundidad, con un sujeto plano incapaz de preferencias de segundo orden, movido por deseos irracionales, que se ve obligado a construir un super-sujeto (el Leviatán, etc.) que le obligue a comportarse como le beneficia o a ser libre (como dice Rousseau). Pero ninguna de las opciones modernas consigue lo que desea: al sujeto particular siempre le interesa no colaborar, y deseará hacerlo en cuanto pueda. ¿Quién vigila al vigilante?, ¿quién vigila al monarca…? De la ética antigua clásica deberíamos, por tanto, aprender a desear el bien social, lo que tendrá como consecuencia que saldríamos más beneficiados en nuestros deseos privados o de orden básico, en nuestra felicidad personal. Así es como podríamos volver a conectar la ética con la política, y evitar la tragedia de las sociedades modernas.

Los defensores del egoísmo pueden burlarse de la santurrona “tangente ática”, pero tienen que admitir que esa actitud “ingenua” ofrece un mejor resultado incluso en términos egoístas. Un egoísta puro, incapaz de sacrificarse por otro (un tipo Calicles-Nietzsche, dice Domènech) será realmente un completo acrásico, incapaz de mover un dedo por otra cosa que su deseo actual, y en el juego del prisionero de su yo-actual con su(s) yo(es) futuros está condenado siempre a sus peores resultados. Por ejemplo, un tipo así será incapaz de dejar de fumar, porque eso implica un sacrificio de sus deseos actuales a favor de su yo-futuro.

Todo el libro de Domènech es muy ilustrado e interesante, y se lo recomiendo vivamente al lector. En la próxima entrada haré una crítica de su tesis principal, que acabo de reseñar. ¿Es una solución aceptable a la dialéctica política? Y ¿es una reivindicación acertada del racionalismo moral, más concretamente de la filosofía moral ática?

martes, 29 de mayo de 2012

Argumentos tomistas en contra de la tesis socrática de que toda maldad es ignorancia

Según los intelectualistas, como Sócrates y Platón, la maldad es ignorancia, porque nadie puede (racionalmente) querer hacerse peor, y “hacer el mal” es realmente volverse peor uno mismo, o, más bien, denotar serlo. Sin embargo, la moral convencional no puede (por ignorancia o error) aceptar esto, que nos conduciría a “no juzgar” ni practicar esa venganza que suelen llamar justicia, sino a comprender e intentar enseñar. La ortodoxia de la(s) Iglesia(s) han consagrado siempre esa moral convencional. En la entrada anterior empezaba a recordar y someter a crítica la formulación aristotélica que ofrece de este asunto el filósofo de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, en De Malo (que es sustancialmente lo mismo que dice en la Summa y otros lugares). Sigo ahora con el tratamiento que este gran dominico ofrece del problema concreto de la relación entre maldad e ignorancia.

Tomás sostiene que no toda maldad es ignorancia. En dos casos, dice, la ignorancia no excluye totalmente la voluntariedad: cuando es ignorancia voluntaria (porque en ese caso las consecuencias de dicha ignorancia heredan la voluntariedad), y cuando, aunque se ignore algo, se conoce otra cosa suficiente para constituir pecado.
Hay que distinguir, dice Tomás siguiendo a Aristóteles, entre nesciencia (nesciencia), ignorancia (ignorantia) y error (error). La primera es simple negación de ciencia. La segunda es privación (es decir, carecer de aquello de lo que se debería, por naturaleza, tener); el error es aprobar como verdadero lo falso.
Pues bien, el error, puesto que es acción, es pecado. La nesciencia no es ni culpa ni pena. La ignorancia es pena, y es además culpa si es ignorancia de lo que debería saberse, es decir, cuanto se requiere para dirigir los actos, es decir, la fe, el decálogo, y cuanto es pertinente a la labor propia. Tal ignorancia, en sí es pena, en cuanto a su causa (no aplicarse a aprender) es culpa por omisión, y por relación a sus consecuencias, es culpa.

La ignorancia no nos priva completamente de razón, luego no nos hace “bestias” sin pecado. Aunque el hombre desea por sí la ciencia, por otras causas quiere la ignorancia. Pero ¿cómo puede uno ser ignorante a propósito? Aunque no se conoce lo que se ignora, se conoce, dice Tomás, la propia ignorancia, y también aquello por lo que no se escapa de ella. Y aunque es cierto que no hay culpa de ignorancia sin atender a su causa, hay cierta ignorancia con la que nacemos por el pecado original.

La ignorancia, acepta Tomás, excusa o disminuye el pecado en la medida en que quita voluntariedad, pero sólo puede quitar la “voluntad consecuente”, no la “antecedente” (lo que deberíamos saber y haber indagado, porque sabemos que no lo sabemos). El acto del Intelecto, dice Tomás como buen racionalista (moderado) precede al de la voluntad, porque el bien entendido es el objeto de la voluntad. Todo acto es involuntario en cuanto desconocido. Pero aunque siempre la ignorancia causa lo no voluntario, no siempre causa lo involuntario (o contrario a voluntad). Era voluntaria la precedente decisión de ignorar, ya fuese directamente o ya por negligencia en aprender -lo que debía aprender (pues, si no, no es negligencia)-. O también por accidente, cuando la ignorancia es consecuencia de haber querido otra cosa (como en la ebriedad). Esos tres tipos de ignorancia (directa, negligente, por accidente) no eliminan la voluntariedad del acto subsecuente.

Enfrentándose al problema de la acrasia, Tomás sostiene que es posible que alguien peque a sabiendas, por debilidad. Hay debilidad del alma (infirmitas animae), como en el cuerpo, dice, cuando por exceso o defecto se rompe el orden racional, lo cual ocurre máximamente con los apetitos sensitivos. Sócrates, dice Tomás copiando a Aristóteles, como consideraba que la pasión no puede prevalecer sobre la razón, pensaba que todo vicio o pecado es ignorancia, por lo que nadie haría mal a sabiendas, “contra lo que vemos comúnmente”.
Pero hay que distinguir saber universal y particular, y entre saber en hábito y en acto. Así que:

     - La pasión, primeramente, puede hacer que, lo que es pensado en hábito, no sea contemplado en acto, porque, dado que todas las facultades radican en una misma alma, pueden estorbarse: así las pasiones podrían impedir la consideración actual de lo racional habitual.

     - Segundo: en tanto la ciencia trata de lo universal, por lo que no es principio directo de los actos, las pasiones se refieren a los particulares, como los actos. Por eso la pasión puede desvirtuar el principio racional en el acto.

     - Tercero: la capacidad racional está a veces sometida a sucesos corporales, como en el sueño o en el frenesí. Así que se puede pecar por debilidad, contra la razón.

Respondiendo a posibles objeciones, Tomás explica que:

     - Aunque no se puede tener afirmación del universal afirmativo y del particular negativo (pues sería una contradicción) o e converso, esto sí puede ocurrir si uno de los contradictorios se tiene en hábito y el otro en acto.

     - Se puede, dice, silogizar temperada o intemperadamente, continente o incontinentemente. El continente razona así: “No hay que cometer pecado”; y aunque la concupiscencia le propone el placer, sigue razonando: “esto es pecado, luego no hay que hacerlo”. Pero en el incontinente prima la concupiscencia, y, una vez conocida la mayor, continua, sin embargo: “esto es delectable, luego hay que perseguirlo”. Y así peca por debilidad: aunque sepa lo bueno en universal, no sabe en particular, porque no lo toma según razón, sino según concupiscencia.

     - Se objeta que al pecador, si se le pregunta, dirá que fornicar es malo, luego conoce también el particular. Pero una cosa es lo que diga y otra lo que sienta, y es que en ese momento no comprende, sometido por la pasión.

Hasta aquí la, plenamente aristotélica, argumentación de Tomás en defensa de la posibilidad de cometer el mal a sabiendas. En la próxima entrada intentaré mostrar que esta argumentación está completamente errada.

viernes, 11 de mayo de 2012

Acción, debilidad y maldad (la teoría aristotélica de la libertad, II)

Aristóteles rechaza el intelectualismo moral de Sócrates y de Platón: no toda maldad es ignorancia, no toda la actividad psíquica se agota en el conocimiento. Además del error cognoscitivo o dianoético (la verdad y la falsedad) existe el “error” volitivo o ético. Solo eso, argumenta una y otra vez Aristóteles, explica el hecho de que imputemos a otros, y a nosotros mismos, el haber actuado mal. Incluso la ignorancia es digna de castigo -dice Aristóteles que sabemos- si se es responsable de ella, como sucede en el caso de la embriaguez (en que se es responsable tanto de la propia embriaguez como de la ignorancia en que se cae por ella), o en el caso del desconocimiento de leyes que deberían conocerse, y, en general, en todos los casos de ignorancia negligente.

Pero, ¿cómo es posible que alguien conozca el bien y, sin embargo, desee el mal? ¿No será esto un estado patológico y, por tanto, exento de responsabilidad y de verdadera libertad? Veamos qué contesta Aristóteles, cuando discute (en el libro H (vii) de la Ética a Nicómaco) el asunto de la debilidad de la voluntad o acrasia.

¿Cómo razonamos éticamente? El “razonamiento práctico” consiste en algo como lo siguiente:

     - El axioma fundamental de la ética, y que está supuesto en todo razonamiento práctico, dice que “lo bueno es deseable” y, más concretamente, “es necesario hacer el bien” (bonum est faciendum).

     - En cada caso concreto, el razonamiento moral tiene como premisa mayor una proposición en la que nuestra razón identifica como buena cierta cosa (por ejemplo, “la salud es un bien”, o “la mentira es mala”);

     - y la premisa menor identifica un determinado acto, que podemos elegir hacer o no, como un caso de (o conducente a) lo identificado como bueno (o malo) en la premisa mayor.

“(1) Mentir es malo; (2) decir en esta entrevista de trabajo que entiendo perfectamente el inglés es mentir, así que (de acuerdo con el axioma ético “lo bueno es deseable”), se sigue que debo elegir no mentir acerca de mi nivel de inglés”. O, “la salud es un bien; y fumar es perjudicial para la salud; luego no debo querer fumar”.

Sin embargo, elijo mentir, fumar. ¿Es esto un acto de debilidad y padecimiento, o de autonomía y fuerza? ¿Y, un acto de quién?

Para un intelectualista moral esto es siempre un padecer, nunca un hacer. El funcionamiento normal o sano de la psique comporta que, una vez convencidos intelectualmente de lo que es bueno, nuestra voluntad no tenga más remedio que…, o, por decirlo más correctamente, quiera necesariamente, hacer lo que el intelecto dicta. El caballo blanco de nuestro carro psíquico (usando del mito que cuenta Platón en el Fedro) es siempre obediente al auriga. Si existiese algo así como la debilidad de la voluntad (la carne es débil, que decía Saulo de Tarso), eso sería una enfermedad del alma, no un ejemplo de su salud y autonomía. Pero lo más razonable, según el socrático, es pensar que lo que habitualmente ocurre no es una debilidad de la voluntad sino un defecto del intelecto, no akrasia sino agnoia. Esto se cura simplemente con educación. ¿Cómo se podría curar ya fuera la acrasia, ya la mala voluntad?

Aristóteles tiene que explicar las cosas de otra manera. Insiste en que la explicación intelectualista o socrática está en desacuerdo con los “hechos” (que da por supuesto que todos asumimos): en concreto, el débil de voluntad no cree deber dejarse llevar por la tentación.
“Otros” (platónicos), recuerda Aristóteles, argumentan que, puesto que nada puede dominar al conocimiento (episteme), el que resulta dominado por la pasión es que, en verdad, no tiene ciencia, sino opinión (doxa): la doxa es débil. Pero eso, arguye Aristóteles, merecería indulgencia, que no es la actitud que tenemos con la acrasia.
¿Será entonces que es la prudencia (fronesis) la que se opone sin éxito a la pasión? Eso es absurdo, porque la misma persona sería entonces prudente y akrásica. Pero la prudencia es la que dispone para la acción. Además, si ser débil de voluntad supone tener pasiones fuertes, el moderado (sofrón) no será, en verdad, dueño de sí (enkratés), ni el dueño de sí, moderado. Entonces, ¿cómo hay que explicar los “hechos”?

Aristóteles acumula los elementos explicativos en Ética a Nicómaco, H.3:

     0)  Antes de nada, dice, dejemos aparte la diferencia entre conocimiento y opinión, que no hace aquí al caso, ya que una opinión puede ser sostenida con tanta fuerza como una verdad. ¿Cómo, entonces, se explica el “error” moral?

     1) Primero, es esencial advertir que se puede tener y se tiene conocimiento de lo bueno y deseable de dos modos, ya como disposición, ya en el momento de la realización. Se puede hacer lo que no se debe porque, aunque se tenga conocimiento de lo que sería deseable hacer, no se tiene en cuenta, sin embargo, a la hora de actuar.

     2) Además, uno puede tener en cuenta la premisa universal (mentir es malo) sin tener en cuenta la particular (decir esto ahora sería mentir). Pero el actuar es de lo particular.

     3) Además, es posible tener el conocimiento como disposición de varias maneras: como el dormido o como el embriagado. Y es de este segundo modo como está el que está dominado por la pasión.

     4) También puede suceder que, mientras la premisa universal nos dice una cosa (“la salud es deseable”), la premisa particular, que cae bajo lo sensible, puede no coincidir por accidente (“me apetece fumar”). En el caso del dominado por la pasión, ni siquiera posee la premisa particular. Por eso, como quería Sócrates, no se da afección de akrasía en presencia de conocimiento estricto, sino por el conocimiento sensible.

     5) En fin, hay que distinguir al débil de voluntad del que elije lo malo, son de géneros diferentes la akrasía y la kakía. El malvado no se arrepiente fácilmente, sino que se atiene normalmente a su elección. En cambio el débil de voluntad es propenso al arrepentimiento; la maldad se oculta, la debilidad, no. El débil de voluntad es como el que se embriaga con solo tomar un poco de vino (sin querer): no es maldad, pues "obra" contra su voluntad. En cambio, quien elije el mal, obra con plena voluntad.

¿Qué podemos aprender de todo esto? Por no extenderme demasiado, no discutiré el punto 0 (aunque un platónico no puede aceptar, simplemente, que una mera opinión pueda tener el mismo carácter psicológico que un conocimiento); tampoco me detendré en el punto 2 (que lo más que probaría es que la ignorancia del malvado no afecta solo a los principios sino a los datos más concretos de su acción), ni en el 4 (que supone un error por accidente, y que tampoco arguye, por tanto, contra el intelectualismo). Si nos fijamos en los restantes puntos, que creo que son los más interesantes, se puede caracterizar la teoría aristotélica de la libertad o elección de lo malo, de esta manera:

     - el conocimiento no agota nuestra actividad psíquica (de tal modo que todo lo demás o bien se siguiese necesariamente de lo que él prescribe, o bien fuese una patología, una pasión), sino que
     -Existe en nosotros una actividad psíquica que, aunque motivada por el conocimiento de lo que es bueno o malo, no está completamente determinada por él, sino que es autónoma,
     -y es ahí donde se produce la buena o mala elección, o sea, la culpabilidad y la posibilidad de imputación
    -Esta actividad (la elección, lo voluntario) opera precisamente allí donde el conocimiento no llega o llega apenas, es decir, en lo concreto, que es, en último extremo, inconceptualizable, porque toda conceptuación es de lo universal (la sustancia primera y concreta, el esto, el tode ti, es inescrutable).

Por decirlo figuradamente, el conocimiento nos dice qué es bueno o malo, y lo hace todo el trecho que puede desde los primeros principios hasta lo más cercano a lo concreto, pero hay un momento en que ya no puede avanzar más allá, porque aquello es ya lo completamente particular e incognoscible, y tenemos que dar el salto a la acción con otra facultad, que opera en lo concreto (Searle llama a esto una de las “brechas” que hay en el actuar). Por supuesto, es esta facultad de lo concreto la más importante.

Estas tesis suponen una moderación del “cognitivismo” ético, y un cierto no-cognitivismo, por tanto. Aristóteles cree, desde luego, que hay cosas buenas o malas por naturaleza, o, lo que es lo mismo, fines propios para todos y cada uno de los seres. Y nuestros fines son vivir virtuosamente de acuerdo a la razón. Pero Aristóteles cree que nuestra psique es menos simple de lo que parecen creer Sócrates y Platón.
Dicho en otros términos (de la filosofía del lenguaje contemporánea), Aristóteles rechaza la posibilidad de reducir todo acto a un acto descriptivo o veritativo (a una proposición “apofántica”). La voluntad, y con ella la libertad, suceden en un ámbito inaccesible, en último extremo, al mero intelecto. Por si fuera poco, ese lugar olvidado por el socratismo y el platonismo, es el más propiamente realizativo, el de la energeia en su estado más puro, el de lo concreto, lo que sucede en el espacio y el tiempo, del que el intelecto no tiene más remedio que hacer abstracción. Por eso, la Política, a la vez que es la principal de las “ciencias”, está más allá de la mera ciencia. Ser bueno no se reduce a ser sabio, o, ser sabio-moral no se reduce a conocer.

En próximas entradas trataré de rechazar esta teoría aristotélica.