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sábado, 23 de mayo de 2015

¿Son reales y bellos (realmente bellos) los ríos y las montañas? (Del lugar del hombre en la naturaleza, III)

Si imaginemos el universo desde fuera (¿desde “ninguna parte”?, sin la presencia del hombre o de cualquier ser pensante o, al menos, sentiente, “veremos”, según el nivel de resolución de nuestro “objetivo”, galaxias, estrellas y planetas, ríos y montañas, plantas y varias especies animales, moléculas, átomos… Si nos preguntamos qué valor o sentido tiene todo eso en sí mismo o por sí mismo, es decir, sin nosotros o, al menos, sin algún ser sentiente que coexista con ello, seguramente nos responderemos, de manera inmediata, que todo eso no tiene propiamente todavía ningún valor ni sentido porque nada en todo eso es sensible al valor o al sentido, nada en todo eso tiene consciencia y es capaz de sentir y pensar. Incluso si añadimos ahora al “escenario” la presencia de seres meramente sentientes, animales capaces de sentir placer o dolor pero incapaces de cualquier reflexión, buena parte de nosotros seguirá pensando que ahí hay todavía un gran déficit de valor o sentido, si es que hay ya sentido o valor alguno: no existe “todavía” ningún ser auto-consciente y consciente de la “maravilla de la creación”. Existe solo realidad ahí, pero no realidad marcada o cualificada con el valor.

¿Existe, de hecho, “realidad” ahí? Según se pregunta una vieja y famosa paradoja zen, ¿suena un árbol al caer si no hay nadie para escucharlo? ¿Existe realidad sin un sujeto que la perciba? Sin llegar a ese extremo de idealismo, al cuadro anterior puede hacérsele al menos la objeción de que no hay ahí todavía las realidades que nosotros decimos que hay (estrellas, planetas, montañas… ¿animales?) pues –según esta objeción- es imposible imaginarse el mundo sin una consciencia que lo categorice y lo individúe de una u otra forma: en realidad, no existen montañas o ríos, estas son construcciones nuestras, si no en el sentido de que las hayamos sacado completamente de nuestra cabeza, sí al menos en el de sentido de que su individuación y, por tanto, sustancialidad, es indefinida y básicamente convencional, no-natural: ¿una montaña es algo más que un montón de piedras, o, más bien, de átomos (si es que estos son ya “objetivos”, independientes de nuestros constructos)? "No entity without identity", como dijo Quine, pero las montañas no tienen identidad. No solo, pues, el valor ético y estético, sino incluso el valor puramente ontológico (la axiología más aparentemente neutral, la de lo que es real o no) estaría ausente o reducido a un mínimo en un mundo sin seres conscientes. Los menos extremistas admitirán como sustancias o sujetos de pleno derecho a los animales. Y admitirán también (aunque una cosa puede ir y va muy a menudo desligada de la otra) que la existencia de los seres sentientes es ya una existencia, además de real, valiosa o con sentido de algún modo.

Sin embargo, podemos rechazar esta tesis antropocéntrica o sujetocéntrica. Creo que debemos admitir que, antes o independientemente de que haya hombres o algún otro tipo de consciente racional en el mundo, el mundo posee, como un todo y en cada una de sus partes y niveles, realidad, pero también, todo él y cada una de sus partes, valor o sentido, aunque, ciertamente, tanto su valor y sentido como, incluso, su realidad, cobran aún más valor, sentido y realidad, o incluso puede decirse que se colman de sentido y realidad, cuando son contemplados y entran en comunicación con realidades conscientes y racionales. O, mejor que decir “cuando” habría que decir “en la medida en que”, pues otro elemento esencial de la perspectiva filosófica que quiero defender aquí es que la consciencia y la racionalidad, como por otra parte cualquier otra cualidad (también la realidad, el valor, el sentido…) se dan por grados, y no como todo o nada.

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Empecemos por lo más simple, detrás de lo cual irá todo, sin embargo: la realidad. ¿Existen propiamente las montañas y los ríos, o son meros constructos nuestros, porque nos interesa o no tenemos más remedio que categorizar e individuar el mundo así (pero otros seres, con otros tamaños e intereses individuarían de otra manera)? Para contestar a esta pregunta necesitamos explicitar nuestros criterios de sustancialidad. ¿Cuándo, o en qué medida (según nuestra perspectiva gradualista), una cosa existe propiamente, es decir, es una sustancia real, y no un producto de la imaginación y/o voluntad de un sujeto cognoscente? Nosotros aceptamos como criterios fundamentales de sustantividad los que ya Platón y Aristóteles contemplaron: la unitariedad y la actividad propia o eficiencia. Algo es real, es una realidad, en la medida o grado o proporción en que es unitaria y en la medida o grado o proporción en que posee importe causal.

Algo es una sustancia, primero, en la medida en que es algo unitario, es decir, algo indivisible, algo “numéricamente uno” (no genéricamente uno). Esta unitariedad, incluso la numérica, se da por grados o intensidades. No posee la misma unitariedad una montaña que una planta (que es un “organismo”, con un patrón único de crecimiento), menos aún que un mamífero (con un centro de consciencia) o que un humano (que posee, en mayor grado que otros mamíferos, autoconsciencia). El “grado” de unitariedad de algo se “mide” por el grado de integración de lo múltiple de ese algo: no es lo mismo un conjunto hecho por mera acumulación de cosas heterogéneas, que un conjunto de homogéneos, que un “todo-mayor-que-las-partes” u organismo… Los límites y el grado de unidad de una montaña o de un río no son arbitrarios. Si lo fueran, ni siquiera nosotros podríamos “otorgarle” unidad, salvo la mínima de un conjunto aleatorio. Un río es una masa de materia-energía muy diferente a su entorno inmediato, si se mira en el nivel adecuado de resolución. Es cierto que los límites de una montaña o de un río son relativamente vagos o “borrosos”, pero no es preciso entrar aquí en el conocido debate de la vaguedad, porque esta no es exclusiva de los ríos o las montañas: también los seres humanos tenemos límites espaciales vagos si aumentamos el nivel de resolución (¿qué partículas subatómicas son “nuestras” y no del entorno?), aunque menos que una montaña… ¡pero no que un electrón! (este posee una vaguedad en su localización, pero él mismo es perfectamente delimitable: seguramente su enorme precisión como in-dividuo le empuja a perder precisión local…). Podría plantearse, dicho sea de paso, el problema de las entidades “repetidas”, es decir, cosas iguales en localizaciones diferentes. Aunque pensemos, con Leibniz, que no hay dos cosas idénticas en el mundo, sí las hay relativamente idénticas, y podría defenderse la tesis de que, en la medida en que existen cosas numéricamente unas pero repetidas, se trata de la misma entidad, localizada simultáneamente en diversos lugares (por ejemplo, ¿no son las diferentes bacterias de una misma especie, o incluso las abejas hermanas, una misma entidad individual, repetida en el espacio?). Esto debería ser puesto en relación con la distinción entre términos o conceptos “sortales” o numerables y términos de “masa” (como el agua), imposibles de contar. Dejemos esto para otra ocasión.

El otro criterio de sustantividad es, según dice Platón en El Sofista y fue luego pensamiento conductor de Aristóteles, la dynamis, la acción. Operari sequitur esse, decían los filósofos de la escuela. Algo es real e individual si y en la medida en que tiene importe causal, en que produce efectos, en que es activo, o, al menos, reactivo (más bien, ninguna cosa es ni puramente activa ni puramente pasiva, sino con grados diferentes de una síntesis de ambas cosas).

Usando estos dos criterios (entre los que hay una profunda conexión ontológica, que no discutiremos aquí) de manera gradualista y teniendo en cuenta que la realidad tiene múltiples niveles (en cada uno de los cuales tiene sentido una categorización e individuación que no lo tiene en un nivel diferente), es posible argumentar la individualidad objetiva de entidades como una montaña o un río. Todo lo que es necesario para reconocer que son entidades reales es situarse en el nivel óntico en que esas entidades tienen su unidad y efectividad. Para el reduccionismo “hacia abajo” no existen más que las últimas partículas que la física postule en cada momento, pero nosotros podemos rechazar este reduccionismo, y aceptar que unos ámbitos de realidad se solapan con (o supervienen pero son irreducibles a) otros, respecto del marco básico del espacio.

Las montañas y ríos poseen cierta identidad, unitariedad y efecto, y, por su parte, el ser humano no la tiene toda: nuestra autoconsciencia (que, según Kant, acompaña a todas nuestras representaciones) no está siempre presente en el mismo grado. Montañas y ríos existen y son reales independientemente de nosotros, aunque la concepción que tenemos de ellos es una síntesis entre lo que ellos son y nuestra manera no absolutamente diáfana de concebirlos: lo que ocurre en el umbrío valle no ocurriría si los componentes materiales de la montaña y del río no estuviesen objetivamente organizados como lo están, y ello es así independientemente de que haya una subjetividad capaz de contemplarlo y reconocerlo. El hombre no introduce, pues, la realidad: ni la suya, ni la del resto de cosas, aunque tiene margen para describir la realidad desde su perspectiva más que desde otra.

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El hombre no crea la realidad. Pero ¿no es él quien introduce en ella el sentido y el valor, es decir, una especie de juicio por el que, lo que se da o es, es comparado con lo que debería darse o debería ser o sería bueno y bello que se diese o fuera? ¿No es quien cualifica estética y moralmente a todas las cosas, no es él la medida o el poseedor de la medida del valor?  Imaginémonos al hombre, o algún otro ser consciente, apareciendo en ese conjunto de estrellas y planetas, montañas y ríos, plantas y otros vivos supuestamente no sentientes, moléculas, átomos… ¿Qué ocurre ahora con el sentido y valor de las cosas?

Pensemos el asunto, por el momento, en términos estéticos (que es en los términos en que pienso que muchos tenderán, de forma inmediata, a intentar justificar que nos resulte respetable la naturaleza, un río o una montaña por ejemplos). De hecho, en una consideración estética las cosas se presentan, de manera más directa, como “fines en sí mismas”. Todos podemos percibir la belleza y consistencia que habita en las cosas, en el simple hecho de su luz y color. En efecto, ante la pregunta de por qué sentimos respeto y admiración por la naturaleza, se podría responder, no tanto que la consideramos moralmente valiosa (con fines o intereses propios), sino que encontramos en ella perfección sin más, “es decir”, belleza. El rumoroso y fresco río, la gran montaña… son bellos, y eso es lo que nos impele a respetarlos, a ver su posible destrucción o deterioro, como un mal intrínseco, más allá de su utilidad para nuestros fines. Pero -se dirá- esto, la belleza de las cosas, es algo puramente subjetivo, “es decir”, antes de que estuviéramos nosotros aquí para “atribuirle” belleza, las cosas no eran ni bellas ni feas, ni lo son independientemente de nuestro juicio (análogamente a como, antes de que hubiera órganos auditivos en este mundo, el árbol no producía ruido al caer, o incluso de forma más subjetiva). Pero ¿qué significa ese “atribuirles”? No es un atribuirles arbitrario, sino un reconocerles. La belleza de las cosas, del río, de la montaña…, se nos impone, como un dato, como una propiedad más de las cosas, lo mismo que se nos impone su realidad. No es que hagamos nosotros dignas de admiración a las cosas porque nos gustan, sino que nos gustan porque son bellas. De manera análoga a como el árbol, al caer, producía sonido, aunque no hubiera ningún órgano para oírlo. Sin presuponer la objetividad del ruido o de la belleza, es inexplicable la audición y la percepción de lo bello. El juicio estético queda sin explicación si no presupone criterios objetivos de belleza, lo mismo que el juicio teorético es presa del total escepticismo si no presupone criterios objetivos de verdad. Esto es así aunque resulte que solo en el juicio estético o teorético, es decir, en la síntesis de lo objetivo y la subjetividad que lo percibe, se colman la verdad y la belleza.

(Aquí suele aparecer una pseudo-explicación, alguna variante de la falacia naturalista, que intenta explicar nuestra atribución no-arbitraria de valores por nuestra tendencia a la superviviencia, o algún otro hecho natural… Esto es equivalente a intentar explicar por qué creemos en la validez de una demostración matemática aduciendo rasgos de nuestra psicología o de nuestra genética. Explicaciones de este tipo dejan fuera precisamente lo que hay que explicar: el carácter normativo de los valores. La historia natural de los hombres es un objeto perfectamente correcto y necesario de la ciencia natural, pero no agota, ni siquiera roza, el problema de la justificación de los valores. Por eso todo naturalismo (que no la ciencia natural) es una filosofía falsa –aunque necesaria, en la dialéctica de la filosofía-).

La belleza de las cosas se nos impone. Está en ellas, incluso aunque ellas no sean capaces de apreciarla. No está solo ni primordialmente en nosotros, incluso aunque nosotros seamos los únicos seres capaces de apreciarla. Desde luego, también “sentimos” que la naturaleza gana sentido en la medida en que hay más consciencia de su belleza, o, por decirlo menos antropocéntricamente, en la medida en que ella toma, a través de alguno de sus momentos, consciencia de su belleza. La belleza, como todas las propiedades “trascendentales”, se completa en el diálogo entre lo bello y su consciencia. ¿Es este el papel del hombre? Esto sería una recaída en el antropocentrismo. Para empezar, no sabemos si, no podemos negar que, la naturaleza tenga consciencia de su belleza tanto en el Todo (una consciencia universal) como en cada una de sus partes: ¿no percibe, interpreta, comunica… cada parte a las otras partes de la naturaleza? Pero si solo seres como los hombres pueden apreciar su belleza, esto no los hace extraños, sino, al contrario, una parte necesariamente inserta en la naturaleza. ¿A dónde podría ir el hombre a contemplar la belleza?

Aquí se nos plantea muy naturalmente la cuestión del autor de la belleza. Si el hombre no es el autor de la belleza de la naturaleza, sino solo un espectador cualificado, ¿quién es el artista? ¿Tiene que haber algún artista? ¿Se debe inferir, a partir de la belleza (y la bondad, y la realidad) de la naturaleza, la existencia o realidad de un artista o creador, es decir, en último extremo, de una Subjetividad? ¿Qué ocurre si, con el nihilismo, creemos que toda atribución de subjetividad a la realidad es un “antropomorfismo”? ¿Se devalúa el mundo? En cierto modo, no (¿qué ocurre si descubrimos que algo que considerábamos obra de alguna cultura inteligente y encontrábamos bello, es realmente el fruto de fenómenos “naturales” como la erosión? ¿Deja de ser bello, al carecer de intencionalidad?): las cosas tienen la belleza que tienen, tengan un autor o no. “Solo” ocurre (o parece que ocurre) que, sin un autor, resulta absolutamente incomprensible la existencia y belleza del mundo (no un “milagro”, sino algo mucho más fuerte: un absurdo, análogo al que, según Kant, constituiría una ética del deber sin el postulado de lo sobrenatural; milagro, esto es, suceso radicalmente inesperable y maravilloso, anti-mecánico…, lo es de todas maneras).


Pero, nuevamente, ¿no es esto solo una manía antropomórfica, una debilidad? Antropoformismo es todo: la fuerza que atribuimos a un electrón, es un antropoformismos en alguna manera. Si el antropomorfismo consiste en verse análogo a toda la naturaleza, desde la parte más pequeña a la más grande (al Todo), el antropoformismo es una gran verdad, mucha más que su quasi-contrario, es decir, el antropocentrismo.   

jueves, 12 de julio de 2012

Los argumentos de Tomás de Aquino a favor de la monogamia. En defensa del poliamor, II


¿Qué argumentos pueden aducirse a favor de la monogamia y contra el poliamor, es decir, contra la tesis de que el amor (en el sentido específico de amor conyugal, cuya diferencia principal con la “mera” amistad es la sexualidad, y que es constitutivo de la familia)  no tiene por qué ser de uno a uno o “monógamo”, sino que tan moral o más puede serlo siendo múltiple?

Empezaré remontándome hasta Tomás de Aquino, no solo ni principalmente (aunque también) por ser un gran pensador y sistematizador del pensamiento antiguo, sobre todo el aristotélico (en este asunto hay diferencia con Platón, quien, en La República, defendió la familia común para todos los guardianes y guardianas), sino por ser el principal referente filosófico-moral para mucha gente, al menos subconscientemente, a través de su magisterio principal en la iglesia católica.
(En este caso, por cierto, más quizás que en ninguno, a la Iglesia le conviene apelar a la luz natural, y dejar un poco en la sombra el texto sagrado, ya que los patriarcas hebreos eran polígamos). 
Según Tomás (sigo aquí la Suma contra los gentiles, CXXIV):

1. Es instintivo en todos los animales no consentir que otros machos compartan sexualmente a “su hembra”, y la razón, al parecer, es que todos quieren disfrutar de la libertad de cohabitar con la hembra cuando lo deseen (de manera similar y por semejantes razones a como no les gusta que nadie toque su comida). Si varios machos pudiesen copular con una sola hembra, eso iría en perjuicio de la libertad de cada uno de ellos. Por ello, dice Tomás, se pelean los machos.

2. Además de esta, hay otra razón por la que de forma natural rechazamos compartir la hembra: el hombre (especialmente, se entiende, el varón), como parte de su plan de vida, necesita estar seguro de cuál es su prole (solo sus verdaderos hijos heredarán, porque son su continuidad, etc.), y esa seguridad se perdería si la hembra pudiese copular con otros machos. Es verdad, dice Tomás, que este segundo problema solo afecta a la posibilidad de la poliandria, y no excluye la poliginia. Pero la primera razón sirve para proscribir ambas posibilidades, pues la mujer sería privada del goce libre de la cópula, si su necesariamente único esposo pudiese copular con otras mujeres.

3. Además, los animales que cuidan de la cría no se permiten la “poligamia”, como puede observarse “en las aves”, según Tomás. Y el hombre está en ese caso.

4. Una razón más es que la amistad requiere “cierta igualdad”. Pero si al hombre le estuviera permitida la poligamia, la mujer, más que una amiga sería una esclava (como prueba la experiencia, según Tomás).

5. Una razón más: una amistad profunda no puede sostenerse con muchos, según afirma el Filósofo en el libro 8 de la Ética a Nicómaco.

6. Por último, la poligamia es contraria a las “buenas costumbres”, como prueba el hecho de que da lugar a muchas discordias.

¿Qué decir de este argumentario tomista como contra la poligamia, o contra el poliamor?

Antes de nada, quiero hacer una observación general acerca de cierto tipo de estrategia argumentativa que usa Tomás y, con él, muchos partidarios de la moral “natural”. Me refiero a la argumentación por analogía con otros animales o, en general, con “la naturaleza”. Debería ser obvio que este tipo de argumentos no solo no es útil sino que es contraproducente (dejando a un lado que, además, la mayor parte de las veces incurre en un desconocimiento profundo de los hechos naturales).

     - No es útil porque, en primer lugar, puede encontrarse ejemplos animales o naturales para todo o casi todo, y especialmente para muchas de las cosas que los teólogos y filósofos están interesados en proscribir como “anti-naturales”: hay animales que se comen a sus crías, o a su “cónyuge”, que practican la homosexualidad, que son muy liberales en materia sexual (con mucho éxito social); hay razas humanas donde se ve de lo más natural la poligamia, donde la pareja no es perenne, donde se ve bien la copulación sagrada… ¿Deberíamos ir desnudos, como hacen todos los animales? Si quisiéramos actuar en analogía con nuestros primeros padres, incluido quien firmó con Dios la Alianza, tendríamos que ver como totalmente “natural” la poligamia. ¿Haremos caso a estos hechos naturales? Seguramente no: condenaremos algunos como “salvajes” o “bestiales”. Pero entonces necesitamos otro argumento, distinto al hecho efectivo de que se den, y que permita discriminar entre correcto e incorrecto, de entre lo que efectivamente se da.
En verdad (y en segundo lugar), en la argumentación moral por analogía con otros hechos naturales, subyace la falacia naturalista. Aunque encontrásemos una conducta completamente común y sin excepciones en todos los animales y demás hombres, de ahí no se deduciría en lo más mínimo que eso es lo bueno y correcto.

     - Además es contraproducente para, por ejemplo, Tomás de Aquino, razonar así, porque trabaja contra una tesis fundamental del interés de los más de los teólogos y filósofos anejos: el carácter “sobrenatural” del hombre. En términos sencillos: no se puede decir “te comportas como un animal” cuando se quiere condenar moralmente a alguien, y “compórtate como cualquier animal” cuando se le quiere conminar a algo.

La caída en ese tipo de argumentos falaces por parte de teólogos y filósofos es tan poco casual como perniciosa. Se trata de la confusión entre naturaleza y naturaleza, y la caída en el materialismo. Una moral “idealista-naturalista” (como la que sostuvieron Platón, Aristóteles, etc., y que yo defiendo) cree que hay, por naturaleza, cosas que son buenas y malas para tal o cual (tipo, individuo y circunstancia de) entidad. Pero esta naturaleza no es la naturaleza de hecho, “lo que es”, sino la naturaleza ideal, “lo que debe ser”.
Nunca es válido, pues, un argumento moral por analogía con lo “natural”, salvo si esa naturaleza es precisamente la naturaleza ideal humana (y de cada uno).

Quienes no vemos una diferencia tan grande entre humanos y otros seres como para establecer una sima entre unos y otros (naturales / sobrenaturales), podemos y tenemos, no obstante, que notar la especificidad de cada ser, y, por tanto, tenemos que sostener que, lo que es “natural” para un ser humano (dada su esencia o naturaleza), no lo es para una mariposa (dada la suya), y lo que es natural para mí (dada mi esencia o naturaleza) no lo es para ti (dada la tuya).

Pero vayamos a los argumentos de Tomás:. Algunos de ellos me parecen manifiestamente débiles y prácticamente desechables:

Por ejemplo, el último (6), según el cual la poligamia (podemos leer también poliamor) sería contrario a las “buenas costumbres”, como se prueba en que da lugar a mayores conflictos. Suponiendo (pero no concediendo) que esa discordia fuese un hecho (habría que estudiar, sin embargo, el calvario que, a lo largo del tiempo y del espacio, ha supuesto y supone el matrimonio monogámico e indisoluble para muchas personas, sobre todo las mujeres), no es un argumento válido, porque las disensiones se deberían, seguramente, a motivos egoístas, y estos deben ser combatidos más que admitidos como causa para abandonar algo que se considere bueno y correcto. Seguramente, además, las disensiones y conflictos a las que se refiere Tomás sean, sobre todo, las que surgen cuando, en el interior de una sociedad endoculturizada en la monogamia, se dan situaciones no-monogámicas. Y eso significa que el argumento es circular: la poligamia da lugar a discordias porque la (esta) sociedad la persigue.

El argumento 5, que dice que (como dijo el Filósofo) la amistad auténtica es muy difícil, es casi peor. ¿Es acaso, la dificultad que hay en conseguir una buena amistad, un buen argumento para prescribir que toda persona tenga a lo más un solo amigo?  Obviamente, no. La amistad no es difícil porque la dedicación a un amigo vaya en detrimento de los demás amigos, sino porque es difícil encontrar personas cuyo principal móvil sea la virtud (o, al menos, en que sean afines caracteriológicamente, a uno). Más bien, “entre los amigos todo es común”, y la propiedad transitiva hace que, en la amistad por virtud (o por afinidad o compatibilidad de caracteres), a diferencia de en la amistad por interés o por placer, los bienes fluyan entre toda la comunidad amistosa. Si teníamos un “amigo en la virtud” y encontramos a otra persona digna de esa amistad, es moralmente debido otorgársela, y sería una discriminación irracional e injusta no hacerlo. Y nadie se atrevería a aducir que, con el nuevo amigo, el primero saldrá perjudicado. Con el poliamor ocurre lo mismo, porque se trata de la amistad completa (incluyendo la sexualidad). Puede ser difícil encontrar a una persona digna de ser nuestra auténtica conyuge, pero si tenemos la suerte de encontrar a dos o más, no existe ninguna razón de amistad para reducirnos a una.

El argumento 4 (según el cual, la amistad requiere “cierta igualdad” y, por tanto, si la mujer no tiene derecho a la poliandria, el varón no puede tenerla para la poliginia), es algo mejor, aunque resulta curioso oírselo a alguien que solo unos capítulos antes ha insistido en que la mujer está naturalmente subordinada al varón. Claro que el término “cierta” permite estar en misa y repicando. En cualquier caso, es obvio que la falta a la igualdad se produciría solo si la relación amorosa múltiple le estuviese permitida a unas personas pero no a otras. Y, en efecto, Tomás cree que es mucho pero la poliandria que la poliginia (por el argumento 2). Por eso, este argumento (4) solo es válido en dependencia de las razones que apoyen que la poligamia para la mujer sería peor que la poligamia para el varón.

El argumento 3, por analogía con “las aves” que crían,  no es tampoco muy bueno, a mi juicio. Obviamente, para la cría y educación de los hijos, es, en principio (estando todo lo demás igual) beneficiosa la estabilidad familiar. Pero ¿por qué esa estabilidad vendría garantizada por la monogamia, más bien que por una familia poliamorosa? La experiencia hoy es, más bien, la contraria: la mayoría de las parejas se rompen cuando surge una nueva relación amorosa, suponiendo ello un perjuicio para los hijos. Si el poliamor estuviese bien visto, seguramente muchas familias serían más estables, además de más felices y respetuosas (la alternativa que nos ofrecen los medios conservadores, desde la Iglesia hasta el extremo o “pureza” de los talibanes, es rechazar el divorcio, cosa que no merece siquiera la atención de una breve discusión).

El argumento principal parece ser el 2 (en combinación con el 1): el hombre está, como parte de su proyecto vital, interesado en identificar con seguridad en todo momento a sus descendientes. Este es un hecho poderoso: nuestros hijos son algo así como nuestra continuación natural (la única manera de subsistir que tiene lo material, según Platón en el Banquete). En algunas especies, incluso, el macho dominante recién llegado mata a las crías de machos anteriores. La explicación en términos de aptitud genética inclusiva es que no hay sitio para todos los genes, y que la competencia es la ley. Aunque esto no tiene un aspecto muy espiritual (ni evangélico).
Sin embargo hay que hacer varias observaciones adversas:

     - Por empezar por lo menos importante, hoy ya es posible identificar genéticamente a nuestros descendientes. Si esa fuese toda la preocupación, bastaría con un análisis genético.

     - Tampoco sería un argumento útil contra aquellas uniones amorosas que no tienen interés en tener descendencia, o para los padres que no sintiesen una especial pulsión por identificar, por vía genética, a sus descendientes.

     - Pero lo más importante es que esa visión nos considera (de una manera muy “materialista”) atados a lo genético. Con ella, la adopción de hijos debería considerarse, en el mejor de los casos, una opción inferior. Y, desde luego, mucha gente lo cree así. Sin embargo, hay pocas razones para sentir una especialísima relación con el descendiente genético, más que con el mimético. Los seres humanos, como entidades altamente espirituales que son, son mucho más el resultado de la comunicación ontogenética que de la filogénesis. La relación entre las cualidades genéticas con que uno nace y lo que uno llega a ser como persona, son mucho más contingentes, casi anecdóticas, que en los otros animales, y que lo que parece creer, de manera instintiva y más bien inconsciente, la tradición. 
No tiene, pues, nada de menos moral, sino acaso al contrario, una familia en la que los padres, un grupo múltiple de amigos y afines, crían y educan a sus hijos.

Por último, tampoco parece muy bueno el argumento (1) de la libertad de uso sexual, contra el cuál parecería ir la posibilidad de compartir el cónyuge. ¿Si yo tengo un ejemplar de la Suma contra los Gentiles, y tengo que (o, mejor sería decir –para que la analogía con el poliamor sea correcta- decido) compartirlo contigo, pierdo, en parte, la libertad de disfrutar de él cuando yo lo desee? Sí, en un sentido poco recomendable moralmente. Por lo demás, no parece más que una muestra de egoísmo y de afán de posesión.

Mi conclusión es que los argumentos que Tomás de Aquino ofrece a favor de la monogamia necesaria y “natural”, no son convincentes. Aún así, hay que reconocer en su visión cierta virtud: cierta apelación a la amistad como base de la vida conyugal, y cierta apelación a “cierta igualdad entre los cónyuges.
Los argumentos de Tomás parecen más bien encaminados a justificar lo convencionalmente sancionado por cierto estado social patriarcal, en un momento histórico determinado y con determinada estructura económica. Hoy es muy difícil ver eso como lo más deseable para el amor conyugal entre humanos.

viernes, 10 de febrero de 2012

La falacia economicista

¿Están gobernado, cada vez más, los economistas, en lugar de los políticos? ¿No deberíamos los ciudadanos recuperar el poder? ¿O es más sensato, aunque duela, dejarlo en manos de los que saben de cuentas?

Todo eso no son más que instancias de la misma falacia, la falacia economicista. Gobernar solo gobiernan, siempre, los políticos, es decir, los que están ejerciendo la política, legislando, sancionando, etc., ya sean de profesión economistas o agrimensores.

Decir que es bueno (o que es malo) que gobiernen los economistas es igual que decir que es bueno (o malo) que gobiernen los biólogos o los nutricionistas. Es un absurdo lógico. No hay ninguna proposición dentro de la economía como ciencia (o de la biología, etc.) que diga qué debería hacerse, qué sería deseable o correcto o bueno que se hiciese. Extraer conclusiones políticas (o morales, o estéticas, o de cualquier tipo) a partir de constataciones de esta o aquella ciencia, es siempre imposible. Lo único que puede aportar cualquier ciencia es el conocimiento técnico de qué ocurrirá probablemente si decidimos hacer esto o lo otro. Pero qué sería deseable querer conseguir, es algo que es irreduciblemente moral y político.

Por tanto, no gobiernan los economistas: gobierna, eso sí seguramente, gente que cree que el legitimado para gobernar es quien sabe economía, es decir, gobierna, quizás, el “economicista”. De manera similar, gobernarían los “biologistas” si gobernasen quienes pretendiesen deducir las leyes políticas a partir de la mera biología (identificando, subrepticia y falazmente, bueno con superviviente, por ejemplo). El economicismo, como el biologismo y como todos los –ismos añadidos a una ciencia, no es ciencia, sino ideología (filosofía, generalmente barata). Lo lamentable es que buena parte de los ciudadanos, especialmente en Europa occidental, cree en alguna u otra forma de cientific-ismo, e incurre, pues, en esa falacia.

Para el ciudadano europeo medio-culto, la falacia cientific-ista es una tentación casi ineludible. Al otro lado casi solo ve algo peor: el fanatismo religioso. Esto es parte del gran error moderno. Cuando nace la burguesa edad moderna, nace, junto a la bendita ciencia y a su bendita expulsión de la religión y la metafísica del ámbito de la actividad científica, algo no tan bendito: la idea de que lo que no es ciencia no es nada. A esta maldita idea, nada científica, sino ideológica en el peor de los sentidos, podemos llamarla, sí, cientificismo.

¿Cuál es su consecuencia para la moral y la política? Ni más ni menos que la absurda idea de que respecto de la moral y política tenemos dos opciones, o convertirlas en alguna (parte de alguna) ciencia, o considerarlas como definitivamente intratables y adoptar, en el mejor de los casos, una sana tolerancia (pero ¿por qué no también una sana intolerancia?) ante lo que no podemos debatir.

Por supuesto, los políticos (o sea, todo el mundo) han seguido haciendo política, unas veces engañándose con el cuento de que lo que ellos hacían era, realmente, ciencia, y otras reconociendo cínicamente que lo que hacían es lo que les daba la gana.

En el cientificismo político han caído tanto los padres fundadores del liberalismo, y sus cien mil hijos, como los socialistas. Todos querían hacer pasar por científico lo que no lo es. ¡Todos eran economistas, solo economistas!

Hoy en día buena parte de la gente es necesariamente tan ingenua que piensa que los economistas son gente aséptica políticamente, o más bien, que la política es la economía, como Eolo es un fenómeno atmosférico. Esta tontería descomunal se manifiesta cuando, en una discusión política, alguien intenta solucionarlo con gráficos. En ese momento, podemos estar seguros de que la gráfica de su cerebro está en caída libre.

Los que están gobernando son unos cuantos presos de la falacia economicista, que creen (con el beneplácito de la mayor parte de la “ciudadanía”, hay que decir) que ellos representan la política. Como, además, la ideología dominante en esos pobres cerebros cuadriculados es que la economía consiste en ganar el máximo posible  (cuando esas personas no saben qué es ganar, porque no tienen apenas idea de lo que es bueno (Buchanan -gran economista- decía que la situación ideal para cada uno, es dominar a todos los demás)), trabajan con gran animosidad en economizarnos a todos y reducirnos a partículas con uno o dos posibles movimientos. Y como la única salida a eso es reconocer y reivindicar la autonomía de la “razón práctica”, es decir, del pensamiento moral y político, autónomo, irreduciblemente normativo y no-cientifíco, lo llevamos crudo.